"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

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ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



martes, 22 de marzo de 2011

EL DALAI LAMA, ¿REENCARNACIÓN DEL BUDA? LE JOURNAL SPIRITE N° 77 JULIO 2009

“El Dalai lama quiere mucho a Francia”, tituló Ouest France en vísperas de la visita de este
hombre eminente en junio de 2008. ¡Hay que reconocer que Francia se lo retribuye! Toda
categorización de las personalidades más apreciadas lo ubica en primera fila, al lado o casi, del
abad Pierre. No obstante, si bien Su Santidad, como se ha convenido en llamarlo, personifica
indiscutiblemente al Tibet, cuyo representante es en el mundo, no olvidamos que nunca ha sido
designado como tal en el marco de una elección democrática.
Entonces, ¿quién es este personaje, monarca como
Elizabeth de Inglaterra o Papa como el sucesor de Pedro?
Qué nos dice Internet: “El Dalai lama es reconocido por
los tibetanos como el más alto jefe espiritual (religión)
del Tibet y la reencarnación del Buda de la compasión.
Se convirtió en jefe temporal (político) del gobierno
del Tibet desde el siglo XVII hasta la primera mitad del
siglo XX, luego en jefe de la Administración central
tibetana hasta hoy”. Si se comprende bien, es pues al
mismo tiempo, monarca por sucesión y jefe religioso,
como Elizabeth II, de quien a veces se olvida que ella es
siempre “jefe de la Iglesia anglicana”. Se dice que es la
reencarnación directa de un Buda cercano al fundador
del budismo. ¡Mejor que nuestro Papa, pues! Su título,
Dalai lama significa además: “Océano de Sabiduría”.
Nacido en 1935 en una familia pobre de campesinos del
nordeste del Tibet, entre quince hijos de los cuales apenas
seis sobrevieron, fue reconocido a la edad de dos años
por la comisión oficial de búsqueda de la reencarnación
del Dalai lama, decimotercero del nombre. A través de
él, reencarnaría pues su ilustre predecesor que fue él
mismo Dalai lama y por tanto heredero reencarnado del
Buda de compasión. Observemos sus orígenes: ninguna
sangre azul, ningún clan oficial recompensado por el
poder, ninguna primogenitura, en pocas palabras, nada en
común con un Carlos de Inglaterra…
Cuando se lee su historia, se descubre un destino a la De
Gaulle, o hasta a la Juana de Arco. El Dalai lama es un
monarca espiritual y temporal reconocido en el Tibet en
los años 1950, después de un largo período de regencia
durante el cual fue formado en forma intensiva en sus
responsabilidades religiosas (en el plano religioso posee
el título más distinguido equivalente a doctor en filosofía
budista conseguido cumplidamente luego de un verdadero
examen), igual que en su rol político. Sufrió la invasión
china de su país, y trató de obtener directamente de Mao
un tratado de paz que dejara una verdadera autonomía
a un Tibet dispuesto a reconocer la soberanía de China.
Sintiéndose personalmente en peligro, se resolvió a
dejar su país cada vez más ocupado y asolado (1959)
haciendo, él también, una “larga marcha” precipitada
que le permitió refugiarse en la India. Fue autorizado por
este país a instalar su gobierno en Nepal y a conducir los
destinos del pueblo tibetano en el exilio. Desde entonces,
China adelanta, por una parte, una represión feroz contra
la cultura y las raíces del Tibet tradicional, y por otra
prosigue una política de colonización por una elite china
que sobrepasa cada vez más en número y en poder al
pueblo tibetano autóctono.
¿Cómo expulsar a los chinos fuera del Tibet cuando se
tiene el título de Buda de la compasión? Practicando
una negación del odio dentro de una gran nobleza de
expresión con respecto al pueblo chino, lo cual despierta
la admiración general, y resistiendo por todos los medios
distintos de las armas y la violencia.
La noción de reencarnación
¿Cómo se concibe en la historia tibetana esta referencia
constante a los linajes de reencarnaciones continuas?
El Dalai lama, primer personaje oficial de
una larga jerarquía religiosa y civil no es
el único. El segundo personaje oficial, el
Panchen lama, actualmente en las garras
del poder de Pekín, es considerado como la
reencarnación constante del Buda Amitabha
(de luz infinita). Es el heredero de una larga
tradición de constructores de monasterios y
debe desempeñar un papel preponderante
durante la designación del Dalai lama.
Elegido en plena ocupación china entre
tres niños seleccionados por sus notables
cualidades, Chadrel Rinpoche, nacido en
1989 hijo de simples nómadas, fue aceptado
desde entonces por el Dalai lama, a pesar de
las tentativas hechas por las autoridades
chinas para censurar su nombramiento.
El décimoprimer Panchen lama reconoció
inmediatamente, es lo que se dice, sus ropas
y objetos personales y siempre le habría
asegurado a sus padres, desde su más tierna
edad, que era la reencarnación consciente
del décimo Panchen lama.
Pero, él tampoco es el único. Un libro de
Alexandra David-Neel, primera europea
que recorrió el Tibet y entró en Lhasa, zona
prohibida a los occidentales en los años
1920, nos presenta esta larga tradición de
los “Toulkous”, impropiamente traducidos
como “Budas vivientes”.
En su libro Místicos y magos del Tibet, escrito
en 1929 después de una larga serie de viajes,
evoca largamente “la aristocracia eclesiástica
cuyos miembros son denominados ‘lamas
toulkous’.” Constituyen, según ella, “la
singularidad más notable del lamaísmo” que
nunca ha sido verdaderamente comprendido
ni correctamente traducido en Occidente.
Según la creencia popular, un Toulkou puede
ser, o bien la reencarnación de un santo o un
sabio difunto, o la encarnación de un ser no humano: dios,
demonio, etc. La primera categoría de los Toulkous es la
más numerosa, la segunda cuenta sólo algunos avatares
de personajes míticos como el Dalai lama y el Panchen
lama y ciertos dioses autóctonos de quienes los Toulkous
cumplen las funciones de oráculos oficiales”.
“Aunque el budismo original niegue la existencia de
un alma permanente que transmigra y considera esta
teoría como muy perniciosa, la gran mayoría de los
budistas ha vuelto a caer en la antigua creencia de los
hindúes respecto al “jiva” (el yo), que, periódicamente,
cambia su cuerpo usado para revestirse de uno nuevo”.

(Cita del Bhagavad gita)
“La masa de tibetanos no busca tanto y, en la práctica,
todos los Toulkous, aun los de seres supra-humanos,
son considerados como la reencarnación de su
predecesor… La reencarnación de los Toulkous no tiene
nada que pueda parecer extraño a gente que cree en
un ego que transmigra periódicamente. Según esta
creencia, cada uno de nosotros es un Toulkou. El ‘yo’
encarnado en nuestra forma presente ha existido en
el pasado en otras formas. La única particularidad que
ofrecen los Toulkous, es que son considerados como
reencarnaciones de personalidades notables, que a
veces recuerdan sus existencias pasadas y a quienes,
en ciertos casos, les es posible elegir y dar a conocer a
sus futuros padres y el lugar donde renacerán”.

Como se ve, esta noción popular tibetana está realmente
muy cerca de los estudios sobre la reencarnación
adelantados por Stevenson. Por lo tanto, no es la verdadera
concepción de la elite budista, a la que pertenecen estos
famosos Toulkous. Tratemos pues de comprenderla.
Aparentemente hay acuerdo sobre una noción de
reencarnación consciente, vinculada a una misión
elegida antes del regreso a la carne. En el budismo, toda
personalidad carismática que alcanza el despertar y se
encuentra a la puerta del Nirvana no puede resolverse
a dejar sufriendo a la humanidad. Convertido él mismo
en buda, el nuevo “iluminado” acepta regresar a la tierra
para instruir y guiar a la humanidad que sufre, como lo
hicieron luego Buda y sus compañeros, entre quienes
se cuentan Amitabha (de luz infinita) y Avalokitésvara
(buda de la compasión). Así, muy impregnado por esta
tradición, el sistema de selección de los Toulkous busca
sistemáticamente todos los signos que distinguen
a los niños notables, cualquiera que sea su origen.
Aparentemente, gracias a esa red, se sabe reconocerlos
y ubicarlos inmediatamente en situación privilegiada
de estudios y luego de nominación al frente de grandes
monasterios o en funciones religiosas de prestigio.
Como lo anota Alexandra David-Neel, se trata de una
verdadera institución: “Además de su señor, los grandes
monasterios cuentan a veces entre sus miembros con
más de un centenar de Toulkous”. Ella dice poder citar
docenas de casos encontrados, pero recuerda dos, entre
ellos este: “También fui testigo del descubrimiento de un
Toulkou en las circunstancias más fantásticas; el hecho
tuvo lugar en una pobre posada de un pequeño caserío
no lejos de Ansi (en el Gobi)”. La narradora describe la
decoración de la posada que le desocupó un cuarto
cuando ya estaba abarrotada por una caravana entera de
mongoles, conducida por un viejo lama. Entró entonces
un joven de hermosa apariencia pero muy pobremente
vestido. Durante la velada, el viejo lama que les había
convidado a tomar el té, contó que él y su gente habían
programado ir a Lhasa por la ruta de invierno, pero que
el tiempo les obligaba a dar media vuelta. Un poco
más tarde, la atención recayó en el joven pobre: “Desde
pequeño, Migyur había sido acosado por la extraña idea
de que no estaba donde debería haber estado. Se sentía un
extraño en su aldea, un extraño en su familia”. Terminó
por abandonar todo a la edad de catorce años por una
vida errante. Marchando sin meta, llegó a la posada, vio
los camellos y se decidió a entrar. Algunos instantes más
tarde, se encontraba frente al viejo lama “y entonces, con
la rapidez del relámpago, el recuerdo de los hechos pasados
iluminó su memoria. Vio a ese mismo lama joven, y a él
mismo como un lama ya viejo, ambos viajando por este
mismo camino, regresando de una larga peregrinación
a los lugares santos del Tibet y volviendo a casa en el
monasterio situado sobre la colina. ¡Todas esas cosas, se
las relató al jefe de la caravana con los más minuciosos
detalles sobre su vida en el monasterio lejano y muchas
otras particularidades”. Ahora bien, la caravana se hallaba
en camino para pedirle al Dalai lama que los ayudara a
encontrar un sucesor Toulkou para su jefe, fallecido hacía
más de veinte años, ¡y que aún no habían encontrado!
“En el espíritu de los mongoles no había ninguna duda en
cuanto a la legitimidad de su Toulkou encontrado. Al día
siguiente, vi la caravana, volver sobre sus pasos, alejarse al
paso lento de los grandes camellos… El nuevo Toulkou iba
con ella hacia su nuevo destino”.

Como se ve, la reencarnación consciente no sólo es
reconocida por el país de los lamas, sino que una
larga tradición de creencia en la eficacia de personajes
excepcionales, capaces de proyectarse en conciencia de
una existencia a otra en el plano espiritual, lleva a toda la
población a reservar a estos seres de gran experiencia los
lugares más prestigiosos. ¿Es preciso concluir entonces
que tenemos que vérnoslas con estos héroes del budismo,
en el caso del Panchen lama y del Dalai lama? No
vayamos demasiado rápido; las cosas no son tan simples.
En primer lugar, recordémoslo, la noción de reencarnación
no designa la misma cosa que para nosotros los espíritas.
Escuchemos un poco más a Alexandra David-Neel:
“Por lo general, los profanos imaginan que los budistas
creen en la reencarnación del alma, incluso hasta en la
metempsicosis. Eso es un error. Lo que el budismo enseña,
es que la energía producida por la actividad mental y
física de un ser causa la aparición de nuevos fenómenos
mentales y físicos, luego que este ser ha sido disuelto por
la muerte”. Para ellos no hay alma ni periespíritu, sino la
continuidad más o menos bien conservada de la energía
y la experiencia de la entidad anterior que logra pasar
hacia una matriz nueva, dando lugar a un nuevo ser
reencarnado, más o menos inspirado o habitado por la
energía y la fuerza vital del antiguo. Un tanto complicado…
El budismo da la imagen de la llama que es trasladada
de una vela a otra. No es completamente la misma, ni
totalmente nueva. Para el budismo todo es evolución,
impermanencia de las cosas. En función de su karma y
de su grado de evolución, cada ser atraerá hacia sí fluidos
vitales de naturaleza comparable a la suya. Recordemos,
aunque ese no es nuestro tema, que el espiritismo se
opone a una noción fatalista e infantilizante del karma.
¿Entonces nuestros budas de compasión y de infinita
serenidad, no son nada más que una energía vital que
guarda suficiente coherencia para recordar su existencia
precedente? Sin embargo, en el caso de los Toulkous
que disponen, según el credo de los lamas, de poderes
muy particulares, no es tan simple: “Literalmente, el
término ‘Toulkou’ significa una forma creada por medio
de un procedimiento mágico… Es preciso abstenerse
de creer que la formación de la nueva personalidad se
efectúa arbitrariamente”.
En ese nivel espiritual, le explicó el Dalai lama de la época
a Alexandra, alcanzado por los bodhisattvas, seres de alto
nivel espiritual que se dedican totalmente al bien de la
humanidad, justo a nivel inferior del de los budas, según
el panteón budista y por tanto una razón mayor para
los budas históricos, “la base espiritual de la entidad es
tan fuerte que es capaz de producir imágenes vivas de sí
misma, en miles de otros mundos”. De hecho, concluyó el
Dalai lama, “el poder de crear formas mágicas es ilimitado”.
Su sucesor sería entonces, como lo fue él mismo, una de
las numerosas formas animadas del buda de compasión
que sin duda ha sembrado muchas otras en todos los
mundos donde se le necesite. Tal es un poco resumida
y simplificada la teoría oficial. Para el budismo, Jesús y
Mahoma son también Toulkous, encargados de misiones
en los diversos mundos cuya evolución siguen.
¿Qué pensar de esto desde el punto de vista espírita?
Observamos ya algunos bemoles muy humanos
señalados por Alexandra David-Neel: los Toulkous
no sólo disponen de un prestigio excepcional, sino
también de considerables bienes materiales que son
otorgados igualmente a su familia. Las sucesiones son
pues asuntos humanos muy tentadores. Desde luego,
tenemos ejemplos incontestables de procedimientos de
sucesión que saben detectar auténticas reencarnaciones
de personajes espiritualmente evolucionados, pero
la misma Alexandra observa la posible deriva hacia
prácticas un tanto arregladas. Por otra parte, en el asunto
del nombramiento del Panchen lama, las autoridades
chinas han dejado bien en claro sus intenciones de
hacer surgir las candidaturas, por supuesto espontáneas,
pero también conformes con el interés de China.
Es lo que nos confirma el espíritu de Buda: “Lo que las
castas en el país de Oriente han osado afirmar en mi nombre
luego de esta vida me ha causado más que dolor. Me han
traicionado, me han inventado y me han imaginado. Yo no soy
el profeta del abandono, soy el profeta de la conciencia real”.
El Tibet tradicional mantenía en tiempos de Alexandra
David-Neel una sociedad medieval apartada del mundo,
construida sobre un ideal de abandono total de los bienes
de este mundo en provecho del ideal del despertar budista.
Ella observa ya el apetito de los grandes monasterios
tibetanos por el negocio y las transacciones. En fin, su
erudición le permite remontar la historia: “Aunque
la existencia de avatares, deidades u otras poderosas
personalidades fueron admitidas desde hace mucho
tiempo en el Tibet, la aristocracia de los Toulkous no se
desarrolló bajo su forma actual sino después de 1650”.
En efecto, en esta fecha Lobsang Gyatso, un gran lama
ambicioso de la secta de los gorros amarillos, desde
entonces siempre en la cumbre de la aristocracia
eclesiástica tibetana, sentó su poder de soberano político
y religioso dándose una autoridad supra-humana: se
convirtió en el primer Dalai lama y se definió como la
reencarnación directa del buda de compasión.
¿Se debe por eso olvidar el carisma y la altura de miras
del actual Dalai lama? Más de cincuenta años después,
su foto sigue siendo el regalo más apreciado por la
población local en el Tibet, a pesar de las persecuciones
vinculadas a su detención. Para ellos simboliza siempre
el alma y la cultura de un pueblo que, sin duda, necesita
más que nunca creer en la presencia del buda de
compasión. Indudablemente, el personaje es de alto nivel
intelectual y filosófico; cree en su misión y se consagra
en cuerpo y alma a la causa de su pueblo. Sabe rodearse
y se interesa por las otras culturas, especialmente por
las tecnologías occidentales.

Su ejemplo atrae y en su entorno se encuentra
especialmente Matthieu Ricard, científico de alto
nivel que lo abandonó todo para convertirse al
budismo. Escribe mucho y profesa el retorno a la
felicidad por la espiritualidad budista. Gracias a
personalidades de esta clase, el budismo atrae y
se convierte especialmente en la tercera religión
más practicada en Francia. Su análisis de las faltas
del yo y del materialismo dominante viene muy a
propósito frente a los excesos de nuestra sociedad.
Un espíritu, Cyprien, que tuvo una vida en el Tibet
se expresó así: “Nuestro pueblo de antaño, en su
descendencia carnal, sufre mucho actualmente.
Quiere encontrar su identidad. Quiere expresar
su cultura y tiene razón. No se trata de cultivar el
pasado pero ya no hace falta borrar las riquezas
del conocimiento. No volver a comenzar con el
Tibet y su cultura lo que por desgracia se hizo con el
pueblo celta y sus druidas. Por tanto, piensen en los
tibetanos y dedíquenles algunas cadenas fluídicas”.

Entonces, sin duda, poco importa la filiación
real o no de un hombre, reencarnado, como
todos nosotros para llevar a cabo su misión.
Ésta consiste en evitar un genocidio cultural:
no podemos desinteresarnos de esta causa,
aunque en muchos puntos el espiritismo esté en
desacuerdo con el budismo.