"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



jueves, 17 de octubre de 2013




                                                      JEANNE LAVAL EN 1967

por
FABIENNE DUCOURNEAU

JEANNE LAVAL,
1895-1975, MÉDIUM

LE JOURNAL SPIRITE N° 94 OCTOBRE 2013

Jeanne Augé nació el 4 de octubre de 1895 en Montech
(Tarn-et-Garonne), en el seno de una familia modesta y
un ambiente de profundo afecto.
Su padre se ocupaba de caballos
y su madre era planchadora.
Brillante alumna y a pesar de una
beca, Jeanne, sintiéndolo mucho,
se vio obligada por su padre a
quedarse en casa para ayudar a sus
padres y más particularmente a su
madre en el planchado, lo que se
convertiría en su oficio. Estamos
a principios de los años 1900 y el
papel de las hijas en esa época era
quedarse en casa para secundar
a los padres. Mientras trabajaba,
Jeanne descubrió un don natural,
el canto. Alentada por su padre,
que hacía pequeños extras en las
bodas y banquetes, lo acompañó
y ambos se hicieron “famosos” en la región. Más tarde,
Jeanne se destacó por su voz, una voz capaz de cantar
grandes arias de ópera, pero ella
rechazó toda carrera en ese campo,
prefiriendo una vida modesta cerca
de los suyos. A los dieciocho años,
Jeanne era una chica que estaba
lejos de dejar indiferentes a les
hombres y sabía que sólo existen
tres medios para salir de una
condición social difícil: inteligencia,
talento o belleza. En esa época,
un encuentro marcaría su destino
para siempre. Como todos los
años, en otoño, los feriantes venían
a instalarse por algunos días en
Montech. A Jeanne le encantaba
ese medio en particular y un
día presentando su mano a una
gitana, ésta le dijo: “Jeanne, tú estás
marcada… En tu mano está el
signo de los médiums, un día serás
contactada por el más allá y harás
mucho más que predecir el porvenir
pues eres elegida”. Pasan los años,
se acerca la guerra de 1914, y es
en este período cuando Jeanne
conoce al ingeniero químico Emile
Bouysset. Emile ha sido enviado
al frente como muchos de su
generación. Llega 1918, final de la
guerra donde él retoma su trabajo
de ingeniero y Jeanne Augé se
convierte en Jeanne Bouysset. A
causa de la explosión química de
una retorta, Emile muere y Jeanne
se encuentra sola y embarazada.
En 1967, Jeanne cuenta: “Fue en
1918 cuando todo comenzó, acababa de perder a mi
marido y absolutamente desesperada, sólo tenía una
idea en la cabeza, reunirme en la tumba con el que me
había dejado viuda y embarazada después de 7 meses de
felicidad. Estaba enferma y en cama; sobre mi mesita de
noche había una botella de Láudano en medio de otros
remedios. Un día, resuelta a acabar con todo, tomé la
botella para ingerir el contenido y la llevaba a mis labios,
cuando una mano invisible pero firme tomó mi brazo y
me obligó a volver a poner la botella en su sitio, mientras
escuchaba a mi oído: «¿Y el niño?». Me sobresalté y miré
hacia todos lados, estaba sola. Tomé la botella de nuevo y
por segunda vez, la mano invisible realizó el mismo gesto y
volví a oír: «¿Y el niño?» Entonces, dije en voz alta: «Un niño
sin padre y pronto sin madre, tengo derecho a no dejarlo
vivir» y retomé la botella. Esta vez,
la mano invisible se tornó brutal,
mis dedos fueron apartados por la
fuerza, la botella cayó y se rompió.
En ese mismo instante, mi madre
abrió la puerta, comprendió y me
suplicó que pensara en ella y en mi
padre. En resumen, lloramos las dos
y prometí vivir. Mi hijo vino al mundo
en muy malas condiciones y antes
de término. Era una niña, Emilienne,
que más tarde se convertiría en la
madre de Jean-Louis Victor. Con
frecuencia yo iba a sentarme en
una habitación apartada, lloraba y
tenía la impresión de una presencia
a mi alrededor. Un día, encontré el
libro de Léon Denis «Después de la
muerte», libro traído hacía tiempo a
mi padre por una anciana señorita
ciega a la que de vez en cuando él
complacía leyéndole. Y mientras
yo leía, una amiga de paso por mi
casa me dijo: «¿Qué libro es ese?» Se
lo mostré y le dije: «¡Qué hermoso
si fuera verdad!». «¡Es verdad!», me
dijo ella. Para mi gran asombro me
contó que tenía una prima médium
que tenía comunicaciones de
desencarnados. No tuve descanso
hasta que conseguí una cita con
aquella médium. En esa sesión,
obtuve mensajes de mi marido, tan
precisos y tan claros que mis dudas
se disiparon. Cuando él me anunció
su partida, le pedí que regresara y me
dijo: «Volveré por ti, eres médium y
más tarde estarás obligada a cuidar
a esta por quien me manifiesto hoy.
Toma un lápiz mañana a las dos
y verás». Al siguiente día, a la hora
indicada, con el nerviosismo que comprenderéis, tomé
un lápiz, esperé apenas cinco minutos, y mi brazo arrancó
como un loco, mi mano volaba sobre el papel pero era una
fantástica producción de letras que no conseguía juntar,
yo estaba desolada. Finalmente, poco a poco, surgieron
palabras y frases. Los mensajes adquirieron un sentido y
ofrecieron interés. Yo estaba feliz, pero mis padres estaban
consternados, me creían sumida en la locura. Mi padre
me decía: «Mi pobre niña, ese es un fenómeno nervioso
que no te interesa sino a ti, ¡te lo ruego, deja todo eso!»,
tanto me lo dijo que terminé por creer que en efecto era
autosugestión y, en dos palabras, estaba desesperada.
Entonces se me ocurrió una idea, le pedí al invisible,
pruebas fuera de mí para demostrarme bien la realidad de
las comunicaciones. Y las pruebas se multiplicaron. Fue el
retrato al lápiz de mi abuela paterna,
muerta cuando mi padre tenía
ocho años y que nunca había sido
fotografiada. Su hermano, a quien
se le mostró el dibujo, la reconoció
y se asustó; ¡pobre hombre! ¡Qué
revelación en 80 años! Luego fue mi
marido, químico en vida, indicando
un escondrijo donde algún tiempo
antes de su muerte, había ocultado
venenos, escondrijo cuya existencia
desconocíamos. También nos reveló,
que algunos días antes de su muerte
le habían prestado un impermeable,
impermeable que dejó en casa de
un pariente que no se atrevía a
traérmelo para no despertar mi dolor.
El propietario de la prenda, creyendo
que se la habían robado, tampoco
se atrevía a hablarnos del asunto.
Todo resultó exacto. Mis padres
fueron convencidos por una serie
de pruebas sucesivas. Finalmente
vinieron las manifestaciones físicas: la cuna de mi hija se
mecía suavemente a plena luz, las puertas se abrían, el
lápiz escribía solo sobre una mesa, aportes, etc. Un espíritu
que firmaba «Jean» signo de interrogación, otro «Justicia»
nos dieron muchos pequeños poemas, así como cantidad
de respuestas a preguntas que a menudo, no teníamos
tiempo de hacer. Finalmente tuvimos sesiones regulares
donde diversas entidades, como «Piedad”, «La falena»,(*)
«Resplandor», «La sombra», «Cimientos», «Poder», «El
espíritu negro», etc., se manifestaron, marcando cada una
bien claramente su personalidad. Diferencias de escritura,
de estilos y de voces, pues, algunos como «Deber» y
«Olvidar», me dormían y me hacían cantar. Ofrecían
canciones compuestas por ellos. «Deber» las cantaba con
una voz muy grave y muy fuerte de barítono, «Escudo»
con una voz un poco más débil pero muy timbrada, justa
y conmovedora, según los oyentes, pues en lo que a mí
respecta, al despertar, nada me quedaba de recuerdo.
Así, apoyándose uno al otro, se llegó a «Símbolo» quien
enseguida se mostró diferente de los demás. Me hizo
escribir automáticamente luego, por fin, acabó por
decretar que necesitaba servirse de las ondas y organizar
otro medio de comunicación. Yo escuchaba una voz
blanca dictar las respuestas palabra por palabra, en
medio de un ruido bastante fuerte y desagradable que
recordaba al que se oye en el teléfono cuando hay viento
sobre la línea. Fue en estas circunstancias particularmente
extrañas que se anunció la enseñanza supraterrestre
que recibí y que está consignada en el libro «La hora de
las revelaciones» editado por mi nieto, Jean-Louis Victor,
a quien tengo que rendir homenaje aquí. En efecto, al
decidir tomar a su vez la antorcha de la verdad, eligió
las dificultades y las pesadas responsabilidades, pero
también el gran ideal que esta misión suponía y ha sabido
darme, en el atardecer de mi vida, la dulce alegría de ver
la obra de «Símbolo» retomando su marcha luminosa por
el mundo. Así, habiendo vuelto a tener entre mis viejas
manos el espléndido mensaje que lo invisible me confió,
puedo esperar desde entonces, confiada y serena, recobrar
los horizontes infinitamente maravillosos de los que nos
hablaba «Símbolo», hace ya tantos años”.
(*) Especie de mariposa nocturna (N. del T.)
Jeanne se volvió a casar en 1925 con el terrateniente
Maurice Laval. Jeanne Bouysset se convirtió en Jeanne
Laval y tuvo una hija, Alice.
De 1918 a 1936, las comunicaciones fueron regulares
antes de interrumpirse después de haber anunciado la
guerra y sus consecuencias. La producción mediúmnica
de Jeanne Laval, que poseía muchas posibilidades
parapsíquicas (escritura automática, videncia,
clariaudiencia, psicoquinesia, telepatía) es inmensa.
Grandes investigadores de su época se interesaron por
sus textos: el profesor Charles Richet (Premio Nobel de
Medicina) y el doctor Osty, antiguo director del instituto
Metapsíquico de París. El grupo con el cual trabajaba era
dirigido por el pastor Bénézech, director de la facultad
de Teología Protestante de Montauban.
Numerosas entidades se manifestaron a través de
Jeanne Laval entre 1918 y 1932, cada una con una
personalidad típica: Jean y Justicia que transmitieron
numerosos poemas, Deber y Escudo, especialistas en
cantos, y Símbolo que fue el más asombroso de todos,
dando notables precisiones sobre la realidad del mundo
invisible y sobre la reencarnación. Observamos que este
espíritu “Símbolo”, lo encontramos en la obra de Allan
Kardec pero también en la de Léon Denis, así como en
las sesiones de Victor Hugo.
Con frecuencia los resultados de las sesiones espíritas
fueron sorprendentes. Tomemos un ejemplo muy
concreto, donde justamente estaba presente el doctor
Osty: el 20 de julio de 1932, una entidad, “Olga”, que
había sido Lola Montez, ex-amante escandalosa del
rey Louis I de Baviera, se dibujó ella misma vía Jeanne
Laval, un dibujo muy hermoso firmado Dartiguenave y
publicado en el libro La hora de las revelaciones. Lo que
dio lugar a una pesquisa larga y a menudo inútil. Fue
necesario esperar hasta agosto de 1939 para poner la
mano en el original, increíblemente parecido a la obra
de Jeanne Laval.
A la muerte del pastor Bénézech, que asistía al grupo,
las numerosas voces del más allá se volvieron discretas.
Los espíritus que hasta entonces la habían seguido, le
anunciaron su partida, por haber cumplido ya su misión.
Jeanne se entristeció mucho, declarando que después
de Símbolo y de todos los demás espíritus familiares y
regulares, ya no quería a más nadie.
Entre 1936 y 1970, Jeanne se retiró al campo y fue en
1970 cuando se reanudaron algunas comunicaciones,
sobre todo en el sentido de ayudar a la gente en toda
clase de dificultades. Terminó sus días en el campo
donde sucumbió a un ataque cerebral para morir el 6
de abril de 1975.
Fue Jean-Louis Victor, autor de numerosos libros, entre
ellos La reencarnación, quien sacaría a la luz la obra de
su abuela. La obra principal de Jeanne Laval, La hora
de las revelaciones es el testimonio de esas visitas y lo
constituyen cuatro tomos. Jeanne había resumido esa
sucesión en estos términos: “Yo he sido el portaplumas,
mi nieto será el portavoz…”
Jeanne Laval se manifestó dos veces en nuestra
Asociación, en 1978 y en 1987. Y he aquí algunos
extractos de sus mensajes:
“Con gran placer vengo junto a vosotros… La sutileza de
la sombra del espíritu sigue siendo grande e indefinida. El
espíritu viene hasta vosotros en su amor y en su protección
como un viento que sopla sin intermitencia sin que sepáis y
luego se acelera bruscamente para levantarse al contacto
de vuestras vibrantes fuerzas fluídicas que llaman.
Estáis allí, testigos… La fuerza impulsiva del intelecto que
se suma al corazón, puede dar en su integralidad a nivel
del miembro humano, mensaje generoso, anunciador y
protector del espíritu que vos conocéis y que os pide sin
cesar que inscribáis en la página su obra naciente… Mi
nombre es conocido para vosotros. Soy Jeanne Laval”.
“Soy el espíritu Jeanne Laval y vengo, esta noche, a aportar
toda mi certeza, toda mi convicción, toda mi fuerza para
los que, designados por el espíritu, tienen una misión que
cumplir y deben continuar esa misión hasta su término.
Cuando yo vivía en la Tierra, fui médium de varios
espíritus. Escribí páginas y páginas. Cuando comencé
esta misión, la angustia me traspasaba, la duda me
invadía. No sabía más, no sabía. Cuántas veces arrojé al
fuego el lápiz o la página. Cuántas veces renuncié, cuántas
veces tuve miedo.
Es preciso decir que yo tenía a mi alrededor sólo a algunos
amigos, invadidos por el mismo temor, invadidos por las
mismas angustias. Es preciso decir que no pertenecía a
ningún círculo pero el espíritu acabó con mi duda y mi
miedo, y la perseverancia triunfó sobre todo eso. Hace
falta comprender. Hace falta esperar. Hace falta saber,
que nosotros los espíritus somos seres absolutamente
decididos.
Oh, yo sé bien que el hombre pasa y atraviesa por
múltiples sentimientos de la mañana a la noche y sé bien
que su naturaleza frágil impide a veces cumplir la misión
en el momento en que debería cumplirse, pero es una
verdad absoluta la dicha por el espíritu, dicha también por
el espíritu del hombre reencarnado, antes de su regreso a
la Tierra.
Somos la luz. Somos los que volvemos para decirles a los
hombres, habíais pensado esta verdad, habíais deseado
esta misión. La nuestra es simplemente recordárosla …”
El ejemplo de modestia y humildad de Jeanne Laval
ante el fenómeno espírita debe ser tomado en cuenta
por todos aquellos que quisieran aventurarse en
este campo, sin tener en el corazón la seriedad de tal
revelación.

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