"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



viernes, 4 de noviembre de 2011

PASCAL FORTUNY (1872 - 1962) D O S S I E R LA CLARAVIDENCIA por FA B I E N N E TO U Z E T Pascal Fortuny por Robert Doisneau en 1949 LE JOURNAL SPIRITE N° 86 OCTOBRE 2011

 "YO LEO EN LOS DESTINOS"
Para la época en que Pascal Forthuny escribió ese
libro, hacía casi veinte años que se codeaba con ilustres
personajes que trataban de elucidar el enigma
psicológico que era para ellos la clarividencia. Sus
amigos eran metapsiquistas como Charles Richet
(autor del Tratado de Metapsíquica), el doctor Eugène
Osty (director del instituto Metapsíquico) sucesor de
Gustave Geley, René Sudre (autor de la Introducción a la
metapsíquica humana). Pero, ¿qué es la metapsíquica?
Nos dice Pascal Forthuny que su campo de estudio es
el infinitamente vasto de los planos trascendentes del
psiquismo, en el marco estrictamente humano, con
exclusión de lo sobrenatural. Para Charles Richet, ella
tiene por objeto el examen de los fenómenos mecánicos
o psicológicos, debidos a fuerzas que parecen
inteligentes o a poderes desconocidos latentes en la
inteligencia humana. Aquí estamos lejos de la aceptación
de las manifestaciones espíritas y eso es muy
lamentable. Por otra parte, Pascal Forthuny parece
atemorizado por esta particularidad aún inexplicable
que le permite conocer lo desconocido en el pasado,
el presente y con frecuencia el porvenir, por medios
externos a los medios normales del conocimiento.
Para él, esa facultad está lejos de ser inusual y piensa
que el porvenir probará que si en ciertos individuos,
puede estar dormida, en otros puede nacer gracias
a factores dinámicos o intelectuales que pertenecen
normalmente a los hombres. Sin embargo, para la
época, en los medios científicos, ¡se hablaba más
bien de histeria! Entonces, ¿Pascal Forthuny estaba
enfermo?
En el libro Nuestro sexto sentido de Charles Richet,
se encuentra este retrato de él: “Es un hombre de una
gran inteligencia, habla fluidamente varias lenguas,
especialmente chino, inglés y español. Es un crítico de
arte altamente apreciado, un hábil músico, un autor
dramático que ha hecho representar varias piezas. Ha
publicado una decena de novelas. Es poeta y varias
veces ha expuesto excelentes cuadros en Salon”. De
hecho, es bajo su verdadero nombre, Pascal Cochet
que se lo conoce como pintor. No se dedicaba en
absoluto a la videncia y como lo diría él mismo,
solamente la practicaba esporádicamente, lo que le
valió preservar su salud (murió a los noventa y un
años). No obstante, ya en 1911 tuvo una visión, un
mal presentimiento, que le hizo abandonar bruscamente
un reportaje solicitado por el periódico Le
Matin sobre las sangrientas huelgas de Mulhouse. Un
ataúd cubierto con un paño negro y dos hileras de
cirios vistos sobre la mesa de equipajes en la estación
de Sedan lo hizo volver a casa de sus padres para ver
a su madre morir ante sus ojos, de una neumonía
declarada en su ausencia. Pero fue después de otro
duelo, el de su hijo Frédéric, víctima de un accidente
aéreo el 25 de junio de 1919 en Galatz (Rumania)
que fue atrapado por la necesidad de escribir. En los
textos recibidos aparecía muchas veces esta frase: “El
verdadero avance de tu espíritu se hará por medio de
la clariaudiencia y la clarividencia, y eso tendrá lugar
pronto”.
Cuando la clarividencia se impone
Durante el invierno de 1921, fue llamado al Instituto
Metapsíquico dirigido entonces por Gustave Geley,
para servir de intérprete durante una sesión de xenoglosia:
una dama de Marsella aseguraba hablar la
lengua china sin haberla aprendido. He aquí lo que
él nos relata: “Escucho a esta mujer, le hago preguntas
en chino. Ella sólo responde en una jerga que no tiene
ningún rasgo de esta lengua. Experimento nulo. La
dama marsellesa se retira y una clarividente inicia
una experiencia de lucidez sobre una carta cerrada.
Una circunstancia la aparta de ese trabajo. Por broma
tomo el pliego y doy a conocer algunos detalles que no
carecen de relación con espantosos actos criminales.
Me entero de que la carta es del siniestro asesino de
mujeres, ¡Landru! Asombra mi intento. Se me pone a
prueba procurándome un abanico, un bastón y una
sortija. En los tres casos, mis precisiones son lo bastante
claras como para que el doctor Geley pueda concluir:
¡Usted es vidente! Yo estaba aterrado: esa aventura
no me gustaba en absoluto. Salí vacilante como un
borracho. Rechazaba el don de los dioses. Pero desde
entonces… Y he aquí cómo una mala xenóglota hizo de
mí, sin proponérselo, un médium clarividente”.
En los años que siguieron, de 1924 a 1927, convertido
en secretario general de la Unión Espírita Francesa,
Forthuny daría asombrosas sesiones públicas,
primero en la Casa de los Espíritas, luego en el Instituto
Metapsíquico. Mientras llegan los invitados, se
aísla y se concentra en una habitación del piso superior.
Cuando el público (un centenar de personas por
término medio) se instala, entra a la sala y observa
a los asistentes. Generalmente serán elegidas entre
siete y ocho personas. Les revelará informaciones
exactas sobre su nombre, su personalidad, sus lugares
de vida, etc. Eso puede suceder igualmente en su
casa tal como nos lo relata: “Un día, en pleno trabajo
literario, se formó ante mis ojos el esbozo de la plaza de
una pequeña aldea: al fondo la iglesia, algunos árboles
y a ambos lados bloques de casas. Suspendo mi obra,
levanto rápidamente mi caballete, preparo paleta, tela
y pinceles y, enfebrecido, compongo un cuadro en hora
y media, tal como si hubiera estado delante del motivo.
Cuando esta improvisación se seca, la cuelgo de la
pared en mi casa. Pronto recibo la visita de un amigo
de España que se detiene delante de mi cuadro y me
dice: «¡Mira! Has pintado la Colegiata de Talavera de
la Reina. ¿Lo hiciste en el lugar?» —«No», respondí, «yo
jamás he ido a esa región». Estupor del huésped que,
al día siguiente, me envió una foto del monumento,
visto desde otro ángulo. Los detalles, sobre todo los de
arquitectura, me muestran que he pintado, como visionario
y con fidelidad, un sitio que no había visto nunca”.
De clarividencias muy particulares
Durante el desarrollo de su facultad, Pascal Forthuny
comprendió que cada clarividente tiene sus propias
formas operatorias y que sus “relojes psíquicos” no
salen nunca de la misma fábrica. Para él, su particularidad
es su humor: “Corresponde expresamente
a mi carácter que no tiene nada de sombrío, nos dice.
Uno no podría concebir el placer que encuentro en ver
sucederse ante mis ojos pinturas y acuarelas, interiores
a veces descritos tan minuciosamente, que uno puede
encontrarse en casa de Balzac, oyendo los diálogos,
las risas, hasta las quejas, visualizar los retratos que mi
interlocutor puede reconocer como exactos, sentir los
productos del laboratorio de un químico, el cloroformo
de un cirujano, ciertos gustos en la boca de un diabético,
y el aroma del azahar para una señorita que se casará
dentro de ocho días. Y cuando repentinamente una voz
me grita al oído: «¡Nogaret! Mientras que al fondo de la
sala señalo a un señor desconocido, qué recompensa
oír exclamar al interpelado: ¿Nogaret? ¡Es el nombre de
mi suegra! ¡Ella me escribió esta mañana y aquí está su
carta!»”
Entre las sesiones interesantes, aún podemos citar
esta: “Una tarde, en el IMI, entre cien personas, paso
delante de una dama y siento enseguida un fuerte olor
a ajenjo. Ahora bien, su apellido de soltera era Pernod.
Otra vez, rodeando la silla de un espectador, escuché
pronunciar en clariaudiencia Cadet. Le dije al hombre:
¿Su nombre es Cadet? No, replicó divertido, me llamo
Roussel. A una mujer desconocida le dije apretando
su mano: Usted tiene dolores y torsiones musculares, lo
cual se comprobó era exacto”.
Más fuerte todavía, el doctor Osty le había impuesto
ejercitar su facultad cuando la sala estaba vacía,
antes de la sesión. Una silla numerada elegida por
sorteo era objeto de una clarividencia, destinada
a la persona que se iba a sentar allí algunas horas
después. “Aquel día”, cuenta él, “dije tres horas antes
que la silla no sería ocupada, un diagnóstico sobre el
estado de salud de una dama: Cuide su hígado, no use
ese cinturón, ya le ha hecho daño. Atención al regreso
del dolor de oídos, de garganta y de la nariz. Sus neuralgias
no vienen sino de allí. Volverá una amenaza de
operación”. Ahora bien, esta dama estaba entonces
en tratamiento por problemas hepáticos. Llevaba
un cinturón que la había lastimado, sufría de fuertes
neuralgias, el mismo día había faltado a una cita
con un especialista de las afecciones ORL, (*) y algún
tiempo después debió sufrir la ablación del apéndice.
Este experimento llamado “de la silla vacía” tuvo
mucho éxito y fue retomado y perfeccionado a partir
de 1947 en los Países Bajos, por el profesor Tenhaeff
con otro célebre clarividente, Gérard Croiset.
(*) Otorrinolaringológicas. (Nota del Traductor)
El verdadero papel de la clarividencia
Todavía hoy, a numerosas personas les encanta asistir
a videncias en directo durante conferencias públicas.
Pero ese no es el papel del Círculo Allan Kardec, como
lo indicamos siempre en nuestras revistas y debates
públicos. Pascal Forthuny había entendido bien que
dar sesiones públicas era una batalla. Lo expresa en
su libro en estos términos: “Es preciso hacer frente a
esas fuerzas emotivas, a esos reflejos físicos. Por todas
partes, el médium es «fusilado» por el deseo de los
asistentes, o por su temor. Hay curiosidad, credulidad,
escepticismo, desconfianza irónica, partido tomado de
no dar la razón al clarividente, de decir que no cuando
hay que decir que sí. Hay otros factores vinculados al
médium mismo y que hacen estas reuniones tan difíciles
de conducir, estas demostraciones tan extenuantes
por el carácter de combate que adquieren. Lo que un
sujeto clarividente está en derecho de exigir a un grupo
de experimentadores, sabios o profanos es, en primer
lugar, se los aseguro, renunciar a toda idea preconcebida,
a toda confianza exagerada, a toda antipatía, en
suma, hacerle al médium una atmósfera moral donde
respire bien”.
Hoy en día es nuestro deseo rectificar los errores del
pasado y aportar a los humanos ávidos de conocimientos,
para que se vuelvan más hacia el bienestar
del prójimo. Es también la voluntad del espíritu Pascal
Forthuny que se manifestó en un mensaje sobre la
clarividencia para brindar su comentario: desde su
más allá ha comprendido que la clarividencia debe
ser un servicio que se da, que no debe ser solamente
un fenómeno que asombra. Es también una terapia
pues debe equilibrar al que la recibe. Y es una cosa
buena cuando no es vendida. Ella ha sufrido mucho,
y sufre todavía, de todas las formas de mentira y
charlatanismo que la disfrazan y la transforman para
desgracia de la humanidad entera. Y si Forthuny
no tuvo la oportunidad de conocer bien el espiritismo,
presintió que esa facultad era un fenómeno
natural, inherente a nuestras naturalezas carnales
y que el hombre estaría mejor si viviera al ritmo de
la clarividencia. Otro elemento de importancia que
se encuentra en sus palabras es el deber de decir
todo, pues el clarividente ve el espíritu de la persona,
percibe su carácter y su psicología mejor de lo que
podría hacerlo ella misma y no debe dudar de sus
capacidades. Sobre todo no debe tratar de limar
asperezas para dar forma a su inspiración según la
lógica y el buen sentido, decía él en vida. Eliminen las
percepciones aparentemente poco razonables, y eso
era justamente lo que había que decir.
Tengan la audacia de decir todo lo que vean a partir
de un soporte fotográfico u otro, repite hoy, y tengan
también la audacia de rechazar una fotografía si no
les parece conveniente, o si les inspira desconfianza,
miedo o repulsión. Los clarividentes del círculo Allan
Kardec pueden referirse pues a los buenos consejos
de Pascal Forthuny antes de su sesión.
El estado de clarividencia
Para concluir, volvamos con él sobre lo que sentía en
el momento de sus clarividencias: “Es sufrir ya una
episódica y fulgurante modificación de la personalidad,
sentir penetrar en uno, aunque no sea sino
por un segundo, este «demonio» que interviene de
repente, cuya voz aporta una indicación telepática, un
presentimiento, una admonición. Lo es mucho más
cuando uno se pone a vaticinar, a «ver» en el tiempo y
el espacio, hechos, precisiones de toda naturaleza, de
las que normalmente no se puede tener la revelación
y que, sin embargo, corresponden a realidades verificables
en el pasado y el presente, y controlables en
el porvenir. El trabajo del clarividente implica automáticamente
una disociación del yo psíquico donde
abdica la personalidad consciente ante la personalidad
segunda. El máximo de fecundidad mediúmnica
—y creo poder decirlo con conocimiento de
causa para la clarividencia— coincide con el mínimo
de consciencia normal. Por lo demás, es igual para
los exploradores del genio y es aquí donde hay que
repensar estas palabras de Beethoven: “La inspiración
es para mí un estado misterioso donde el mundo entero
me parece formar una vasta armonía, cuando pensamientos
y sentimientos resuenan en mí, cuando todas
las fuerzas de la naturaleza se vuelven instrumentos
para mí, cuando me estremezco todo”. Muchos siglos
antes del maestro de las nueve sinfonías, el neoplatónico
Pórfido había observado: “La causa que produce
el éxtasis muy bien podría ser una afección mental (él
no podía decir todavía modificación de la personalidad).
En cuanto al demonio de quien se nos habla,
sospecho que no es más que una parte del alma
humana”.

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