"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



viernes, 4 de noviembre de 2011

HIPPOLYTE BERNHEIM, UN DESTINO BAJO HIPNOSIS por D E N I S G E O R G E LE JOURNAL SPIRITE N° 82 OCTOBRE 2010

HIPPOLYTE BERNHEIM
UN DESTINO BAJO LA HIPNOSIS
por
D E N I S G E O R G E
Hippolyte Bernheim, un destino bajo hipnosis es la
primera biografía, escrita por Cathy Bernheim, sobrinabiznieta
de Bernheim, publicada en marzo de 2011 por
ediciones JBZ y Cía.
“Nada es maravilloso, nada es anormal… es la imagen
del ensueño lo que sugiero, lo que insinúo en el cerebro…
una terapéutica que actúa sobre el órgano del pensamiento
para accionar sobre los otros órganos, que hace
intervenir al espíritu para curar el cuerpo”. (Discurso en
la apertura de las facultades, 03-11-1892)
Hippolyte Bernheim nació en Mulhouse en 1840, de
familia judía. Su padre, establecido en el comercio
del tejido, es descrito como un hombre trabajador,
instruido, ciudadano activo, de espíritu abierto. De su
madre, de quien era cercano, siempre recordará con
emoción su dulzura. Abandonó su ciudad natal y se
inscribió en la facultad de medicina de Estrasburgo
donde encontró su vocación y se realizó. Interno a los
veintidós años, asistente clínico el mismo año, cinco
años más tarde presentó su tesis sobre la miocarditis
aguda, y al año siguiente se convirtió en catedrático
gracias a su trabajo sobre las fiebres tifoideas. Fue
nombrado entonces catedrático becario de la facultad
de Estrasburgo, a los veintisiete años.
Más tarde recordará “esos hermosos años en esta
ciudad donde tan bien vivía”. Mientras tanto, pasó dos
años en París y seis meses en Berlín para perfeccionar
sus conocimientos. Luego, sobrevino la guerra de
1870: “Alsacia fue invadida; un huracán de fuego pasó
sobre nuestra ciudad, vimos bombardear y quemar
nuestra ciudad universitaria”. Atendía a los heridos
siguiendo al ejército en las ambulancias que eran los
puestos médicos de avanzada. Después de la capitulación
en 1871, Alsacia y una parte de Lorena fueron
cedidas a Alemania. Se otorgó a los “optantes”, aquellos
alsacianos que deseaban seguir siendo franceses, un
plazo de un año para mudarse. Él partió para establecerse
en Nancy, donde la población pasó en dos años
de 48.000 a 60.000 habitantes. Nancy se convirtió en
la tercera ciudad universitaria de medicina detrás de
París y Montpellier. Ejerció sus funciones en el hospital
Saint-Charles.
Describió cierto cuadro de insuficiencia cardiaca que
lleva su nombre y en su ejercicio diario enfrentó la
epidemia de tifus que hizo estragos en ese período.
En 1873 comenzó a formar sus primeros estudiantes.
Formó parte de los médicos que, luego de Claude
Bernard han planteado los principios de la clínica experimental,
enseñaba que para ser un terapeuta eficaz, el
médico siempre debe enfrentar la realidad de la enfermedad:
“La clínica no razona en el vacío, sobre abstracciones
ideales; razona sobre hechos de observación,
afirma sus juicios sobre hechos materiales, visibles,
palpables, sensibles, que es preciso saber tocar, ver y
sentir”. Esta es la base de su práctica. Él fue y seguirá
siendo partidario de una medicina basada en la clínica.
En ese último tercio del siglo XIX, la población se
enfrentó a dos epidemias que fueron la viruela y la
tuberculosis. Fue un tiempo en el que con demasiada
frecuencia la mínima enfermedad era fatal. Apenas
se comenzaba a identificar los microbios. Y al mismo
tiempo progresaba la medicina, una medicina más
científica.
Bernheim participó en la vida de Nancy, era gran aficionado
al arte y los espectáculos. Era el período del desarrollo
del Art Nouveau. Se involucró en reformas y en
política. Se expresó en los periódicos de izquierda. Se
casó en 1875 y no tuvo hijos.
El Dr. Liébeault, instalado en Pont-Saint-Vincent, atendía
sobre todo a la gente de condición modesta. Procedía
según su propio método y el de Braid, médico escocés,
primero que habló de hipnosis con una visión científica.
En 1866 publicó Del sueño y los estados análogos
considerados desde el punto de vista de la acción de
lo moral sobre lo físico. No es tomado en serio en los
medios médicos, su obra es objetada por la Sociedad
médico-psicológica de Nancy, puesto que es desconcertante:
nada de ceremonial, recibe a sus enfermos
grupo y no requiere de la facultad. Su idea invariable
es: “El sueño cura”. Pero hace falta tiempo para que una
idea se abra camino y las condiciones serán más favorables
después de 1880: la ciencia médica progresa y
mide mejor los efectos de una terapia y considera con
más facilidad el poder dormir a alguien, en nombre de
la ciencia, para aliviar sus males. El Dr. Lorain, amigo de
Liébeault, impresionado por las curaciones a las cuales
asiste, habla de ellas al Dr. Dumont, colega escéptico,
jefe de trabajos en la facultad, que ve sus convicciones
sacudidas por las observaciones recogidas, al punto de
que experimenta por sí mismo en el asilo de Maréville
(actual centro psicoterapéutico de Nancy). Y le habla
de ello a Bernheim. Estamos en 1882. Dumont presenta
el método a sus colegas, por invitación de Bernheim.
Éste se dirige entonces a Liébeault. Constata una clientela
más modesta, constata el contacto directo con los
pacientes: nada de intermediarios (la mayoría de las
veces enfermeras religiosas), confianza del paciente en
el terapeuta y menos barreras sociales.
Más tarde Bernheim dirá: “Liébeault no era un soñador
ni un alucinado; él había visto claro en esta sorprendente
cuestión del magnetismo y el hipnotismo donde,
desde hacía siglos, los sabios no habían visto más que
tinieblas; había creado la terapéutica hipnótica”. Bernheim
inspiraba confianza. Hablaba con voz dulce, con
la dulzura de un alma conmovida por la gente a la que
escucha. Era un espíritu curioso. No tomaba al pie de
la letra lo que se le decía. Él experimentaba, variaba
los parámetros, ponía al día los fenómenos. Y en cada
caso, no aplicaba una regla común, sino que componía
un programa personalizado.
Una intensa actividad se desplegaba entre los médicos
de Nancy: se confrontaban puntos de vista, se asistía a
los consultorios de unos y otros. Al mismo tiempo en
París, Charcot, profesor de neurología, reconocido en la
historia de la medicina por sus descubrimientos en este
campo, promulgó sus leyes sobre la histeria. Inscribió
la hipnosis dentro de la continuidad de la definición de
histeria, con presentación de los enfermos en público
y demostraciones grandilocuentes, mientras que Bernheim
multiplicaba las observaciones, las publicaba y
ponía en evidencia la importancia de la sugestión: “Es
el sueño por sugestión, es la imagen del sueño lo que
sugiero, lo que insinúo en el cerebro”. Toda persona
es hipnotizable y este estado particular permite a la
sugestión la eficacia terapéutica. La hipnosis no es un
estado particular reservado sólo a los histéricos. Lo
cual contradecía paso a paso al maestro Charcot. Fue
la oposición entre París y Nancy que se denominaría la
querella sobre la histeria. La hipnosis no es un síntoma
que permita diagnosticar la histeria. Bernheim lo hizo
saber y enunció las verdades que enfrentarían con gran
fuerza al dogma. De esta oposición nacería la escuela
psicológica de Nancy, caracterizada por la sugestión
así definida por Bernheim.
Citamos de nuevo: “El hipnotismo pone el cerebro
del sujeto en un estado tal que la idea sugerida a ese
cerebro con una fuerza más o menos grande, determina
la acción correspondiente por una suerte de
automatismo cerebral… Provocar este estado psíquico
por el hipnotismo y explotar la sugestión así exaltada
artificialmente con un objetivo de curación o de alivio,
es el papel de mi psicoterapéutica hipnótica”.

Finales de 1885, un joven médico vienés viene a París a
interesarse por los trabajos de Charcot sobre la histeria.
Este último le mostrará muy poco interés. Freud, pues
de él se trata, seguirá manteniéndose al corriente de
los trabajos de París y Nancy y desde 1888 traducirá el
libro de Bernheim al alemán. Esto contribuirá a sentar
la reputación de Bernheim como especialista del
hipnotismo.
Por la mañana Bernheim visita a los enfermos en
el hospital, por la tarde recibe en su gabinete de
Place Carrière y varias veces a la semana se dirige a la
facultad. Valora mantener el contacto con la juventud
estudiante. Hombre más bien de izquierda, que se
desenvolvía en una familia conservadora y un medio
médico reaccionario, frecuenta un círculo de ciudadanos
progresistas que resisten en sus respectivos
campos la crispación del aire de los tiempos: colonialismo,
racismo, antisemitismo... En 1889, año del centenario
de la Revolución Francesa, Bernheim se dirigió
al primer congreso de hipnotismo experimental en la
Salpêtrière. Fue acompañado por Liébeault y Freud.
Este último diría en 1893 (Estudios sobre la histeria):
“Desde un punto de vista teórico como desde un
punto de vista terapéutico, el psicoanálisis administra
una herencia que ha recibido del hipnotismo”.
El Profesor Bernheim tiene cierta notoriedad. No está
confinado en su sola actividad médica. Es la época del
caso del general Boulanger, del antisemitismo y del
caso Dreyfus. Se compromete y se une a Emile Gallé
para crear, en 1898, la sección de Nancy de la Liga
de los Derechos del Hombre. En ese fin de siglo estábamos
en pleno período de expansión de las ideas, de
las artes; las ciencias y las técnicas evolucionaban rápidamente
y la medicina también.
Bernheim, hombre de observación y de rigor, que en
su práctica pone en evidencia el papel de la sugestión,
que ve la oposición de sus pares, al mismo tiempo
que plantea una mirada realista y equilibrada. Dice:
“La enfermedad es una abstracción que no existe; no
hay sino individuos enfermos, no hay sino organismos
sufrientes. La medicina clínica no es un arte sino una
ciencia; el diagnóstico no se hace por una suerte de
intuición adivinatoria concedida por la providencia a
ciertos cerebros privilegiados; se hace por métodos
científicos más o menos exactos, de donde se
desprenden inducciones más o menos precisas relativas
a la enfermedad. No se nace médico, uno se hace”.
Vamos a terminar con un texto de Bernheim publicado
en la Revue médicale de l’Est que nos describe bien lo
que es para él la sugestión:
“He definido la sugestión: toda idea aceptada por el
cerebro. Que esta idea venga por el oído, expresada
por otra persona, por los ojos, formulada por escrito
o como consecuencia de una impresión visual, que
en apariencia nazca espontáneamente, despertada
por una impresión interna o desarrollada por las
circunstancias del mundo exterior, cualquiera que sea
el origen de esta idea, ella constituye una sugestión.
Hemos establecido que toda sugestión tiende a realizarse,
que toda idea tiende a convertirse en acción.
Traducido al lenguaje psicológico, eso quiere decir que
toda célula cerebral accionada por una idea, acciona
las fibras nerviosas que deben realizar esta idea.
Ejemplo: le digo a alguien: ‘Levántese’, ese alguien se
levanta o tiende a levantarse. La audición de un vals
sugestivo hace vibrar nuestro cuerpo en armonía con
ese vals. Y aun cuando no bailemos y que nos contengamos
para no bailar, si se trazaran con un aparato
registrador los movimientos de nuestro cuerpo, se
obtendría un gráfico que esboza los movimientos
coreográficos inconscientes de nuestra máquina. La
idea se ha convertido en movimiento.
Si le digo a alguien: ‘Tiene una avispa sobre la frente’,
este alguien que no tendrá ninguna razón para no
creerme, sentirá más o menos claramente la supuesta
avispa y se llevará allí la mano, exteriorizando sobre la
frente la picazón creada por el sensorium y accionada
por la idea de la avispa. La idea se ha convertido en
sensación.
Si digo: ‘Aquí hay un perro’, la idea del perro es aceptada
y su imagen más o menos esbozada se presentará
a los ojos. La idea se convierte o tiende a convertirse
en imagen.
Si digo: ‘Usted va a dormir’, en algunos está allí la idea
del sueño, los párpados se ponen pesados, los ojos se
cierran, el cerebro se obnubila y tienden a producirse
los fenómenos del sueño. La idea tiende a volverse
orgánica, sueño.
Si digo: ‘Usted tiene ganas de reír’, una sensación de
hilarante alegría podrá ser evocada por el sensorium.
La idea se ha convertido en emoción”.
En 1910, fue el jubileo de Bernheim y fue nombrado
oficial de la legión de honor. Falleció en 1919.

PASCAL FORTUNY (1872 - 1962) D O S S I E R LA CLARAVIDENCIA por FA B I E N N E TO U Z E T Pascal Fortuny por Robert Doisneau en 1949 LE JOURNAL SPIRITE N° 86 OCTOBRE 2011

 "YO LEO EN LOS DESTINOS"
Para la época en que Pascal Forthuny escribió ese
libro, hacía casi veinte años que se codeaba con ilustres
personajes que trataban de elucidar el enigma
psicológico que era para ellos la clarividencia. Sus
amigos eran metapsiquistas como Charles Richet
(autor del Tratado de Metapsíquica), el doctor Eugène
Osty (director del instituto Metapsíquico) sucesor de
Gustave Geley, René Sudre (autor de la Introducción a la
metapsíquica humana). Pero, ¿qué es la metapsíquica?
Nos dice Pascal Forthuny que su campo de estudio es
el infinitamente vasto de los planos trascendentes del
psiquismo, en el marco estrictamente humano, con
exclusión de lo sobrenatural. Para Charles Richet, ella
tiene por objeto el examen de los fenómenos mecánicos
o psicológicos, debidos a fuerzas que parecen
inteligentes o a poderes desconocidos latentes en la
inteligencia humana. Aquí estamos lejos de la aceptación
de las manifestaciones espíritas y eso es muy
lamentable. Por otra parte, Pascal Forthuny parece
atemorizado por esta particularidad aún inexplicable
que le permite conocer lo desconocido en el pasado,
el presente y con frecuencia el porvenir, por medios
externos a los medios normales del conocimiento.
Para él, esa facultad está lejos de ser inusual y piensa
que el porvenir probará que si en ciertos individuos,
puede estar dormida, en otros puede nacer gracias
a factores dinámicos o intelectuales que pertenecen
normalmente a los hombres. Sin embargo, para la
época, en los medios científicos, ¡se hablaba más
bien de histeria! Entonces, ¿Pascal Forthuny estaba
enfermo?
En el libro Nuestro sexto sentido de Charles Richet,
se encuentra este retrato de él: “Es un hombre de una
gran inteligencia, habla fluidamente varias lenguas,
especialmente chino, inglés y español. Es un crítico de
arte altamente apreciado, un hábil músico, un autor
dramático que ha hecho representar varias piezas. Ha
publicado una decena de novelas. Es poeta y varias
veces ha expuesto excelentes cuadros en Salon”. De
hecho, es bajo su verdadero nombre, Pascal Cochet
que se lo conoce como pintor. No se dedicaba en
absoluto a la videncia y como lo diría él mismo,
solamente la practicaba esporádicamente, lo que le
valió preservar su salud (murió a los noventa y un
años). No obstante, ya en 1911 tuvo una visión, un
mal presentimiento, que le hizo abandonar bruscamente
un reportaje solicitado por el periódico Le
Matin sobre las sangrientas huelgas de Mulhouse. Un
ataúd cubierto con un paño negro y dos hileras de
cirios vistos sobre la mesa de equipajes en la estación
de Sedan lo hizo volver a casa de sus padres para ver
a su madre morir ante sus ojos, de una neumonía
declarada en su ausencia. Pero fue después de otro
duelo, el de su hijo Frédéric, víctima de un accidente
aéreo el 25 de junio de 1919 en Galatz (Rumania)
que fue atrapado por la necesidad de escribir. En los
textos recibidos aparecía muchas veces esta frase: “El
verdadero avance de tu espíritu se hará por medio de
la clariaudiencia y la clarividencia, y eso tendrá lugar
pronto”.
Cuando la clarividencia se impone
Durante el invierno de 1921, fue llamado al Instituto
Metapsíquico dirigido entonces por Gustave Geley,
para servir de intérprete durante una sesión de xenoglosia:
una dama de Marsella aseguraba hablar la
lengua china sin haberla aprendido. He aquí lo que
él nos relata: “Escucho a esta mujer, le hago preguntas
en chino. Ella sólo responde en una jerga que no tiene
ningún rasgo de esta lengua. Experimento nulo. La
dama marsellesa se retira y una clarividente inicia
una experiencia de lucidez sobre una carta cerrada.
Una circunstancia la aparta de ese trabajo. Por broma
tomo el pliego y doy a conocer algunos detalles que no
carecen de relación con espantosos actos criminales.
Me entero de que la carta es del siniestro asesino de
mujeres, ¡Landru! Asombra mi intento. Se me pone a
prueba procurándome un abanico, un bastón y una
sortija. En los tres casos, mis precisiones son lo bastante
claras como para que el doctor Geley pueda concluir:
¡Usted es vidente! Yo estaba aterrado: esa aventura
no me gustaba en absoluto. Salí vacilante como un
borracho. Rechazaba el don de los dioses. Pero desde
entonces… Y he aquí cómo una mala xenóglota hizo de
mí, sin proponérselo, un médium clarividente”.
En los años que siguieron, de 1924 a 1927, convertido
en secretario general de la Unión Espírita Francesa,
Forthuny daría asombrosas sesiones públicas,
primero en la Casa de los Espíritas, luego en el Instituto
Metapsíquico. Mientras llegan los invitados, se
aísla y se concentra en una habitación del piso superior.
Cuando el público (un centenar de personas por
término medio) se instala, entra a la sala y observa
a los asistentes. Generalmente serán elegidas entre
siete y ocho personas. Les revelará informaciones
exactas sobre su nombre, su personalidad, sus lugares
de vida, etc. Eso puede suceder igualmente en su
casa tal como nos lo relata: “Un día, en pleno trabajo
literario, se formó ante mis ojos el esbozo de la plaza de
una pequeña aldea: al fondo la iglesia, algunos árboles
y a ambos lados bloques de casas. Suspendo mi obra,
levanto rápidamente mi caballete, preparo paleta, tela
y pinceles y, enfebrecido, compongo un cuadro en hora
y media, tal como si hubiera estado delante del motivo.
Cuando esta improvisación se seca, la cuelgo de la
pared en mi casa. Pronto recibo la visita de un amigo
de España que se detiene delante de mi cuadro y me
dice: «¡Mira! Has pintado la Colegiata de Talavera de
la Reina. ¿Lo hiciste en el lugar?» —«No», respondí, «yo
jamás he ido a esa región». Estupor del huésped que,
al día siguiente, me envió una foto del monumento,
visto desde otro ángulo. Los detalles, sobre todo los de
arquitectura, me muestran que he pintado, como visionario
y con fidelidad, un sitio que no había visto nunca”.
De clarividencias muy particulares
Durante el desarrollo de su facultad, Pascal Forthuny
comprendió que cada clarividente tiene sus propias
formas operatorias y que sus “relojes psíquicos” no
salen nunca de la misma fábrica. Para él, su particularidad
es su humor: “Corresponde expresamente
a mi carácter que no tiene nada de sombrío, nos dice.
Uno no podría concebir el placer que encuentro en ver
sucederse ante mis ojos pinturas y acuarelas, interiores
a veces descritos tan minuciosamente, que uno puede
encontrarse en casa de Balzac, oyendo los diálogos,
las risas, hasta las quejas, visualizar los retratos que mi
interlocutor puede reconocer como exactos, sentir los
productos del laboratorio de un químico, el cloroformo
de un cirujano, ciertos gustos en la boca de un diabético,
y el aroma del azahar para una señorita que se casará
dentro de ocho días. Y cuando repentinamente una voz
me grita al oído: «¡Nogaret! Mientras que al fondo de la
sala señalo a un señor desconocido, qué recompensa
oír exclamar al interpelado: ¿Nogaret? ¡Es el nombre de
mi suegra! ¡Ella me escribió esta mañana y aquí está su
carta!»”
Entre las sesiones interesantes, aún podemos citar
esta: “Una tarde, en el IMI, entre cien personas, paso
delante de una dama y siento enseguida un fuerte olor
a ajenjo. Ahora bien, su apellido de soltera era Pernod.
Otra vez, rodeando la silla de un espectador, escuché
pronunciar en clariaudiencia Cadet. Le dije al hombre:
¿Su nombre es Cadet? No, replicó divertido, me llamo
Roussel. A una mujer desconocida le dije apretando
su mano: Usted tiene dolores y torsiones musculares, lo
cual se comprobó era exacto”.
Más fuerte todavía, el doctor Osty le había impuesto
ejercitar su facultad cuando la sala estaba vacía,
antes de la sesión. Una silla numerada elegida por
sorteo era objeto de una clarividencia, destinada
a la persona que se iba a sentar allí algunas horas
después. “Aquel día”, cuenta él, “dije tres horas antes
que la silla no sería ocupada, un diagnóstico sobre el
estado de salud de una dama: Cuide su hígado, no use
ese cinturón, ya le ha hecho daño. Atención al regreso
del dolor de oídos, de garganta y de la nariz. Sus neuralgias
no vienen sino de allí. Volverá una amenaza de
operación”. Ahora bien, esta dama estaba entonces
en tratamiento por problemas hepáticos. Llevaba
un cinturón que la había lastimado, sufría de fuertes
neuralgias, el mismo día había faltado a una cita
con un especialista de las afecciones ORL, (*) y algún
tiempo después debió sufrir la ablación del apéndice.
Este experimento llamado “de la silla vacía” tuvo
mucho éxito y fue retomado y perfeccionado a partir
de 1947 en los Países Bajos, por el profesor Tenhaeff
con otro célebre clarividente, Gérard Croiset.
(*) Otorrinolaringológicas. (Nota del Traductor)
El verdadero papel de la clarividencia
Todavía hoy, a numerosas personas les encanta asistir
a videncias en directo durante conferencias públicas.
Pero ese no es el papel del Círculo Allan Kardec, como
lo indicamos siempre en nuestras revistas y debates
públicos. Pascal Forthuny había entendido bien que
dar sesiones públicas era una batalla. Lo expresa en
su libro en estos términos: “Es preciso hacer frente a
esas fuerzas emotivas, a esos reflejos físicos. Por todas
partes, el médium es «fusilado» por el deseo de los
asistentes, o por su temor. Hay curiosidad, credulidad,
escepticismo, desconfianza irónica, partido tomado de
no dar la razón al clarividente, de decir que no cuando
hay que decir que sí. Hay otros factores vinculados al
médium mismo y que hacen estas reuniones tan difíciles
de conducir, estas demostraciones tan extenuantes
por el carácter de combate que adquieren. Lo que un
sujeto clarividente está en derecho de exigir a un grupo
de experimentadores, sabios o profanos es, en primer
lugar, se los aseguro, renunciar a toda idea preconcebida,
a toda confianza exagerada, a toda antipatía, en
suma, hacerle al médium una atmósfera moral donde
respire bien”.
Hoy en día es nuestro deseo rectificar los errores del
pasado y aportar a los humanos ávidos de conocimientos,
para que se vuelvan más hacia el bienestar
del prójimo. Es también la voluntad del espíritu Pascal
Forthuny que se manifestó en un mensaje sobre la
clarividencia para brindar su comentario: desde su
más allá ha comprendido que la clarividencia debe
ser un servicio que se da, que no debe ser solamente
un fenómeno que asombra. Es también una terapia
pues debe equilibrar al que la recibe. Y es una cosa
buena cuando no es vendida. Ella ha sufrido mucho,
y sufre todavía, de todas las formas de mentira y
charlatanismo que la disfrazan y la transforman para
desgracia de la humanidad entera. Y si Forthuny
no tuvo la oportunidad de conocer bien el espiritismo,
presintió que esa facultad era un fenómeno
natural, inherente a nuestras naturalezas carnales
y que el hombre estaría mejor si viviera al ritmo de
la clarividencia. Otro elemento de importancia que
se encuentra en sus palabras es el deber de decir
todo, pues el clarividente ve el espíritu de la persona,
percibe su carácter y su psicología mejor de lo que
podría hacerlo ella misma y no debe dudar de sus
capacidades. Sobre todo no debe tratar de limar
asperezas para dar forma a su inspiración según la
lógica y el buen sentido, decía él en vida. Eliminen las
percepciones aparentemente poco razonables, y eso
era justamente lo que había que decir.
Tengan la audacia de decir todo lo que vean a partir
de un soporte fotográfico u otro, repite hoy, y tengan
también la audacia de rechazar una fotografía si no
les parece conveniente, o si les inspira desconfianza,
miedo o repulsión. Los clarividentes del círculo Allan
Kardec pueden referirse pues a los buenos consejos
de Pascal Forthuny antes de su sesión.
El estado de clarividencia
Para concluir, volvamos con él sobre lo que sentía en
el momento de sus clarividencias: “Es sufrir ya una
episódica y fulgurante modificación de la personalidad,
sentir penetrar en uno, aunque no sea sino
por un segundo, este «demonio» que interviene de
repente, cuya voz aporta una indicación telepática, un
presentimiento, una admonición. Lo es mucho más
cuando uno se pone a vaticinar, a «ver» en el tiempo y
el espacio, hechos, precisiones de toda naturaleza, de
las que normalmente no se puede tener la revelación
y que, sin embargo, corresponden a realidades verificables
en el pasado y el presente, y controlables en
el porvenir. El trabajo del clarividente implica automáticamente
una disociación del yo psíquico donde
abdica la personalidad consciente ante la personalidad
segunda. El máximo de fecundidad mediúmnica
—y creo poder decirlo con conocimiento de
causa para la clarividencia— coincide con el mínimo
de consciencia normal. Por lo demás, es igual para
los exploradores del genio y es aquí donde hay que
repensar estas palabras de Beethoven: “La inspiración
es para mí un estado misterioso donde el mundo entero
me parece formar una vasta armonía, cuando pensamientos
y sentimientos resuenan en mí, cuando todas
las fuerzas de la naturaleza se vuelven instrumentos
para mí, cuando me estremezco todo”. Muchos siglos
antes del maestro de las nueve sinfonías, el neoplatónico
Pórfido había observado: “La causa que produce
el éxtasis muy bien podría ser una afección mental (él
no podía decir todavía modificación de la personalidad).
En cuanto al demonio de quien se nos habla,
sospecho que no es más que una parte del alma
humana”.