"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

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ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



lunes, 7 de abril de 2014

UN MUERTO VISITA A UN VIVO: LA EXPERIENCIA DEL ESCRITOR ESPAÑOL EDUARDO ZAMACOIS

by idafe
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La historia que sigue no es creación literaria, la narra el periodista y escritor español Eduardo Zamacois Quintana en "Años de Miseria y Risa. Autobiografía 1893-1916", escrita en 1924. Y dado su carácter, merecería figurar en lugar privilegiado entre  las colecciones de hechos "extraños" que sugerían la pervivencia de la individualidad humana tras las fronteras de la ominosa muerte, llevadas a cabo por autores de renombre en nuestro ámbito como Gabriel Delanne, Camilo Flammarion e incluso la propia Amalia Domingo Soler -si hubiera coincidido con su tiempo- la habría recogido y comentado en "La Luz del Porvenir", como otras parecidas de las que se hizo eco.

Esta es una de esas historias de visitas en el momento de la muerte por parte de un ser que se va de este mundo físico y un amigo íntimo que viviendo alejado en el espacio, a modo de postrer despedida, se proyecta a su encuentro para dar fe y testimonio de su partida.

Resulta cuando menos chocante que los protagonistas de tales hechos reaccionen tan diferentemente unos y otros ante experiencias de esta índole. Dependiendo de su momento, a unos lleva a cuestionarme seriamente sus posiciones anteriores, normalmente reacias a la posibilidad de la vida post-mortem; a otros, sin embargo, apenas inquieta, llama su atención pero seguidamente corren tupido velo para no tener que moverse un ápice de la comodidad en que se encuentran. Tarde o pronto, el auto-cuestionamiento llega y una brecha se abre finalmente en la mente para posibilitar un mirar más profundo a los fundamentos de la existencia.

Datos biográficos de Eduardo Zamacois

Eduardo_ZamacoisNació en Pinar del Río, Cuba (1876) y murió en Buenos Aires (1971). A los cuatro años se trasladó con su familia a Bruselas y luego a París. Adolescente aún, pasó a Sevilla y más tarde a Madrid, donde frecuentó la Universidad. Abandonados los estudios, se dedicó al periodismo y la literatura.

A los diez y ocho años publicó su primera novela, La enferma, y a continuación Punto negro. Volvió a Paris donde trabajó en las editoriales de Garnier y de Bouret. Establecido en Barcelona, dirigió la revista Vida Galante; pasó a Madrid y allí fundó El Cuento Semanal y Los Contemporáneos, publicaciones que alcanzaron gran difusión.

En 1910 marchó a América, donde recorrió diversas repúblicas. Volvió a España en 1912 y al estallar la Guerra Europea marchó a París como corresponsal de La Tribuna. En 1917 volvió a Hispanoamérica donde dio una serie de conferencias, que luego continuó en el norte de África y Europa. De nuevo en España permaneció en Madrid hasta el final de la guerra civil; en 1939 se trasladó a París y de allí a México y después a los Estados Unidos y Argentina.

Entre su primera producción, de carácter erótico, citamos, además de Punto negro, El seductor, Memorias de una cortesana, etc. Posteriormente cultivó una novela más humana y realista (Las raíces, Los vivos muertos, etcétera). Autor de una obra extensa, cabe mencionar también Memorias de un vagón de ferrocarril (1922); Confesiones de "un niño decente" (1922); El delito de todos (1933); La antorcha apagada (1935); El asedio de Madrid (1938) y Un hombre que se va (1964).

JOAQUÍN SEGURA

Nos conocimos en la Universidad Central, bien mozos los dos. Era de estatura mediocre, vestía atildadamente y calzaba siempre botas de charol.
Brummel le hubiera tenido por amigo. Se llamaba Joaquín Segura. Para entrar en la Vida había madrugado mucho, y la experiencia infundió precozmente a su cara las elegancias del desencanto y de la agudeza. Hablaba espiritualmente y accionaba poco; diríase que no cesaba de observarse y que su vigilante conciencia así le pulía los pensamientos como le acicalaba los ademanes. Sabía escuchar y ceder, y ahorrarse una contestación con una sonrisa; también sabía imponerse. De Almería, su tierra, conservaba el donaire andaluz, y de Extremadura, donde se crió, la decisión y la entereza. Era femenino y era violento. Tenía el gesto de terciopelo y de hierro la voluntad. Sus manos blancas, de uñas cuidadísimas — unas manos de abate galán que durante mucho tiempo, al levantarse, se suavizaba con leche — no obstante su delicadeza, a presentarse la ocasión, hubiesen matado.
El tiempo, las emociones, las contrariedades, fueron exagerando los rasgos aguileños de aquel rostro, lleno por igual, como el de Maquiavelo, de clara inteligencia, de travesura y de sutil osadía. Tenía el pelo castaño, los ojos zarcos, muy penetrantes, muy astutos y de un azul tan diáfano que se perdía en el gris; la nariz, larga y corva, nariz de pirata, dominadora, desvergonzada y sensual; el bigotillo, rubio y parco; los dientes blancos, pulcros y bien sembrados, como los de una mujer. Unas arrugas profundas, aquellas por donde ruedan las pasiones y las melancolías — las -arrugas que entristecen la gran risa del señor Polichinela» — dieron mayor expresión a su nariz y a sus pómulos más relieve. El mentó avanzó. Su cara, poco a poco, por obra de la Vida, se convertía en careta.
De Joaquín Segura puede decirse que, en la época en que comenzó nuestra amistad, vivía «de la promesa de recibir cincuenta duros». Esta «promesa» por él inventada para oponer algo a las exigencias de sus acreedores, le permitió subsistir; sin empleo, cerca de quince años. En tan dilatado lapso de tiempo nunca se mostró triste, ni descuidó en un ápice el riguroso afeite de su persona. Probablemente más de una noche se acostó en ayunas aquel mi .gran hermano; mas no por ello dejaría de llevar los zapatos muy relucientes y muy cepillado el traje, y muy alindada la dentadura, y la corbata con muy señoril solicitud anudada y prendida. Le llamábamos «Segurita». Como los famosos picaros de Mateo Alemán, de Hurtado y de Vicente Espinel, poseía bonísimo ingenio, y, sobre todo, un delicioso don de gentes y un hondo conocimiento de las circunstancias y de las personas. A los cuarenta años todavía se titulaba estudiante. Era alegre y sentimental, rufián y caballero, bueno y malo, consecuente y olvidadizo. Una mujer, cuando menos, lloró por él mucho. Era prudente y atropellado, selecto y procaz, cuerdo y loco. Admirable. Era la juventud.
Imposible hablar de «Segurita» sin recordar la celosa minuciosidad que dedicaba a los detalles de su vida, aun a los más baladíes. Esta escrupulosidad rayaba en manía. Sus corbatas, sus enseres de tocador, sus pañuelos, los guardaba en cajitas que, a su vez, metía en otras cajas mayores. Para buscar la pastilla de jabón, verbigracia, necesitaba abrir, cuando menos, dos cerraduras. Las armas que usaba eran, como sus intenciones, ladinas y agudas: una lima, un raspador, unas tijeras. . . El examen de su grafología descubría y explicaba asimismo su carácter: era una letra clara, limpia, noble, pero de rasgos abundantes que enlazaban unas palabras a otras y revelaban la fantasía, generosa complejidad y caudalosos recursos, bastidores y recovecos mentales, de su autor.
Últimamente Joaquín Segura, ya reconciliado con su familia, aplicose al estudio y en dos años aprobó casi todas las asignaturas de la carrera de Derecho. En los cafés solitarios se le veía trabajar de noche, hasta muy tarde. Con este ahínco prócer coincidió una aburguesada corrección de costumbres y un inverosímil misoginismo. «Segurita», tan galán siempre, aborreció de pronto a las mujeres. Una noche, frente al Trianón Palace, en el momento de presentarle a una artista, huyó abalanzándose a un coche que pasaba. Nos quedamos estupefactos. ¿Qué le sucedía a «Segurita»?... Sin duda, su conciencia, que ya empezaba a nublarse, adivinaba en «Ellas» un peligro: el terrible peligro del amor que, con la felicidad, reparte la muerte.
Poco a poco su vida interior comenzó a extinguirse. Palidecía. Sus ojos, antes tan vivaces, se apagaban, morían, como turquesas enfermas. No hablaba apenas. Su risa hízose blanca.
Hasta que la locura triunfó. En la casa de huéspedes donde vivía estaban consternados con sus extravagancias. A esta emoción de piedad añadíase otra de miedo. «Don Joaquín — decían — quiso presentarse desnudo en el comedor, a la hora del almuerzo». «Don Joaquín había intentado matar a Mateo, el criado, con un cortaplumas». «Don Joaquín, aquellas últimas noches, había salido a la calle acicalado y currutaco, como siempre, pero descalzo. . . »
Inmediatamente fui a verle, y como le hallase muy excitado, felonamente, so pretexto de enseñarle unas decoraciones, conseguí subirle a un coche y llevarle al Sanatorio del Pilar, donde, con gravísima pesadumbre y aun remordimientos de corazón, le dejé encerrado. Por la noche escribí a su padre, que residía en Azuaga, provincia de Badajoz, notificándole lo sucedido y encareciéndole viniese a Madrid sin perder tren.
Mi entrevista con el afligido anciano, a quien desde el primer momento descubrí la verdadera gravedad de su hijo, fue muy triste. Desgraciadamente la Ciencia ratificó mis vaticinios.
— Se trata — declaró el doctor Ezquerra — de un «incurable» que vivirá idiota un año, a lo sumo dos...
Del mismo parecer fue el célebre alienista don José María Ezquerdo; en vista de lo cual, Segura, padre, determinó llevarse a su hijo a Azuaga. Nunca olvidaré la emoción trágica de aquellos tres o cuatro viajes en coche: primero al
Sanatorio del Pilar; luego a la consulta de Ezquerdo; últimamente a la estación del Mediodía. A un lado el infortunado viejo, broncíneo, pálido, ennoblecido por el dolor como un caballero del Greco; al otro lado, yo; y entre ambos, «Segurita». el hermano; lívido, pasivo, zarandeado por los traqueteos del vehículo, el labio colgante, la mirada sin luz, sucio y desaliñado por primera vez.
En el andén le di un abrazo muy largo, muy fuerte; yo sabía que era el último: uno de esos abrazos que damos a los muertos.
— Adiós, «Segurita»...
Después le ayudé a subir al vagón, y el tren partió. Con él se marcharon veinte años de amistad.
Debo consignar aquí, para que se comprenda bien la avasallante sugestión que esta historia tiene a mis ojos, que yo no volví a acordarme de Joaquín Segura. Mejor dicho, le recordaba, sí, pero de un modo rápido, borroso, como de algo acaecído mucho tiempo atrás. Esto es: que su temprano fin no me obsesionó mayormente.
Tampoco soñé con él nunca.
Por aquellos días estaba disponiendo mi primer viaje a América, y preocupaciones de toda índole acosaban mi espíritu. Pensaba en mí mismo y nada más. Era una crisis de egoísmo, una congestión de imágenes, un flujo y reflujo agotador de cábalas, de zozobras económicas y sentimentales, de ilusiones rientes.
También diré que no comulgo en las teorías espiritistas, ni soy teósofo, ni siquiera espiritualista, a secas, pues no comprendo que la fuerza pueda subsistir aislada, y menos que el alma conserve la noción de su «yo» después de la muerte y en medio de la eternal renovación de las cosas.
Sin embargo...
Me hallaba yo en Buenos Aires. Vivía en el Hotel Central. Mi habitación, situada en el piso segundo, era un hermoso aposento, con dos balcones; y la cama, puesta en el comedio de la estancia y con la cabecera arrimada a la pared, hallábase de modo que los pies enfrentaban precisamente la entreventana. Esto debía de ocurrir a mediados de enero, el mes más riguroso de la estación estival en aquellas latitudes, y el calor asfixiaba. Yo dormía siempre con los balcones de par en par abiertos.
Leed: es una historia apasionante como una conseja...
Una mañana desperté triste. Estaba cierto de haber soñado con Joaquín Segura, y no sabía qué. Este recuerdo caminó todo el día a mi lado, cual una sombra.
«¿Habrá muerto?» — pensaba.
Sentía remordimientos de no haberme acordado nunca de él y de no haberle escrito a su padre ni una carta. ¡Me la hubiera agradecido tanto el buen viejo!... Pero, ¿quién, en la balumba desorbitadora de los viajes y con el alma ganada constantemente por nuevas impresiones, tendrá tiempo de enternecerse con la evocación de lo que dejó atrás?
Aquella noche volví a soñar con Joaquín, y tampoco esta vez la pesadilla llegó a precisarse. De ella, al despertarme, no quedaba en mi memoria ni un rasgo, ni un detalle. Una densa niebla apagaba las palabras, desvanecía los contornos. Era como si el alma — digámoslo así — de mi amigo quisiera comunicarse con la mía, saludarla, testimoniarla su adhesión; y mi espíritu, miope y sordo, contaminado de la parvedad y torpeza de los sentidos, no la sintiese.
A la noche siguiente caí de súbito en un estado de extraña lucidez; una hiperestesia análoga a la producida por el éter. Me explicaré mejor: quien sueña cree vivir realmente, y yo, no; yo comprendía que soñaba; es decir, que mi conciencia asistía a cuanto me sucedía e iba juzgándolo. Yo sabía que estaba dormido, que tenía cerrados los ojos, y, no obstante, «me veía» acostado. Una luz fría y gris, una luz de acuario, un resplandor lechoso de aurora, llenaba la estancia. Yo pensaba:
«Está amaneciendo y Segura va a venir.»
Distinguía perfectamente los muebles: mi baúl, los sillones, sobre los cuales había ropas y libros; el lavabo, el armario de luna, cuyo cristal, como los lagos según va levantándose el sol, poco a poco anegábase en claridad turbia.
También veía limpiamente los rectángulos de los dos balcones, por donde el nuevo día iba asomándose. Entretanto, la idea de que estaba amaneciendo volvía a mi ánimo, y la convicción de que Joaquín Segura iba acercándose me apremiaba con una inquietud que más tenía de regocijo que de supersticioso sobresalto. Al cabo le vi aparecer. Penetró en la estancia por el balcón de la izquierda. El vasto fondo blanquecino de la madrugada ponía a su figura un nimbo. Derechamente dirigióse a mí. Me pareció más pequeño que antes, más delgado, más descolorido, y sus facciones exangües habían una expresión de desaliento: el desaliento, quizás, de quien, muñéndose, lo conoció todo.
El diálogo lo empecé yo, y cuanto a continuación escribo copia fidelísima es de lo que ambos hablamos: de tal modo las frases y aun los menores gestos de aquella inverosímil conversación grabados quedaron en mi memoria.
— ¿Pero es cierto que has muerto, «Segurita»? — le pregunté.
— Es verdad. ¿Cómo lo sabías?
—Hace dos noches que, sin motivo, pienso en ello.
No le di la mano. Yo, dentro de la rigurosa lógica de mi pesadilla, sabía que era inútil buscar un contacto físico con él, pues que lo que tenía delante era una sombra. Tampoco oía sus palabras «materialmente», sino que éstas me rozaban cual ondas hertzianas. Yo las oía, «pero no con los oídos». Al mismo tiempo experimentaba un ardientísimo deseo de rehabilitarme a sus ojos, de probarle que, no obstante la ingrata vagabundería de mi corazón, le quería como a hermano... El me miraba tristemente, también piadosamente, con piedad de hastío, como se mira a una persona empeñada en demostrarnos algo que no nos importa.
Proseguí:
— ¿Dónde estás enterrado?
— En Lubrín, provincia de Almería.
— ¿Cómo, en Lubrín? ¡No puede ser!.. . ¡Si de de Madrid tu padre te llevó a Azuaga!... Yo acompañé a la estación...
Le escudriñaba los ojos. Y pensé: «Está loco todavía.»
«Segurita» repuso:
— Efectivamente, mi padre me llevó a Azuaga. Pero... ¡ya conoces su carácter! Mi padre y yo nacimos para no entendernos. En su casa yo estorbaba; constituía una carga, un peligro... Yo era el primero en reconocer que allí no podía estar mucho tiempo. Entonces mi padre escribió a Guillermo, mi primo, quien, como sabes, reside en Lubrín, diciéndole que fuese a buscarme, y Guillermo me llevó consigo. Allí, a su lado, acabé.
Hubo un silencio largo. Yo, en virtud de esos desdoblamientos de conciencia que suelen producirse en las pesadillas, continuaba reconociendo que soñaba, y sabía, sin embargo, que todo aquello era cierto. Joaquín suspiró y su rostro se cubrió de una tristeza nueva. ¿Cómo puede cabe en el breve espacio de un semblante tanto dolor Bruscamente hizo ademán de retirarse:
— Me voy...
Traté de retenerle:
— Oye, «Segurita», espera un momento...
— No, no— repuso, como disgustado — me voy. Adiós. . .
Desapareció. A mi alrededor todo fue negro, y debí de quedarme profundamente dormido. Tras sí la visión no dejó nada.
Cuando desperté era mediodía; cegaba el sol. Instantáneamente mi sueño de la víspera se impuso a mi espíritu. Decidí escribir a Azuaga, explicándole a Segura, padre, mi extraordinaria alucinación; quería cotejar fechas y adquirir, en suma, la certidumbre de que «Segurita» había fallecido y de que, por obra de alguna prodigiosa asociación telepática, yo había hablado con él.
Pero el hombre propone y las circunstancias disponen luego. Aquella carta, que todos los días pensaba escribir, nunca fue escrita. Realidades nuevas me solicitaban a cada paso. Las impresiones arrinconaban al recuerdo. Me marché a Chile, después a New- York, a Cuba; regresé a Madrid. . .
No volví a soñar con Segura.
Transcurrieron cerca de dos años.
Una noche, al salir del teatro Lara, me tropecé con Antonio Arellano, de quien «Segurita» fue muy amigo. Sucintamente Arellano me refirió su vida; yo le conté los últimos capítulos de la mía.
Luego:
— ¿Y Segura?...
El rostro de mi interlocutor se anubló.
— El pobre «Segurita» — dijo — ha muerto.
— ¿Dónde, Arellano?
— En Lubrín.
— ¡En Lubrín! — repetí.
Debí de quedarme muy pálido- Un frío indecible, por oleadas, por ráfagas, me rozaba la piel.
Se me heló la nuca. Ganas me daban de gritar: «Todo eso que cuenta usted lo sé yo desde Buenos Aires: el mismo Joaquín Segura me lo ha dicho.»
Pude, sin embargo, represar mi emoción y seguir averiguando:
— ¿Cómo murió en Lubrín, si su padre le llevó a Azuaga?
— Porque en su casa de Azuaga — prosiguió Arellano — , por razones especiales, no podía estar.
Su padre, comprendiéndolo así, escribió a Guillermo, rogándole se encargase de su primo, y Guillermo se lo llevó a Lubrín.
¿Por qué negar que mis cabellos se erizaban?
Añadí:
—¿Podría usted decirme cuándo, aproximadamente, falleció «Segurita»?
Antonio Arellano vaciló, frunció las cejas.
— Va para dos años — repuso — ; recuerdo que era invierno. Allá por los meses de diciembre o de enero, debió de ser.
¿En qué libro de Poe, de Hoffmann o de Maupassant leímos un cuento mejor que esta historia?...
♦♦♦♦♦♦
FUENTE: Obra "Años de Miseria y Risa. Autobiografía, 1893-1916". Por Eduardo Zamacois. Única edición refundida por el autor. Ed. Renacimiento. SAN MARCOS, 42.  Imprenta Latina, C/ Rodríguez San Pedro, 19 - MADRID
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