"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

Después de abrir y mantener actualizados los blogs: CULTURA Y DIVULGACIÓN ESPÍRITAS y CENTRO VIRTUAL DE ESTUDIOS

ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



miércoles, 9 de abril de 2014

GRANDES FIGURAS EN EL HISTORIA DEL ESPIRITISMO ESPAÑOL: EL DR. MANUEL AUSÓ Y MONZÓ

by idafe

BREVE BIOGRAFÍA DEL DR. MANUEL AUSÓ Y MONZÓ

Manuel Ausó y Monzó 01Nació Manuel Ausó y Monzó en la ciudad de Alicante el 8 de diciembre de 1814. Desde niño mostró una gran afición al estudio y sus padres, aunque con escasos recursos, procuraron darle una educación conforme a las aspiraciones y aptitudes del joven.

Realizó sus primeros estudios en el convento de San Francisco, en Alicante, cursó Filosofía en Santo Domingo de Orihuela y comenzó en Madrid la carrera de Medicina, compartiendo también estos estudios en las Universidades de Valencia y Barcelona. Se licenció como Doctor en Medicina en Madrid en 1845, a los 29 años de edad.

Por convencimiento íntimo se declaró ferviente partidario de la medicación homeopática. Publicó, defendiéndola, muy notables trabajos, sosteniendo lúcidas polémicas en varias revistas científicas.

Mediante oposición, logró en 1844 la Cátedra de Historia Natural en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, llegando a ser Director interino del mismo. En ella se convirtió en maestro queridísimo de sus discípulos, entre los que se contaron muchos que luego llegaron a ser hombres notables. Allí enseñó los sanos y hermosos contenidos de la asignatura que le estaba encomendada, destacándose por su modo pedagógico claro, sencillo y al alcance de todas las inteligencias.

Durante las epidemias que asolaron la región en 1854, 1870 y 1885, demostró su valor y abnegación, acudiendo con sus grandes conocimientos médicos en socorro de los afectados, prodigando consuelos y auxilio.

Fue siempre demócrata ferviente en política y durante muchos años ocupó los primeros lugares entre los republicanos históricos de su región.

A él se debe la creación del Gabinete de Alicante, que fuera enriquecido sucesivamente con las colecciones de objetos geológicos y protohistóricos de la provincia, formadas a ruego suyo por el sabio geólogo Sr. Vilanova y Priera.

En 1868 creó la "Sociedad de Estudios Psicológicos", primer centro espiritista de Alicante. Siguiendo su ejemplo se fundaron otros muchos centros de estudio en la ciudad.

En 1872 se refundieron diversos centros espíritas, dando por resultado la creación de la "Sociedad Alicantina de Estudios Psicológicos", que le nombró su presidente. Esta Sociedad llegaría a tener más de 400 miembros, haciendo una gran labor de difusión en la región.

Poco después crearía la importante revista espiritista bautizada con el nombre de "La Revelación", que dirigió hasta poco antes de su muerte y en la que brilló como literato y profundo pensador. Tras su desencarnación, su sustituto en este menester sería otro destacado espiritista alicantino y colaborador suyo, Francisco Arqués Guerri.

Fue, en cuanto a las manifestaciones mediúmnicas, un hombre de convicción arraigada, pero que no se dejaba vencer sin pruebas. Allí donde aparecía el fenómeno Ausó inquiría, estudiaba, aquilataba y después admitía o rechazaba conforme a su sereno juicio y al imparcial resultado de sus investigaciones. Y aunque parezca mentira, la lealtad y rectitud científica en este terreno le valieron innumerables agravios, sufrimientos y sinsabores. Al tener conocimiento de las supuestas curas "milagrosas" que realizaba un famoso médium de apellido Baldaet, dedicó al asunto su clara inteligencia y los espiritistas fanáticos, que vieron aminorado el prestigio de su ídolo, acusaron al Dr. Ausó de interesado en el descrédito del médium, por la competencia que como sanador podía hacerle.

Pero Ausó nada había de temer en su conciencia limpia y tenía quien respondiera por él: los necesitados que encontraron siempre su mano cariñosa de padre que socorre y consuela; sus amigos y cuantos habían admirado su hermoso corazón de intachable ciudadano como hijo, esposo y padre, que supo hacerse querer de un pueblo entero. Todos ellos sabían de la imposibilidad de que un corazón tan abierto al bien y a la virtud, pudiera nunca albergar miras interesadas, nacidas del amor al dinero.

Ausó lo único que pretendía era buscar el medio de quitar la venda que cubría la inteligencia de muchos hermanos suyos, que demasiado encariñados con el curanderismo, no hallaban sitio en su cerebro para discutir con tino; Ausó ansiaba arrancar la careta a los que amparándose en ella, explotaban la buena fe de los demasiado creyentes y, estudiando el fenómeno, mostrar donde estaba el fraude y la mentira, el engaño y la superchería. Y por haber querido romper un ídolo de barro, por intentar tan sólo matar algunas ilusiones engañosas, le acusaron de envidioso, a él, que demostró tener talento de sobra para valer más que todos los curanderos juntos y alma tan noble y generosa como ruin y mezquina era la de sus detractores... Así amargaron en parte su vida, pero él, espíritu grande y sabio, supo olvidar y perdonar.

Fue socio corresponsal del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro y de la Academia Homeopática española.

Manuel Ausó y Monzó desencarnó el 25 de Enero de 1891, a la edad de 76 años, en su querida Alicante, ciudad que ha honrado su memoria bautizando una de sus calles con su nombre.

Dejó publicadas las siguientes obras:

"Baturrillo médico" ( Sainete), publicado en el folletín del periódico El Comercio; "Conferencia Agrícola celebrada el 25 de enero de 1880 en el Salón del Consulado de esta ciudad". Alicante, imprenta de José Marcili, 1880. Un folleto en 4.° de 27 páginas; "La Homeopatía. Colección de artículos publicados en el periódico El Graduador en contestación a los que D. Ricardo Fajarnés y D. Matías Domenech, insertaron en los diarios El Eco de la Provincia, y La Unión Democrática”, Alicante, imprenta de José Marcili y Oliver, 1881. Un tomo en 8.° de 414 páginas, "Instituto provincial de segunda enseñanza de Alicante. Programa de Historia natural y de Fisiología é Higiene, a los que ajustará sus explicaciones el Profesor de dichas asignaturas". Alicante, Establecimiento Tipográfico de José Marcili, 1884. Un folleto en 4.° de 24 páginas, y multitud de artículos sueltos, memorias y poesías.

Debe el Movimiento Espiritismo Español guardar como un tesoro la memoria de quien le consagró vida, inteligencia y alma; tengamos, pues, los espiritistas de la España del siglo XXI un recuerdo de gratitud y admiración para quien nos precedió en la siembra en esta tierra de los ideales del progreso humano.

******
Recopilación y adaptación: Oscar M. García Rodríguez. Esta biografía está basada principalmente en un escrito homenaje publicado por la revista espírita madrileña "La Irradiación", en su nº 43, de 1º de diciembre de 1893, firmado por La Redacción.

Encabezamiento Manuel Ausó Y monzó

Manuel Ausó y Monzó 02Si yo hubiese aceptado como buena e indiscutible la educa­ción religiosa que recibí   de los autores de misdías - único alimento que se dio a mi espíritu para su adelanto - y a su vez el fanatismo de aquellos tiempos, tan feroz como intransigente, hubiera sentado sus reales en el santuario de mi con­ciencia, ahogando en sus primeros albores la noble y constante aspi­ración al progreso que sentía bullir incesantemente en el fondo de mi alma, yo hubiera sido, como tantos otros de mi época y de mis años, un católico, apostólico, romano, cortado a la usanza de los tiem­pos que corren y siempre refractario a toda idea grande y regene­radora; y sentados estos precedentes yo no hubiera sido jamás es­piritista.

Pero contra los deseos y las voluntades ajenas, nuestro es­píritu, libre como el aire y la luz, se encuentra ligado a las condi­ciones esenciales que le caracterizan, incomprensibles si se quiere, pero que le ayudan a levantarse potente por sus propios esfuerzos, para salirse fuera de la norma trazada por la voluntad y el capricho de los hombres, impulsándole a marchar impávido por el camino que su propia intuición le señala, para realizar más tarde cuanto le sea necesario a la consecución del fin providencial porque vino a la tierra. Y si así no fuese. ¿cómo se explicaría esa inclinación irresis­tible, esa fuerza superior a la voluntad, que siente latiren lo más profundo de su ser y que le obliga a ver las cuestiones más trascen­dentales y de comprensión más difícil, de un modo distinto, y con­trario a veces, de como se quieren imponer y grabar en el entendi­miento? Problema es este de solución difícil para las diferentes es­cuelas filosóficas, pero que el espiritismo aclara y resuelve fácilmente, poniéndolo al alcance de cuantos quieran examinar con recto a im­parcial criterio sus obras fundamentales y las doctrinas y las ense­ñanzas de los espíritus. Ni la educación religiosa que se recibe desde los primeros años de la vida en el seno de la familia, ni los conocimientos científicos que suelen adquirirse en las escuelas oficiales, son ni pueden ser en todos los casos, los factores que han de constituir el carácter moral é in­telectual del individuo.

O el espíritu acepta de buen grado y sin previo examen la edu­cación que recibe, o la rechaza con energía después de serio y dete­nido estudio. En el primer caso es como el ciego del Evangelio, que se deja guiar por otro ciego para precipitarse los dos en el hoyo. En el segundo, es el libre pensador que busca la verdad, y aprovechán­dose de su luz purísima admira extasiado la obra grandiosa y sublime de la Creación. El primero huye de Dios y de sus obras, que mira con desdén. El segundo le busca por todas partes, le sale al encuentro por todos los caminos, procura comprenderle en lo que le es posible y le alaba y glorifica contemplando sus encantadoras ma­ravillas.

Ansiando alcanzar mayores y más positivos progresos, viene el es­píritu a la vida material acompañado de intuiciones, más o menos claras, que han de servirle de guía en todo aquello que se propone realizar en esa nueva etapa de su eterna existencia, y en la que, si consigue curarse de los defectos e imperfecciones que entorpecieron su marcha en anteriores encarnaciones y al mismo tiempo borrar, me­diante el trabajo, la meditación y el estudio, los grandes errores que ofuscaron su entendimiento y le hicieron caminar por desconocidos y tortuosos senderos, habrá dado un gran paso en el camino de su adelanto y se habrá aproximado a Dios. En el caso contrario, que­dará estacionado, y después de perder todo el tiempo de una vida material, le pasará lo que al estudiante que perdió el curso y ha de empezarle de nuevo forzosamente. Volverá, pues, a la erraticidad, donde, por medios que nos son desconocidos, se preparará y fortale­cerá con voluntad y decisión más firmes, para encarnar de nuevo, con intuiciones más claras, en el mismo mundo o en otros acomoda­dos a las necesidades que reclame su situación, y conseguir, por medio del trabajo y la práctica del bien, su necesario e indispensable perfeccionamiento.

He aquí explicado, en breves palabras, el porqué yo he venido rechazando desde las primeras alboradas de mi inteligencia todo aque­llo que no se armonizaba con mi razón ni con el fin providencial que me trajo a este mundo, y porque también, sin grandes esfuerzos, he abandonado aquellas absurdas enseñanzas y aceptado con fe y en­tusiasmo la doctrina espiritista. Y caminando siempre en pos de la verdad en todos los órdenes de ideas, he militado sucesivamente y siguiendo siempre los impulsos de mi corazón, en las filas más avan­zadas de todo racional progreso, habiendo sido en política antiguo progresista primero, demócrata después y hoy republicano histórico. En medicina, después de conseguir los grados de licenciado y Doctor, principié mi práctica sin fe en las doctrinas que me enseñaron mis maestros, en las que no veía la luz que mi espíritu ansiaba, y cuan­do a consecuencia de un padecimiento crónico del pecho, con grandes y frecuentes hemorragias pulmonares, llegué hasta los umbrales de la muerte; desahuciado y sin esperanza alguna de recuperar mi salud, busqué en la medicina homeopática los consuelos que la alopatía me había negado, y conseguí con la suavidad y dulzura de sus racionales tratamientos restablecer completamente mi estado normal.

Esto pasaba el año 1851 y desde aquella época, y cada vez con más entusiasmo y fe, he seguido ejerciendo la medicina homeopática, consolando y aliviando a la humanidad en sus dolencias, así en tiem­pos normales como en las varias y horrorosas epidemias, tanto del cólera morbo como de la fiebre amarilla, que diezmaron varias veces esta desgraciada población, mi país natal, y que tan tristes recuerdos dejaron grabados en la memoria de sus habitantes.

En religión he sido siempre racionalista, y por esta causa acepté el Espiritismo en cuanto tuve la más ligera noción de esta doctrina, que está en perfecta armonía con las divinas enseñanzas de Jesús; que tantos consuelos dan incesantemente al peregrino de la tierra, y cuyos fulgores, si iluminaran como fuera debido la conciencia de los pueblos, mejorarían las condiciones de la humanidad y regene­rarían completamente el mundo.

El año 1871, acompañado de uno de mis hijos, medico homeó­pata también, nos trasladamos a la inmediata villa de Aspe, donde mi hermano mayor tenía su residencia, con objeto de pasar en su compañía los últimos días de la semana santa. Mi hermano, que ya no está en este mundo, era también libre pensador, conocía muy bien la Biblia y defendía; cuando la ocasión se presentaba, con muy buen criterio y abundancia de datos bíblicos, la doctrina de Jesús, contra las absurdas enseñanzas de los hombres. Le pasaba lo que a mí; nin­gún vestigio guardaba en su alma de la educación religiosa que, como yo, había recibido en el hogar doméstico, ni nada tampoco de aquellas absurdas y ridículas doctrinas que había recibido de los frailes. Él había tenido, antes que yo, la dicha de conocer el Espi­ritismo, y al vernos en su casa sin previo aviso y en días de reco­gimiento para la generalidad de las gentes, creyó que aquella visita tan inesperada tenía otro objeto, y que éste era el averiguar lo que respecto del Espiritismo había de verdad, recelando por qué extraño conducto podía haber llegado este asunto a nuestra noticia. Mas, al ver nuestro silencio y nuestra indiferencia para todo lo que se re­lacionaba con esta idea que tanto llamaba su atención, se vio en la necesidad de declararse, refiriéndonos toda la historia de su rápida y firme conversión al Espiritismo. Nos enseñó el “Libro de los Espí­ritus”, el “Libro de los Médiums”, el “Evangelio según el Espiritismo”, obras de Allan Kardec fundamentales de la nueva doctrina y a cuyo estudio se hallaba entonces dedicado. Y después de hablarnos mucho sobre este particular, que ya nos iba atrayendo y preocupando también, para que no nos quedase género alguno de duda, nos acompañó a casa de uno de sus amigos, donde había una médium y se recibían comunicaciones por medio del trípode. Nuestra sorpresa y nuestro asombro fueron tan grandes, como grande era y trascendental el asunto que lo motivaba. Yo evoqué sucesivamente a los espíritus de mi madre y mis hermanos, recibiendo de ellos saludables consejos y consoladoras frases; y desde aquel instante el hecho de la comuni­cación con los espíritus fue para mí indudable, y convencido de esta gran verdad me declaré espiritista. Mi conversión a esta nueva doc­trina debía estar preparada con mucha antelación, ya que tan fácil me fue recorrer con rápida y vertiginosa mirada sus vastos y lumi­nosos horizontes.

¿Quién había de esperar ni de creer que de un pequeño pueblo de la provincia había yo de traer a la capital, grabada ya en el fondo de mi alma, la idea espiritista para propagarla y defenderla? Así es que, en cuanto volví a Alicante encargué libros y al poco tiempo y dada publicidad a la idea, se crearon centros que funcionaron con orden y regularidad, se desarrollaron médiums y más tarde veía la luz un periódico, "La Revelación", propagador y defensor de las nuevas ideas, y de cuya publicación, aunque inmerecidamente, fui luego y continúo siendo director.

Los que aceptan y propagan ideas basadas en un error, el más funesto y trascendental de todos los errores, y en los asuntos de la más alta importancia para el bienestar presente y futuro de la humani­dad, la dirigen con los ojos vendados, adormecida y esclavizada la inteligencia, por tortuosos senderos que han de conducirla más tarde al abismo de su perdición, se hacen reos de lesa conciencia y faltan a sus más sagrados deberes, aprisionándola con su torpe conducta en las redes de la superstición y del fanatismo y saturando su alma de los errores más funestos. ¿Por qué en vez de esto no enseñan la luz radiante de la verdad que brilla inextinguible en las páginas del Evangelio, en ese libro tres veces santo, cuyas cristalinas aguas re­generarían el mundo si se ofrecieran en su nativa pureza como sa­ludable bebida al sediento peregrino de la tierra? ¡Oh! Si esa doctrina bienhechora, única que ha brotado de los divinos labios de Jesús, la hubieran enseñado en todos tiempos los que tienen el deber ine­ludible de extenderla y propagarla por el mundo, otra sería la suerte de la generación actual, que no puede verse libre de la funesta le­vadura que tiene contaminada su sangre y que ha menester siglos y esfuerzos sobrehumanos para verla completamente regenerada. Sien­do esta la causa de mayor influencia y el más grande obstáculo que se opone hoy al triunfo rápido y definitivo del Espiritismo.

¡Ley santa del progreso, yo te saludo con la más dulce emoción de mi alma y te bendigo con júbilo! Tú te reflejas en todos los ac­tos de nuestra vida, inundas de vivísima luz nuestra almay con tus claridades purísimas, estereotipas en lo más recóndito de nuestro ser tus divinos y sacrosantos preceptos. Tú, con la magia poderosa de la verdad que difundes, levantas del cieno de la superstición y del fanatismo a cuantos en ti se inspiran, destruyendo en brevísimos instantes cuanto el trabajo de una educación sin fundamento y de una enseñanza hipócrita levantaran en el transcurso del tiempo. Tú regeneras el mundo y las generaciones que pasaron, cegadas por el sol de tu justicia, huyen todavía despavoridas y avergonzadas, para ocultar en los abismos insondables del no ser, su torpe conducta, sus punibles veleidades, sus grandes vicios, sus funestos errores y su asquerosa hipocresía, para dar paso a la luz que brilla, como nuevo y esplendoroso sol, en las doradas páginas del Espiritismo.

Me manifiesta usted, señor Director, en apreciabilísima carta, que mi firma hace falta en el Álbum biográfico espiritista que viene publi­cando la ilustrada revista que usted tan dignamente dirige y en la cual reputados escritores, con galana frase, elevados conceptos y correcto estilo, siguen embelleciendo con general aplauso y gran contenta­miento sus interesantes páginas. Y como una sola palabra de usted la entiendo como si fuese un mandato y son, por otro lado, tan grandes el cariño y la amistad que le profeso, no he titubeado un sólo ins­tante en dar satisfacción a sus deseos, en la medida de mis fuerzas y en lo que ha permitido el tiempo de que actualmente puedo dis­poner, sintiendo que la escasez de mis luces, mi   insuficiencia y mi pobre palabra, no me hayan permitido decir más y mejor de cómo he venido al campo del Espiritismo. Pero si así y todo he consegui­do llevar mi grano de arena al suntuoso edificio que se levanta, para bien del mundo, en el vasto océano de la conciencia universal, y del cual es usted uno de sus más valiosos y esclarecidos obreros, yo que­daré recompensado de este pequeño e insignificante trabajo y com­pletísimamente satisfecho.

                                                                                      Manuel Ausó Monzó

                                                                                      Alicante, Enero de 1884.

lunes, 7 de abril de 2014

SABIDURÍA CONDENSADA: PEQUEÑOS GRANDES CUENTOS DE ANTHONY DE MELLO

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EL SABOR DE LA SABIDURÍA

Palabras como sabio, sabedor, sabiduría, provienen de la palabra latina "sapere" (tener inteligencia, tener buen gusto). Por tanto, términos como sabor, saborear, sabroso vienen de la misma raíz que sabiduría.

Esto proviene de que los romanos asociaban los sentidos con diferentes facultades intelectuales, y el sabor lo relacionaban con el buen juicio, de ahí los dos sentidos de la palabra saber.

Les invitamos, pues, a "saborear" estos auténticos concentrados de sabiduría de los que es autor Anthony de Mello.

Saber, sentir y hacer para transformarnos y SER.

 Cabecera cuentos Anthony de Mello

Presencia

¿Dónde debo buscar la iluminación?

Aquí. ¿Y cuándo tendrá lugar?

Está teniendo lugar ahora mismo.

Entonces, ¿por qué no la siento?

Porque no miras.

¿Y en que debo fijarme?

En nada. Simplemente mira.

Mirar ¿qué?

Cualquier cosa en la que se posen tus ojos.

¿Y debo mirar de alguna manera especial?

No. Bastará con que mires normalmente.

Pero ¿es que no miro siempre normalmente?

No. ¿Por qué ...?

Porque para mirar tienes que estar aquí, y casi siempre no lo estás.

Armonía

A pesar de su tradicional proceder, el Maestro no sentía un excesivo respeto por las normas y las tradiciones.

En cierta ocasión surgió una disputa entre un discípulo y su hija, porque aquél insistía en que ésta se ajustara a las normas de su religión para elegir a su futuro marido.

El maestro se puso inequívocamente del lado de la muchacha. Cuando el discípulo le manifestó la sorpresa que le producía el que un santo actuara de aquella manera, el Maestro le dijo:

Debes comprender que, al igual que la música, la vida está hecha de sentimiento y de instinto, más que de normas.

Ofuscación

¿Cómo alcanzaré la vida eterna?

Ya es la vida eterna. Entra en el presente.

Pero ya estoy en el presente... ¿o no?

No ¿Por qué no?

Porque no has renunciado al pasado.

¿Y por qué iba a renunciar a mi pasado?. No todo el pasado es malo...

No hay que renunciar al pasado porque sea malo, sino porque está muerto.

Ignorancia

El joven discípulo era tan prodigioso que acudían a solicitar su consejo intelectuales de todas partes, los cuales quedaban maravillados de su erudición. Cuando el Gobernador andaba buscando un consejero, fue a ver al Maestro y le dijo:

Dime, ¿es verdad que ese joven sabe tanto como dicen?

A decir verdad - replicó el Maestro con ironía - el tipo lee tanto que yo no sé cómo puede encontrar tiempo para saber algo.

Mitos

El Maestro impartía su doctrina en forma de parábolas y de cuentos que sus discípulos escuchaban con verdadero deleite, aunque a veces también con frustración, porque sentían necesidad de algo más profundo.

Esto le traía sin cuidado al Maestro, que a todas las objeciones respondía:

Todavía tenéis que comprender, queridos, que la distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento.

Veneración

A un discípulo que se mostraba excesivamente respetuoso le dijo el Maestro: Si la luz se refleja en la pared, ¿por qué veneras la pared? Intenta prestar atención a la luz.

Transformación

A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro: Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra.

Discipulado

A un visitante que solicitaba hacerse discípulo suyo le dijo el Maestro:

Puedes vivir conmigo, pero no hacerte seguidor mío.

¿Y a quién he de seguir, entonces?

A nadie. El día en que sigas a alguien habrás dejado de seguir a la Verdad.

Ceguera

¿Puedo ser tu discípulo?

Tan sólo eres discípulo porque tus ojos están cerrados. El día en que los abras verás que no hay nada que puedas aprender de mí ni de ningún otro.

Entonces, ¿para qué necesito un Maestro?

Para hacerte ver la inutilidad de tenerlo.

Llegada

¿Es difícil o fácil el camino hacia la iluminación?

Ni difícil ni fácil.

¿Cómo es eso?

No existe tal camino.

Entonces, ¿cómo se va hacia la meta?

No se va. Se trata de un viaje sin distancia. Deja de viajar y habrás llegado.

Anteojeras

Si te empeñas en que yo tenga autoridad sobre ti, le decía el Maestro a un candoroso discípulo, te haces daño a ti mismo, porque te niegas a ver las cosas por ti mismo.

Y, tras una pausa, añadió apaciblemente:

Y también me haces daño a mí, porque té niegas a verme como soy.

Aceptación

¿Cómo podría ser yo un gran hombre...como tú?

¿Y por qué ser un gran hombre?, dijo el Maestro. Ser simplemente un hombre ya es un logro bastante grande.

Inadoctrinamiento

¿Qué es lo que enseña vuestro Maestro?, preguntaba un visitante.

Nada, respondió el discípulo.

Entonces, ¿por qué pronuncia discursos?

Lo único que hace es indicar el camino, pero no enseña nada.

Al visitante, aquello le resultaba incomprensible, de modo que el discípulo se lo explicó:

Si el Maestro enseñara, nosotros convertiríamos sus enseñanzas en creencias. Pero al Maestro no le interesa lo que creemos, sino únicamente lo que vemos.

Vacío

En ocasiones los ruidosos visitantes ocasionaban un verdadero alboroto que acababa con el silencio del monasterio. Aquello molestaba bastante a los discípulos; no así al Maestro, que parecía estar tan contento con el ruido como con el silencio.

Un día, ante las protestas de los discípulos, les dijo:

El silencio no es la ausencia de sonido, sino la ausencia de ego.

Palabras

Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse:

"Los que saben no hablan; los que hablan no saben".

Cuando el Maestro entró donde aquellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras.

El Maestro les dijo: ¿Quién de vosotros conoce la fragancia de la rosa? Todos la conocían.

Entonces les dijo: Expresadlo con palabras.

Y todos guardaron silencio.

Disciplina

A los discípulos que deseaban saber qué clase de meditación practicaba él todas las mañanas en el jardín les dijo el Maestro:

Si observo con atención, veo el rosal en plena floración.

¿Y por qué hay que observar con atención para ver el rosal?, preguntaron ellos.

Para ver el rosal, dijo el Maestro, y no la idea preconcebida que uno tiene del rosal.

Juzgar

¿Qué he de hacer para perdonar a otros?

Si no condenaras a nadie, nunca tendrías necesidad de perdonar.

Serenidad

¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?

Dinos tan sólo una.

Tratad de averiguar con que frecuencia perdéis la calma a lo largo de un solo día.

Imbecilidad

Cuando se le preguntaba por su iluminación, el Maestro siempre se mostraba reservado, aunque los discípulos intentaban por todos los medios hacerle hablar. Todo lo que sabían al respecto era lo que en cierta ocasión dijo el Maestro a su hijo más joven, el cual quería saber cómo se había sentido su padre cuando obtuvo la iluminación. La respuesta fue:

"Como un imbécil".

Cuando el muchacho quiso saber por que, el Maestro le respondió:

Bueno, veras..., fue algo así como hacer grandes esfuerzos por penetrar en una casa escalando un muro y rompiendo una ventana... y darse cuenta después de que estaba abierta la puerta.

Desarrollo

A un discípulo que se lamentaba de sus limitaciones le dijo el maestro: Naturalmente que eres limitado. Pero ¿no has caído en la cuenta de que hoy puedes hacer cosas que hace quince años te habrían sido imposibles? ¿Qué es lo que ha cambiado?

Han cambiado mis talentos.

No. Has cambiado tú.

¿Y no es lo mismo?

No. Tú eres lo que tú piensas que eres. Cuando cambia tu forma de pensar, cambias tú.

Opresión

El Maestro siempre permitía que cada cual creciera a su propio ritmo. Que se sepa, nunca pretendió "presionar" a nadie. Y él mismo lo explicaba con la siguiente parábola.

"Una vez, al observar un hombre como una mariposa luchaba por salir de su capullo, con demasiada lentitud para su gusto, trató de ayudarla soplando delicadamente.

Y en efecto, el calor de su aliento sirvió para acelerar el proceso. Pero lo que salió del capullo no fue una mariposa, sino una criatura con las alas destrozadas."

Cuando se trata de crecer, concluyó el Maestro, no se puede acelerar el proceso, porque lo único que puede conseguirse es abortarlo.

Grandeza

Lo malo de este mundo, dijo el Maestro tras suspirar hondamente, es que los seres humanos se resisten a crecer.

¿Cuándo puede decirse de una persona que ha crecido?, preguntó un discípulo.

El día en que no haga falta mentirle acerca de nada en absoluto.

Manifestación

Cuando llegaba un nuevo discípulo, este era el "catecismo" a que solía someterle el Maestro.

¿Sabes quién es la única persona que no habrá de abandonarte jamás en tu vida?

¿Quién?

Tú. ¿Y sabes quién tiene la respuesta a cualquier pregunta que puedas hacerte?

¿Quién?

Tú. ¿Y puedes adivinar quién tiene la solución a todos y cada uno de tus problemas?

Me rindo...

Tú.

Arte

¿Para qué sirve un Maestro?, preguntó alguien y un discípulo respondió: Para enseñarte lo que siempre has sabido; para mostrarte lo que siempre has estado mirando.

Y como la respuesta dejó perplejo al visitante, añadió el discípulo:

Con sus pinturas, un artista me enseñó a ver la puesta del sol. Con sus enseñanzas, el Maestro me ha enseñado a ver la realidad de cada momento.

Proporción

A un visitante que había acudido esperando encontrarse con algo fuera de lo normal le defraudaron las triviales palabras que el Maestro le había dirigido. Había venido aquí buscando a un Maestro, le dijo a un discípulo, y todo lo que he encontrado ha sido un ser humano que no se diferencia de los demás. Y el discípulo le replicó: El Maestro es un zapatero con unas infinitas provisiones de cuero. Pero lo corta y lo cose de acuerdo con las dimensiones de tu pie.

Exhibición

Cuando uno de los discípulos anunció su propósito de enseñar a otros la Verdad, el Maestro le propuso una prueba:

Pronuncia un discurso en mi presencia para que yo pueda juzgar si estás preparado.

El discurso fue realmente inspirado, y al acabar se acercó un mendigo al orador, que se puso en pie y regaló su capa al mendigo para edificación de la asamblea.

Más tarde le dijo el Maestro: Tus palabras estuvieron llenas de unción, hijo mío, pero aún no estás preparado.

¿Por qué?, preguntó desilusionado el discípulo.

Por dos razones: porque no has dado al mendigo la oportunidad de expresar sus necesidades y porque no has superado el deseo de impresionar a los demás con tu virtud. 

Alegría

De acuerdo con su doctrina de que nada debía ser tomado demasiado en serio, ni siquiera sus propias enseñanzas, al Maestro le gustaba contar la siguiente anécdota acerca de sí mismo:

Mi primer discípulo era tan débil que los ejercicios acabaron con su vida. Mi segundo discípulo se volvió loco por el fervor con que practicaba los ejercicios que yo le enseñaba. Mi tercer discípulo vio cómo se le embota el entendimiento por el exceso de contemplación. Pero el cuarto discípulo consiguió conservar la cordura.

¿Y cómo lo logró?, solía preguntar alguien invariablemente.

Posiblemente porque fue el único que se negó a realizar los ejercicios. Y una unánime carcajada solía acoger las palabras del Maestro.

Vigilancia

¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la iluminación?

Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas. Entonces, ¿para qué valen los ejercicios espirituales que tú mismo recomiendas?

Para estar seguro de que no estáis dormidos cuando el sol comienza a salir

♣♣♣♣♣♣
FUENTE: Del libro "¿Quién puede hacer que amanezca?" de Anthony de Mello

UN MUERTO VISITA A UN VIVO: LA EXPERIENCIA DEL ESCRITOR ESPAÑOL EDUARDO ZAMACOIS

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La historia que sigue no es creación literaria, la narra el periodista y escritor español Eduardo Zamacois Quintana en "Años de Miseria y Risa. Autobiografía 1893-1916", escrita en 1924. Y dado su carácter, merecería figurar en lugar privilegiado entre  las colecciones de hechos "extraños" que sugerían la pervivencia de la individualidad humana tras las fronteras de la ominosa muerte, llevadas a cabo por autores de renombre en nuestro ámbito como Gabriel Delanne, Camilo Flammarion e incluso la propia Amalia Domingo Soler -si hubiera coincidido con su tiempo- la habría recogido y comentado en "La Luz del Porvenir", como otras parecidas de las que se hizo eco.

Esta es una de esas historias de visitas en el momento de la muerte por parte de un ser que se va de este mundo físico y un amigo íntimo que viviendo alejado en el espacio, a modo de postrer despedida, se proyecta a su encuentro para dar fe y testimonio de su partida.

Resulta cuando menos chocante que los protagonistas de tales hechos reaccionen tan diferentemente unos y otros ante experiencias de esta índole. Dependiendo de su momento, a unos lleva a cuestionarme seriamente sus posiciones anteriores, normalmente reacias a la posibilidad de la vida post-mortem; a otros, sin embargo, apenas inquieta, llama su atención pero seguidamente corren tupido velo para no tener que moverse un ápice de la comodidad en que se encuentran. Tarde o pronto, el auto-cuestionamiento llega y una brecha se abre finalmente en la mente para posibilitar un mirar más profundo a los fundamentos de la existencia.

Datos biográficos de Eduardo Zamacois

Eduardo_ZamacoisNació en Pinar del Río, Cuba (1876) y murió en Buenos Aires (1971). A los cuatro años se trasladó con su familia a Bruselas y luego a París. Adolescente aún, pasó a Sevilla y más tarde a Madrid, donde frecuentó la Universidad. Abandonados los estudios, se dedicó al periodismo y la literatura.

A los diez y ocho años publicó su primera novela, La enferma, y a continuación Punto negro. Volvió a Paris donde trabajó en las editoriales de Garnier y de Bouret. Establecido en Barcelona, dirigió la revista Vida Galante; pasó a Madrid y allí fundó El Cuento Semanal y Los Contemporáneos, publicaciones que alcanzaron gran difusión.

En 1910 marchó a América, donde recorrió diversas repúblicas. Volvió a España en 1912 y al estallar la Guerra Europea marchó a París como corresponsal de La Tribuna. En 1917 volvió a Hispanoamérica donde dio una serie de conferencias, que luego continuó en el norte de África y Europa. De nuevo en España permaneció en Madrid hasta el final de la guerra civil; en 1939 se trasladó a París y de allí a México y después a los Estados Unidos y Argentina.

Entre su primera producción, de carácter erótico, citamos, además de Punto negro, El seductor, Memorias de una cortesana, etc. Posteriormente cultivó una novela más humana y realista (Las raíces, Los vivos muertos, etcétera). Autor de una obra extensa, cabe mencionar también Memorias de un vagón de ferrocarril (1922); Confesiones de "un niño decente" (1922); El delito de todos (1933); La antorcha apagada (1935); El asedio de Madrid (1938) y Un hombre que se va (1964).

JOAQUÍN SEGURA

Nos conocimos en la Universidad Central, bien mozos los dos. Era de estatura mediocre, vestía atildadamente y calzaba siempre botas de charol.
Brummel le hubiera tenido por amigo. Se llamaba Joaquín Segura. Para entrar en la Vida había madrugado mucho, y la experiencia infundió precozmente a su cara las elegancias del desencanto y de la agudeza. Hablaba espiritualmente y accionaba poco; diríase que no cesaba de observarse y que su vigilante conciencia así le pulía los pensamientos como le acicalaba los ademanes. Sabía escuchar y ceder, y ahorrarse una contestación con una sonrisa; también sabía imponerse. De Almería, su tierra, conservaba el donaire andaluz, y de Extremadura, donde se crió, la decisión y la entereza. Era femenino y era violento. Tenía el gesto de terciopelo y de hierro la voluntad. Sus manos blancas, de uñas cuidadísimas — unas manos de abate galán que durante mucho tiempo, al levantarse, se suavizaba con leche — no obstante su delicadeza, a presentarse la ocasión, hubiesen matado.
El tiempo, las emociones, las contrariedades, fueron exagerando los rasgos aguileños de aquel rostro, lleno por igual, como el de Maquiavelo, de clara inteligencia, de travesura y de sutil osadía. Tenía el pelo castaño, los ojos zarcos, muy penetrantes, muy astutos y de un azul tan diáfano que se perdía en el gris; la nariz, larga y corva, nariz de pirata, dominadora, desvergonzada y sensual; el bigotillo, rubio y parco; los dientes blancos, pulcros y bien sembrados, como los de una mujer. Unas arrugas profundas, aquellas por donde ruedan las pasiones y las melancolías — las -arrugas que entristecen la gran risa del señor Polichinela» — dieron mayor expresión a su nariz y a sus pómulos más relieve. El mentó avanzó. Su cara, poco a poco, por obra de la Vida, se convertía en careta.
De Joaquín Segura puede decirse que, en la época en que comenzó nuestra amistad, vivía «de la promesa de recibir cincuenta duros». Esta «promesa» por él inventada para oponer algo a las exigencias de sus acreedores, le permitió subsistir; sin empleo, cerca de quince años. En tan dilatado lapso de tiempo nunca se mostró triste, ni descuidó en un ápice el riguroso afeite de su persona. Probablemente más de una noche se acostó en ayunas aquel mi .gran hermano; mas no por ello dejaría de llevar los zapatos muy relucientes y muy cepillado el traje, y muy alindada la dentadura, y la corbata con muy señoril solicitud anudada y prendida. Le llamábamos «Segurita». Como los famosos picaros de Mateo Alemán, de Hurtado y de Vicente Espinel, poseía bonísimo ingenio, y, sobre todo, un delicioso don de gentes y un hondo conocimiento de las circunstancias y de las personas. A los cuarenta años todavía se titulaba estudiante. Era alegre y sentimental, rufián y caballero, bueno y malo, consecuente y olvidadizo. Una mujer, cuando menos, lloró por él mucho. Era prudente y atropellado, selecto y procaz, cuerdo y loco. Admirable. Era la juventud.
Imposible hablar de «Segurita» sin recordar la celosa minuciosidad que dedicaba a los detalles de su vida, aun a los más baladíes. Esta escrupulosidad rayaba en manía. Sus corbatas, sus enseres de tocador, sus pañuelos, los guardaba en cajitas que, a su vez, metía en otras cajas mayores. Para buscar la pastilla de jabón, verbigracia, necesitaba abrir, cuando menos, dos cerraduras. Las armas que usaba eran, como sus intenciones, ladinas y agudas: una lima, un raspador, unas tijeras. . . El examen de su grafología descubría y explicaba asimismo su carácter: era una letra clara, limpia, noble, pero de rasgos abundantes que enlazaban unas palabras a otras y revelaban la fantasía, generosa complejidad y caudalosos recursos, bastidores y recovecos mentales, de su autor.
Últimamente Joaquín Segura, ya reconciliado con su familia, aplicose al estudio y en dos años aprobó casi todas las asignaturas de la carrera de Derecho. En los cafés solitarios se le veía trabajar de noche, hasta muy tarde. Con este ahínco prócer coincidió una aburguesada corrección de costumbres y un inverosímil misoginismo. «Segurita», tan galán siempre, aborreció de pronto a las mujeres. Una noche, frente al Trianón Palace, en el momento de presentarle a una artista, huyó abalanzándose a un coche que pasaba. Nos quedamos estupefactos. ¿Qué le sucedía a «Segurita»?... Sin duda, su conciencia, que ya empezaba a nublarse, adivinaba en «Ellas» un peligro: el terrible peligro del amor que, con la felicidad, reparte la muerte.
Poco a poco su vida interior comenzó a extinguirse. Palidecía. Sus ojos, antes tan vivaces, se apagaban, morían, como turquesas enfermas. No hablaba apenas. Su risa hízose blanca.
Hasta que la locura triunfó. En la casa de huéspedes donde vivía estaban consternados con sus extravagancias. A esta emoción de piedad añadíase otra de miedo. «Don Joaquín — decían — quiso presentarse desnudo en el comedor, a la hora del almuerzo». «Don Joaquín había intentado matar a Mateo, el criado, con un cortaplumas». «Don Joaquín, aquellas últimas noches, había salido a la calle acicalado y currutaco, como siempre, pero descalzo. . . »
Inmediatamente fui a verle, y como le hallase muy excitado, felonamente, so pretexto de enseñarle unas decoraciones, conseguí subirle a un coche y llevarle al Sanatorio del Pilar, donde, con gravísima pesadumbre y aun remordimientos de corazón, le dejé encerrado. Por la noche escribí a su padre, que residía en Azuaga, provincia de Badajoz, notificándole lo sucedido y encareciéndole viniese a Madrid sin perder tren.
Mi entrevista con el afligido anciano, a quien desde el primer momento descubrí la verdadera gravedad de su hijo, fue muy triste. Desgraciadamente la Ciencia ratificó mis vaticinios.
— Se trata — declaró el doctor Ezquerra — de un «incurable» que vivirá idiota un año, a lo sumo dos...
Del mismo parecer fue el célebre alienista don José María Ezquerdo; en vista de lo cual, Segura, padre, determinó llevarse a su hijo a Azuaga. Nunca olvidaré la emoción trágica de aquellos tres o cuatro viajes en coche: primero al
Sanatorio del Pilar; luego a la consulta de Ezquerdo; últimamente a la estación del Mediodía. A un lado el infortunado viejo, broncíneo, pálido, ennoblecido por el dolor como un caballero del Greco; al otro lado, yo; y entre ambos, «Segurita». el hermano; lívido, pasivo, zarandeado por los traqueteos del vehículo, el labio colgante, la mirada sin luz, sucio y desaliñado por primera vez.
En el andén le di un abrazo muy largo, muy fuerte; yo sabía que era el último: uno de esos abrazos que damos a los muertos.
— Adiós, «Segurita»...
Después le ayudé a subir al vagón, y el tren partió. Con él se marcharon veinte años de amistad.
Debo consignar aquí, para que se comprenda bien la avasallante sugestión que esta historia tiene a mis ojos, que yo no volví a acordarme de Joaquín Segura. Mejor dicho, le recordaba, sí, pero de un modo rápido, borroso, como de algo acaecído mucho tiempo atrás. Esto es: que su temprano fin no me obsesionó mayormente.
Tampoco soñé con él nunca.
Por aquellos días estaba disponiendo mi primer viaje a América, y preocupaciones de toda índole acosaban mi espíritu. Pensaba en mí mismo y nada más. Era una crisis de egoísmo, una congestión de imágenes, un flujo y reflujo agotador de cábalas, de zozobras económicas y sentimentales, de ilusiones rientes.
También diré que no comulgo en las teorías espiritistas, ni soy teósofo, ni siquiera espiritualista, a secas, pues no comprendo que la fuerza pueda subsistir aislada, y menos que el alma conserve la noción de su «yo» después de la muerte y en medio de la eternal renovación de las cosas.
Sin embargo...
Me hallaba yo en Buenos Aires. Vivía en el Hotel Central. Mi habitación, situada en el piso segundo, era un hermoso aposento, con dos balcones; y la cama, puesta en el comedio de la estancia y con la cabecera arrimada a la pared, hallábase de modo que los pies enfrentaban precisamente la entreventana. Esto debía de ocurrir a mediados de enero, el mes más riguroso de la estación estival en aquellas latitudes, y el calor asfixiaba. Yo dormía siempre con los balcones de par en par abiertos.
Leed: es una historia apasionante como una conseja...
Una mañana desperté triste. Estaba cierto de haber soñado con Joaquín Segura, y no sabía qué. Este recuerdo caminó todo el día a mi lado, cual una sombra.
«¿Habrá muerto?» — pensaba.
Sentía remordimientos de no haberme acordado nunca de él y de no haberle escrito a su padre ni una carta. ¡Me la hubiera agradecido tanto el buen viejo!... Pero, ¿quién, en la balumba desorbitadora de los viajes y con el alma ganada constantemente por nuevas impresiones, tendrá tiempo de enternecerse con la evocación de lo que dejó atrás?
Aquella noche volví a soñar con Joaquín, y tampoco esta vez la pesadilla llegó a precisarse. De ella, al despertarme, no quedaba en mi memoria ni un rasgo, ni un detalle. Una densa niebla apagaba las palabras, desvanecía los contornos. Era como si el alma — digámoslo así — de mi amigo quisiera comunicarse con la mía, saludarla, testimoniarla su adhesión; y mi espíritu, miope y sordo, contaminado de la parvedad y torpeza de los sentidos, no la sintiese.
A la noche siguiente caí de súbito en un estado de extraña lucidez; una hiperestesia análoga a la producida por el éter. Me explicaré mejor: quien sueña cree vivir realmente, y yo, no; yo comprendía que soñaba; es decir, que mi conciencia asistía a cuanto me sucedía e iba juzgándolo. Yo sabía que estaba dormido, que tenía cerrados los ojos, y, no obstante, «me veía» acostado. Una luz fría y gris, una luz de acuario, un resplandor lechoso de aurora, llenaba la estancia. Yo pensaba:
«Está amaneciendo y Segura va a venir.»
Distinguía perfectamente los muebles: mi baúl, los sillones, sobre los cuales había ropas y libros; el lavabo, el armario de luna, cuyo cristal, como los lagos según va levantándose el sol, poco a poco anegábase en claridad turbia.
También veía limpiamente los rectángulos de los dos balcones, por donde el nuevo día iba asomándose. Entretanto, la idea de que estaba amaneciendo volvía a mi ánimo, y la convicción de que Joaquín Segura iba acercándose me apremiaba con una inquietud que más tenía de regocijo que de supersticioso sobresalto. Al cabo le vi aparecer. Penetró en la estancia por el balcón de la izquierda. El vasto fondo blanquecino de la madrugada ponía a su figura un nimbo. Derechamente dirigióse a mí. Me pareció más pequeño que antes, más delgado, más descolorido, y sus facciones exangües habían una expresión de desaliento: el desaliento, quizás, de quien, muñéndose, lo conoció todo.
El diálogo lo empecé yo, y cuanto a continuación escribo copia fidelísima es de lo que ambos hablamos: de tal modo las frases y aun los menores gestos de aquella inverosímil conversación grabados quedaron en mi memoria.
— ¿Pero es cierto que has muerto, «Segurita»? — le pregunté.
— Es verdad. ¿Cómo lo sabías?
—Hace dos noches que, sin motivo, pienso en ello.
No le di la mano. Yo, dentro de la rigurosa lógica de mi pesadilla, sabía que era inútil buscar un contacto físico con él, pues que lo que tenía delante era una sombra. Tampoco oía sus palabras «materialmente», sino que éstas me rozaban cual ondas hertzianas. Yo las oía, «pero no con los oídos». Al mismo tiempo experimentaba un ardientísimo deseo de rehabilitarme a sus ojos, de probarle que, no obstante la ingrata vagabundería de mi corazón, le quería como a hermano... El me miraba tristemente, también piadosamente, con piedad de hastío, como se mira a una persona empeñada en demostrarnos algo que no nos importa.
Proseguí:
— ¿Dónde estás enterrado?
— En Lubrín, provincia de Almería.
— ¿Cómo, en Lubrín? ¡No puede ser!.. . ¡Si de de Madrid tu padre te llevó a Azuaga!... Yo acompañé a la estación...
Le escudriñaba los ojos. Y pensé: «Está loco todavía.»
«Segurita» repuso:
— Efectivamente, mi padre me llevó a Azuaga. Pero... ¡ya conoces su carácter! Mi padre y yo nacimos para no entendernos. En su casa yo estorbaba; constituía una carga, un peligro... Yo era el primero en reconocer que allí no podía estar mucho tiempo. Entonces mi padre escribió a Guillermo, mi primo, quien, como sabes, reside en Lubrín, diciéndole que fuese a buscarme, y Guillermo me llevó consigo. Allí, a su lado, acabé.
Hubo un silencio largo. Yo, en virtud de esos desdoblamientos de conciencia que suelen producirse en las pesadillas, continuaba reconociendo que soñaba, y sabía, sin embargo, que todo aquello era cierto. Joaquín suspiró y su rostro se cubrió de una tristeza nueva. ¿Cómo puede cabe en el breve espacio de un semblante tanto dolor Bruscamente hizo ademán de retirarse:
— Me voy...
Traté de retenerle:
— Oye, «Segurita», espera un momento...
— No, no— repuso, como disgustado — me voy. Adiós. . .
Desapareció. A mi alrededor todo fue negro, y debí de quedarme profundamente dormido. Tras sí la visión no dejó nada.
Cuando desperté era mediodía; cegaba el sol. Instantáneamente mi sueño de la víspera se impuso a mi espíritu. Decidí escribir a Azuaga, explicándole a Segura, padre, mi extraordinaria alucinación; quería cotejar fechas y adquirir, en suma, la certidumbre de que «Segurita» había fallecido y de que, por obra de alguna prodigiosa asociación telepática, yo había hablado con él.
Pero el hombre propone y las circunstancias disponen luego. Aquella carta, que todos los días pensaba escribir, nunca fue escrita. Realidades nuevas me solicitaban a cada paso. Las impresiones arrinconaban al recuerdo. Me marché a Chile, después a New- York, a Cuba; regresé a Madrid. . .
No volví a soñar con Segura.
Transcurrieron cerca de dos años.
Una noche, al salir del teatro Lara, me tropecé con Antonio Arellano, de quien «Segurita» fue muy amigo. Sucintamente Arellano me refirió su vida; yo le conté los últimos capítulos de la mía.
Luego:
— ¿Y Segura?...
El rostro de mi interlocutor se anubló.
— El pobre «Segurita» — dijo — ha muerto.
— ¿Dónde, Arellano?
— En Lubrín.
— ¡En Lubrín! — repetí.
Debí de quedarme muy pálido- Un frío indecible, por oleadas, por ráfagas, me rozaba la piel.
Se me heló la nuca. Ganas me daban de gritar: «Todo eso que cuenta usted lo sé yo desde Buenos Aires: el mismo Joaquín Segura me lo ha dicho.»
Pude, sin embargo, represar mi emoción y seguir averiguando:
— ¿Cómo murió en Lubrín, si su padre le llevó a Azuaga?
— Porque en su casa de Azuaga — prosiguió Arellano — , por razones especiales, no podía estar.
Su padre, comprendiéndolo así, escribió a Guillermo, rogándole se encargase de su primo, y Guillermo se lo llevó a Lubrín.
¿Por qué negar que mis cabellos se erizaban?
Añadí:
—¿Podría usted decirme cuándo, aproximadamente, falleció «Segurita»?
Antonio Arellano vaciló, frunció las cejas.
— Va para dos años — repuso — ; recuerdo que era invierno. Allá por los meses de diciembre o de enero, debió de ser.
¿En qué libro de Poe, de Hoffmann o de Maupassant leímos un cuento mejor que esta historia?...
♦♦♦♦♦♦
FUENTE: Obra "Años de Miseria y Risa. Autobiografía, 1893-1916". Por Eduardo Zamacois. Única edición refundida por el autor. Ed. Renacimiento. SAN MARCOS, 42.  Imprenta Latina, C/ Rodríguez San Pedro, 19 - MADRID
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