"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



viernes, 21 de octubre de 2011

LA CLARAVIDENCIA por C AT H E R I N E G O U T T I È R E HÉLÈNE BOUVIER LE JOURNAL SPIRITE N° 86 OCTOBRE 2011

LA CLARAVIDENCIA
por
C AT H E R I N E G O U T T I È R E
HÉLÈNE BOUVIER

“Considero que no hay que temer afirmar lo que uno
cree, y lo que uno cree saber, cuando solamente se tiene
en la mira el bien de sus semejantes. Por el don que se
me ha otorgado, trato de ayudarles, pero mi ayuda no
existiría si no recurriera a la del Cielo Si no tratara de
poner en práctica las tres virtudes teologales que nos ha
legado la Iglesia: la Fe, la Esperanza y la Caridad, ello,
en el amor de nuestro único Maestro, el Cristo”. Hélène
Bouvier
Hélène Bouvier nació el 1 de agosto de 1901 en la
avenida de la Bourdonnais en París. Sus padres tenían
un café-tabaquería y ella era la tercera de cuatro
hermanos, dos niños y dos niñas. No poseyó como
diploma sino su certificado de la escuela. Pero como
leía mucho, fue lo que se llama una autodidacta.
Aunque sus padres eran ateos, Hélène creía en Dios
desde su primera infancia y, sin poder explicarlo,
siempre tuvo la certeza de la existencia de otra vida
después de la muerte. Desde muy niña surgían ante
sus ojos suertes de clisés, flashes referentes a rostros
desconocidos de hombres y mujeres. Cuando le
hablaba de ello a sus padres, estos últimos no la
comprendían y no tomaban en serio lo que decía. A
veces podía adivinar lo que se iba a decir o prever lo
que iba a ocurrir. Cuando lo contaba, su entorno lo
ponía en la cuenta del azar y no le daba importancia.
Por su parte ella tampoco, pues no se daba mucha
cuenta de lo que le sucedía. Fue a los catorce años
cuando los rostros de los espíritus se le aparecieron
más claramente. Siendo de salud frágil, Hélène fue
enviada por diez meses a un sanatorio, y fue durante
esa estancia cuando comenzó a surgir la confirmación
de su mediumnidad. A guisa de distracción, algunos
enfermos organizaban sesiones de mesas giratorias.
Era 1915 y las preguntas hechas a la mesa se referían
al desarrollo de las hostilidades. Ahora bien, aquella
tarde, para su gran sorpresa, el velador le anunció
que era médium y que su facultad se desarrollaría
considerablemente en el porvenir. Incrédula, Hélène
aceptó esa predicción con una sonrisa. Nunca había
leído libros que trataran de espiritismo, no tenía
verdadera conciencia de su mediumnidad y además
no pidió ninguna explicación sobre el asunto. Le
bastaba mirar a las personas para responder rápida
y naturalmente, a las preguntas mentales que dichas
personas se hacían. Y sus respuestas resultaban
correctas.
A los diecinueve años Hélène vivió su primera gran
manifestación de lo invisible. Cuando estaba sola,
escribiendo en una habitación cerrada, se vio como
apremiada a volverse y se encontró frente a una
gran forma luminosa, cubierta de velos blancos,
pero cuyo rostro no podía distinguir. De aquella
forma emanó una voz grave y clara que pronunció
estas palabras: “No tengas miedo. Soy tu guía. He
venido a decirte que ayudarás a mucha gente.
Antes sufrirás mucho”. Instintivamente, Hélène
respondió: “No quiero sufrir así”. La voz se contentó
con responderle: “No puedo hacer nada”. Luego la
forma desapareció, como se desvanecían los rostros
de sus visitantes desconocidos. Esa manifestación
trastornó profundamente a Hélène aunque había
sido advertida por sus anteriores lecturas de lo que
es un guía. Así es que ella tenía un guía; esa noticia
la conmovió profundamente, pues saber y ver son
dos estados diferentes. De allí en adelante podía
afirmar que lo que había aprendido era verdadero
pues la experiencia personal sigue siendo un criterio
irrefutable. Durante su vida Hélène volvió a ver a su
guía repetidas veces. Nunca le dio su nombre, y para
ella eso no tenía importancia. Sería su compañero
de vida y como su guardián durante toda su vida. La
protegió durante toda la guerra y gracias a él, escapó
de graves accidentes de todo género. En 1918, uno
de sus hermanos murió en el frente a los diecinueve
años. Su muerte la trastornó. Luego, su hermano
mayor cayó gravemente enfermo en el momento en
que ella era presa de una crisis de misticismo. Hélène
era muy creyente y se preguntó si, haciéndose
religiosa su hermano podría sanar. A punto de
entrar en el convento, decidió partir hacia Lourdes a
implorar la curación de él. Mientras oraba, escuchó
una voz que le decía: “Atención, tú no serás una
buena religiosa, ya lo has sido”. Hélène, que creía en
la existencia de las vidas sucesivas, comprendió que
ya había sido religiosa y decidió aplazar su entrada
al convento. Haría sin embargo tres peregrinaciones
a Lourdes con su madre, pero su hermano murió
a los veintinueve años. Como la desgracia nunca
llega sola, su abuelo falleció y sus padres decidieron
separarse. Su hermana y ella ayudaron a su madre
a administrar una pequeña librería, pues la salud
de esta última no le permitía trabajar. Ese comercio
iba a crear grandes preocupaciones financieras,
dificultades que indujeron a Hélène a poner
profesionalmente su mediumnidad al servicio de
los que sufrían. Tenía entonces treinta y tres años.
Ahora bien, esa predicción le había sido hecha diez
años antes, y ella se había prometido no ser nunca
médium para los demás. Una nueva página de su
vida se abrió entonces. Hélène decidió afrontarla,
no sin temor, pero con toda la confianza que le daba
su fe. Debió satisfacer las necesidades de los que la
rodeaban a la vez que ayudaba a sus semejantes.
Por nada del mundo, Hélène quería convertirse en
una simple lectora de la buena fortuna. No se servía
de cartas, ni de tarots, ni de poso de café, ni de bola
de cristal. Su único apoyo sería el vínculo que une el
alma de aquellos a los que se llama muertos con los
vivos. Sentía que sería guiada, que sólo tendría que
obedecer y seguir los consejos que le fueran dictados,
sabía que orando con fervor, no sería abandonada.
Quería ganarse la vida tan honesta y modestamente
como le fuera posible. A partir de ese momento, sus
facultades mediúmnicas se desarrollaron cada vez
más y las apariciones que, hasta entonces, habían sido
muy furtivas, se hicieron más claras y fuertes y podía
realizar verdaderos intercambios con los espíritus,
aunque esas conversaciones no fueran siempre sino
de corta duración. Hélène recibió una multitud de
manifestaciones espontáneas de espíritus conocidos
o no en su vida terrenal. Paralelamente, creó una
asociación, un círculo, y realizó clarividencias
públicas con las fotos que le proporcionaba el
público. Cuántos mensajes de consuelo y de aliento
fueron dados así, algunos que contribuyeron a evitar
verdaderos dramas. Todo esto prueba que aquellos a
los que se llama muertos realmente están vivos y se
interesan por nosotros.
Hélène Bouvier nunca quiso enriquecerse en ninguna
forma, ni imponer su voluntad con miras a dominar
a quienquiera que fuera. Siempre vivió en un
apartamento con un mínimo de comodidades donde
no había calefacción central, ni conductos de agua
caliente. Se esforzó por permanecer alegre a pesar
de sus dificultades y por trabajar para tener justo de
qué vivir. Trató de tener amor por todos los seres, lo
que incluía el respeto a todas las ideas, indulgencia
a las faltas haciendo los esfuerzos necesarios para
vencer sus propias faltas. Se llamaba vidente espírita,
creía en Dios y en la comunión espiritual de las almas
por la oración. Nunca pudo explicar las causas de su
facultad mediúmnica o su mecanismo. Sólo conocía
de ella el efecto y el objetivo. El efecto era conseguir
una toma de conciencia más clara por parte del
sujeto que solicitaba los consejos. El objetivo era
para ella ayudar a sus semejantes. Hoy en día es
considerada como una gran médium vidente cuya
sinceridad, humildad y modestia supieron conmover
a los que se le acercaron. Siguió el camino que le
pareció más justo ignorando incluso la crítica, las
burlas y la indiferencia, sabiendo que aportaba
ayuda, esperanza y consuelo tanto a los espíritus
encarnados como a los desencarnados. Fue lo que
hizo hasta su muerte ocurrida el 7 de julio de 1999, a
la edad de noventa y ocho años.

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