"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Saludos.

EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

Después de abrir y mantener actualizados los blogs: CULTURA Y DIVULGACIÓN ESPÍRITAS y CENTRO VIRTUAL DE ESTUDIOS

ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



viernes, 13 de abril de 2012

 
"El Espiritismo, haciéndonos conocer el mundo invisible que nos rodea y en medio del cual vivimos, las leyes que lo gobiernan, sus relaciones con el mundo visible, la naturaleza y el estado de los seres que lo habitan y, en consecuencia, el destino del hombre después de la muerte, es una auténtica revelación en el sentido científico de la palabra"
ALLAN KARDEC

    El mayor obstáculo para aceptar la realidad del espíritu no proviene de la carencia de pruebas, sino más bien de la creencia de que es imposible su existencia. Numerosos y eminentes investigadores psíquicos han llamado la atención sobre este fenómeno de orden psicológico y, con gran desconcierto por su parte, se han percatado de que ellos mismos lo reproducen.
    El caso del profesor CHARLES RICHET, que como sabemos, fue un reputado fisiólogo galardonado con el premio Nobel, y que se distinguió como un agudo, escéptico y persistente investigador de los hechos supranormales y mediúmnicos, ilustra el clásico ejemplo de un comportamiento prejuiciado y altamente condicionado por las opiniones de sus colegas. Después de haber realizado una serie de meticulosas sesiones con la médium EUSAPIA PALADINO, escribió lo siguiente:
    "Pero en este punto se hizo notar un curioso fenómeno psicológico. Noten que nos las vemos ahora con hechos observados pero que a pesar de todo, son absurdos, que están en contradicción con hechos de observación cotidiana y que son negados, no sólo por la ciencia, sino también por toda la humanidad; hechos que son rápidos y fugaces, que tienen lugar en la semioscuridad, y casi por sorpresa, sin más pruebas que el testimonio de nuestros sentidos, y sabemos que éstos a menudo son falibles. Después de haber presenciado tales hechos, todo coadyuva a que dudemos de ellos. Ahora bien, cuando estos hechos tienen lugar nos parecen ciertos y estamos dispuestos a proclamarlos, pero cuando recapacitamos, cuando todos nuestros amigos se ríen de nuestra credulidad, nos sentimos casi desarmados y empezamos a dudar. ¿No pudo haber sido todo una ilusión? ¿No habré sido embaucado? Y entonces, cuando el momento del experimento se hace más remoto, ese experimento que antes parecía tan concluyente se hace cada vez más incierto, y acabamos por dejarnos persuadir de haber sido víctimas de un truco." (1)
(1) Traité de Métapsychique.Ob. cit.p. 651.

    La creencia en la imposibilidad de los fenómenos psíquicos de orden supranormal se forjó sobre todo como consecuencia de los éxitos obtenidos en el siglo XIX en las ciencias fisicoquímicas, tomando como base las leyes del movimiento establecidas por ISAAC NEWTON (1642-1727). Uno de los más destacados logros científicos del siglo fue la predicción de la existencia del planeta Neptuno, en base a sus efectos gravitatorios, antes de que fuera descubierto con los telescopios. La ciencia llegó a comprender una amplia variedad de fenómenos naturales al integrar en una teoría, aparentemente universal, del mundo físico un gran número de campos hasta entonces separados, tales como el calor, la luz, la electricidad y el magnetismo. Las atractivas ecuaciones expuestas por JAMES CLERK MAXWELL (1831-1879) proporcionaron la explicación acerca de la propagación del campo electromagnético que conduciría posteriormente a la invención de la radio. En sus aplicaciones tecnológicas, el creciente uso que hacía el hombre de sus conocimientos en la construcción de puentes, buques, fábricas y ferrocarriles, demostró también la firme base de su dominio sobre la naturaleza. Ya para finales del siglo XIX, algunos científicos llegaron a decir que su único temor era que parecía haber pocas, por no decir ninguna, lagunas de ignorancia todavía por explorar...
    En este clima de opinión, las personas más informadas creían que espacio, tiempo, masa, átomo, energía y otras nociones eran ya diáfanas y estaban ya bajo el pleno control de la ciencia. En último extremo, todo cuerpo estaba formado por unos átomos duros, similares a bolas de billar. Correspondía describir sus coordenadas espaciales y, al introducir el tiempo newtoniano, su velocidad podía expresarse con toda exactitud. La materia era indestructible: su forma podía cambiar de sólido a líquido o a gas, pero nunca podía desaparecer. También la energía era indestructible, aunque también ella podía cambiar de forma.
    Parecía también como si las funciones vitales de las plantas y de los animales pudieran reducirse en último término a procesos físicos y químicos. Y también el hombre empezaba a ser comprendido dentro de esos parámetros reduccionistas. Los fisiólogos y los neurólogos afirmaban la relación directa entre la mente y el cerebro. Las deficiencias en la personalidad o en las funciones mentales causadas por lesiones cerebrales de diversas clases llevaron a creer incluso que el concepto de "mente" era superfluo. Cada vez más los investigadores se adherían al "epifenomenismo", es decir, a la tesis que afirma que los procesos mentales eran apenas un efecto secundario de la actividad del cerebro, de modo que bastaba con entender la fisiología cerebral para comprender las funciones psíquicas o mentales.
    Y por lo que se refiere al espíritu, se rechazaba ese concepto tildándolo de anacrónico o anticientífico. Formalmente, se continuaba acatando la tradición religiosa en cuanto a la existencia del alma, pero la muerte era considerada como la extinción definitiva de la vida.
    No es de extrañarse, entonces, que en un ambiente de euforia materialista, los supuestos fenómenos estudiados por los espiritistas e investigadores psíquicos no encontraran lugar ni atención. Telepatía, clarividencia, precognición, psicocinesia, y otras expresiones de la paranormalidad resultaban inexplicables de acuerdo con el modelo del mundo vigente durante el siglo XIX. ¿Y qué decir de espíritus, comunicaciones a través de los médiums o reencarnación? Todas esas cosas eran imposibles según el saber oficial, y en su gran mayoría los científicos las ignoraban o las desdeñaban con generalizaciones en las que alegaban informes erróneos o fraudes, o bien las atribuían a la credulidad humana.
    Esa atmósfera escéptica y condenatoria va a mantenerse durante varias décadas y comienza a experimentar cambios significativos siguiendo un proceso acumulativo y sin solución de continuidad a lo largo del siglo veinte, que fue conduciendo a la ciencia a liberarse de la tutela mecanicista. Como bien ha comentado FRITJOF CAPRA, investigador de la Universidad de Berkeley, California, en El Punto de Mutación:

    "Una de las principales lecciones que los físicos tuvieron que aprender en este siglo fue el hecho de que todos los conceptos y teorías que usamos para describir la naturaleza son limitados"
    El nuevo clima de opinión se debe, en buena parte, a la convicción de que la imagen del Universo que reinaba en el siglo XIX ya no es válida. Y es, precisamente, desde el mundo de la física de donde provienen las transformaciones más radicales. En 1900, el físico alemán MAX PLANCK (1858-1947) formuló  la hipótesis sobre la discontinuidad de la energía, creando la teoría cuántica y fundando así la física moderna. Un quantum es la unidad fundamental e indivisible de energía. Poco tiempo después, ALBERT EINSTEIN (1879-1955) enunció la teoría de la relatividad que modifica las leyes de la mecánica newtoniana e introduce la equivalencia entre masa y energía. Las entidades del Universo subatómico eluden los conceptos cotidianos y están relacionadas entre sí por una red de probabilidades matemáticas, cuyas reglas se adecúan a las leyes de la relatividad y de la cuántica. Los físicos del siglo XX han demolido la antigua estructura y en su lugar han pensado un modelo que ya no es tridimensional y que está dotado de propiedades tan increíbles, que a su lado el campo de lo paranormal se reconoce como algo habitual

                                         
    El principio de complementariedad se impuso a los físicos teóricos como una consecuencia directa de la naturaleza dual de las partículas subatómicas: a veces se comportan como partículas, a veces como ondas, y de este principio se derivan importantes secuelas en el campo de lo paranormal. El principio de incertidumbre presentado en 1927 por el físico WERNER HEISENBERG (1901-1976), señala que en el nivel de las partículas elementales no es posible medir simultánea y exactamente la posición y la velocidad de una partícula, o sea, cuando las magnitudes con que se trabaja son del orden de los cuanta, se pierde el determinismo clásico. El principio de la no localización informa que se producen nexos entre partículas o acontecimientos separados por grandes distancias, de un modo instantáneo sin que esté actuando un sistema intermediario. Está claro que los más diversos fenómenos psíquicos encuentran ubicación en la física relativista y cuántica.


    Se han desarrollado diversas escuelas de pensamiento para describir e interpretar las reacciones cuánticas. Una de ellas, la "escuela de Copenhague" organizada en torno del eminente físico danés NIELS BOHR (1885-1962), sugiere que el factor que provoca la detención de un sistema cuántico indeterminado en un solo estado es el acto de observación que realiza un observador consciente. Si las medidas fuesen tomadas por algún tipo de máquina no consciente, aún así estaría presente cada uno de los estados posibles hasta que un ser humano consciente hiciese la observación del sistema. De esta manera, la interpretación de Copenhague introduce la conciencia humana en el corazón de la física, al adjudicar al observador el papel de dar forma definida al caos de un estado cuántico indeterminado. De considerar al observador capaz de forzar al sistema cuántico hacia una forma definida, a preguntarle al observador si podría o no decidir el estado en particular en que debiera cuando lo observara hay sólo un paso. Allí se combinan acciones vinculadas a la telepatía, clarividencia, precognición y psicocinesia!
    Y es sorprendentemente hermoso que las declaraciones de los físicos acerca de la naturaleza de la realidad y del mundo sensorial se parecen cada vez más a las nociones sostenidas en las más diversas tradiciones  esotéricas y espiritualistas. Unas pocas citas serían suficientes para confirmar esto:


                         ARTHUR EDDINGTON (1882-1944), astrónomo inglés, expresó:
                    "La materia del Universo es materia mental"

                          LOUIS DE BROGLIE (1892-1987), físico francés, creador de la
                     mecánica ondulatoria, premio Nobel de física en 1929, dijo: "En el espacio-tiempo
                     todo lo que para uno de nosotros constituye el pasado, el presente y el futuro, aparece
                     en un bloque".

                          JEAN CHARON, físico moderno, señala en el prefacio de su brillante obra El Espíritu,
                     este desconocido:  "Para percibir de un modo completo y satisfactorio la estructura y las
                     propiedades de ciertas partículas elementales, es necesario hacer intervenir un espacio-tiempo
                     particular, presentando todas las características de un espacio-tiempo del Espíritu, acompañado
                     de la materia bruta"

    En estrecha relación con los físicos cuánticos, los nuevos psicólogos nos están invitando a un cambio de actitud para que abramos nuestras mentes a otras realidades. Probablemente, KARL GUSTAV JUNG representa para el mundo de la psicología la misma experiencia revolucionaria que significaron PLANCK y EINSTEIN en la física, cuando colocó las bases para una interpretación espiritualista del hombre que privilegiase su naturaleza trascendente. Le seguirán, ABRAHAM MASLOW con su propuesta humanista; ROBERTO ASSAGIOLI fundando la psicosíntesis; STANISLAV GROF desarrollando las técnicas de la respiración holotrópica; CHARLES TART, KEN WILBER, DANIEL COLEMAN, ROBERT ORNSTEIN, pioneros de la psicología transpersonal; RAYMOND MOODY, MORRIS NETHERTON, EDITH FIORE, HELEN WAMBACH, abriendo paso con sus experiencias cercanas a la muerte y las regresiones a otras vidas.
    En esta nueva visión de la realidad, que muestra una nueva imagen del Universo y del hombre, ya no parece imposible que el mundo del espíritu pueda reconciliarse con la ciencia. Observando atentamente la evolución de los acontecimientos en la historia, es evidente que la civilización se encuentra hoy ante la presencia de nuevos paradigmas científicos que señalan al hombre perspectivas y horizontes diferentes.
     Paradigma es un término acuñado por el historiador y filósofo de la ciencia norteamericano THOMAS KUHN (1922-1996) en su obra La estructura de las revoluciones científicas, que alude a los sistemas conceptuales que dominan el pensamiento de las comunidades científicas durante períodos determinados de la evolución de la ciencia. Así, se podrían mencionar como ejemplos de paradigmas antiguos y modernos, la lógica aristotélica, la teoría heliocéntrica, el dualismo cartesiano, el evolucionismo darwiniano, la mecánica newtoniana, la relatividad einsteniana, etc. KUHN propuso la división de la ciencia en normal, elaborada por la comunidad científica y fundada en un paradigma que sirve de base a los avances posteriores, y anormal, que se produce como consecuencia del derrumbe del paradigma vigente, debido a la aparición de anomalías que no son satisfactoriamente explicadas. Esta situación de crisis finalmente se resuelve con la sustitución de un paradigma por otro nuevo.
    Los nuevos conceptos que se derivan de la física, la psicología o la parapsicología modernas, constituyen sin duda un nuevo paradigma que transforma sustancialmente la visión del hombre y del mundo, pero aun así, falta todavía allí un elemento central que explícitamente sea colocado en el centro del paradigma: el ESPÍRITU HUMANO, factor dinámico de la vida, preexistente al nacimiento y superviviente a la muerte, que progresa indefinidamente, en múltiples existencias, siguiendo la infinita trayectoria de su evolución cósmica.
    Y el Espiritismo la escuela de pensamiento que aborda de un modo más completo el estudio del espíritu y facilita el entendimiento de los principios y leyes que lo dirigen. Habiendo tenido su fundador y codificador en ALLAN KARDEC, hombre de ciencia y pensador profundo, que asumió plenamente su misión histórica y espiritual, se puede afirmar con toda naturalidad que el Espiritismo es un auténtico paradigma científico. La cultura y la pedagogía de KARDEC se muestran de cuerpo completo en toda su obra, para hacer del paradigma espírita un modelo admirablemente coherente y compatible con los desarrollos de la ciencia, ante los cuales, el Espiritismo se coloca en una actitud abierta para incorporar sus nuevos descubrimientos.
    Conforme a la visión kuhniana, el Espiritismo ha identificado problemas científicos legítimos, relacionados con "el estudio del origen, la naturaleza y el destino del espíritu y de sus relaciones con el mundo corporal"; presenta una metodología que permite llevar a cabo los experimentos científicos, apoyada en el intercambio mediúmnico con los espíritus y en una vasta fenomenología psíquica: y expone los más adecuados criterios para evaluar los datos obtenidos, guiándose por el análisis lógico y racional.
    Las aproximaciones hacia el conocimiento de la realidad espiritual que se consiguen desde la física cuántica, la psicología transpersonal, la parapsicología y las escuelas esotéricas, son valiosas e importantes, pero seguirán incompletas hasta que se sumen al paradigma kardeciano, que es la base natural y legítima de la Ciencia del Espíritu.
    Con el definitivo reconocimiento de los principios espíritas, culminará el proceso de sustitución del antiguo paradigma mecanicista-materialista y dogmático-religioso que dominó durante dos milenios de nuestra historia, y el mundo se abrirá al nuevo paradigma científico-espiritualista, que ya se otea en el horizonte del tercer milenio. Un paradigma que reúne ciencia y conciencia; que brilla por su disposición ecológica hacia el respeto y la preservación de la vida y de la naturaleza; por su visión holística, en la cual se concibe al hombre como una entidad dinámica e integrada de corte bio-psico-socio-espiritual. y por el impulso que brinda al comportamiento altruista, solidario y fraterno, dirigido a la edificación de un mundo hermoso, libre, justo, igualitario y amoroso, como el que han pensado y han soñado los seres que con su luz, con su ejemplo y con su esfuerzo han promovido la transformación de nuestra humanidad.

    ¡Cuando esto acontezca, se habrá cumplido la misión del Espiritismo!
  
Extraído de la obra FUNDAMENTOS DEL ESPIRITISMO, del Profesor Jon Aizpúrua.
Publicado por Ediciones CIMA. Caracas, Venezuela. 2000

domingo, 8 de abril de 2012

LA DEFENSA DEL INDIVIDUO CONTRA LA
MUERTE
Charles Richet

Existes y no es preciso emplear esfuerzos para enérgicamente defender tu existencia, o sea, obedecer a la fuerza que te ha sacado de la nada; esa fuerza se ha asegurado de tu obediencia por procedimientos bien sencillos, los instintos protectores, irresistibles, instintos comunes a todos los seres vivos.
Esos instintos protectores, de modalidades tan diversas, son de tal forma universales, están de tal forma adaptados a una protección eficaz, que sería locura atribuirlos al azar. ¡Cómo! ¡Para asegurar la vida en la superficie terrestre habría un azar, azar maravillosamente dispuesto, prolongado durante miles de siglos, propagándose sin excepción a todas las especies animales! ¡No! No fue el azar lo que ha creado esos instintos casi divinos, sobrehumanos en todos los casos, el miedo, la repulsa, el dolor, el hambre, el horror a la muerte.
A.- EL MIEDO.- El miedo es un instinto universal, ante un movimiento brusco o un ruido violento, frente a lo  inesperado, el animal, ya se trate de un insecto, un pez, un pájaro, un ciervo o incluso un hombre, huirá. No es necesaria iniciación alguna, son los reflejos psíquicos fatales, a los cuales aquéllos inmediatamente obedecen, antes incluso de asegurarse de la existencia de un peligro. Los animales domésticos (maleados por la domesticidad) pueden ser adiestrados y no huir. Pero a no ser que estén sabiamente enseñados, no se resisten a ese primer impulso.
B. - EL VÉRTIGO - El miedo especial que el hábito y la educación llegan (aunque con dificultad) a vencer es el vértigo, un tipo de miedo instintivo.
No se ha llevado a cabo todavía estudio alguno, al menos que yo sepa, sobre el vértigo en los animales. Estoy seguro  de que las cabras monteses, saltando alegremente por los precipicios, no sienten, ciertamente, nada que se asemeje a nuestros temores respecto de los abismos.
En el hombre lo que caracteriza al vértigo, pese a toda su  voluntad, es la inhibición de movimientos; él se queda como pegado al suelo. Sus piernas se doblan y se niegan a cualquier movimiento. El coraje y la inteligencia nada más pueden hacer. No puedo dejar de admirar realmente, la sospecha que tiene la Naturaleza acerca de nuestra inteligencia, puesto que ella nos ha infundido con todo imperio ese terror por los abismos.
Se trata de defender nuestra vida. Ahora bien, la Naturaleza, esa vieja dama, que Joseph de Maistre decía desconocer, se ha dedicado, no obstante, a protegerlo. Probablemente J. de Maistre hubiera padecido vértigo, si fuese compelido a atravesar por una estrecha tabla, sin amparo, sobre un despeñadero abrupto.
C. - LA REPULSA. - Otro sentimiento protector sin el cual probablemente toda la vida animal hubiera hace mucho desaparecido de la faz de la Tierra, es la repulsa por las sustancias infecciosas o tóxicas. Comparad una confitería con una farmacia. Todo en la confitería es apetitoso, porque se trata de alimentos necesarios para la vida y agradables al paladar, mientras que en la farmacia todo es detestable y nauseabundo. Los medicamentos que allí se venden – puesto que son venenos – son todos de un sabor execrable. Esos venenos, aunque sea en dosis mínimas (por ejemplo, una centésima de miligramo de estricnina) son aún desagradablemente amargos; todos los alcaloides están en este caso (quinina, atropina, cocaína, nicotina).
Seguramente si son amargos no es por casualidad, sino porque son tóxicos y la Naturaleza, tratando de preservarnos de los venenos, los ha hecho amargos.
Frecuentemente nos admiramos de que los herbívoros que van a pacer a regiones que les son desconocidas, en las cuales germinan plantas diferentes y tóxicas, jamás se envenenen. Pero eso en nada nos sorprende. Como a los hombres, los venenos inspiran repulsa a los animales. Hay, no obstante, algunas excepciones. Ciertas setas muy tóxicas no inspiran repulsa. Entre los hombres también hay casos (relativamente frecuentes) de muerte causada por setas, pero entre los animales no conozco casos semejantes. Las setas jamás entran en el consumo alimenticio de los animales.
D. - EL DOLOR. - La mejor definición que se puede dar del dolor es esta: una sensación tal, que no se desea continuar sintiendo o sufrirla nuevamente. Una quemadura, un corte, una mordedura, una fractura, una neuralgia, un absceso, son causas de dolor, y entonces casi instintivamente empleamos todos los esfuerzos para evitar quemaduras, cortes, fracturas. ¡Pues bien! Es el miedo al dolor y no la inteligencia lo que nos hace velar con tan prudente celo por la integridad de nuestra piel, de nuestra querida piel.
No se debe, pues, maldecir más el dolor que el miedo. Es el dolor lo que nos hace resistir a las intemperies. Estaríamos hace mucho congelados o quemados si no tuviésemos más que nuestra inteligencia para preservarnos del frío extremo y del calor excesivo. Lo que nos ha protegido ha sido el miedo al dolor que produciría un frío intenso o un calor extremo.
En realidad el dolor es la madre de todas nuestras  industrias. Si los hombres han edificado sus habitaciones, ha sido para poder dormir bien abrigado. Si han tejido sus vestimentas, ha sido para enfrentarse al invierno, porque no poseen, para defenderse, la gruesa piel de los animales.
E.- EL HAMBRE Y LA SED. - El hambre y la sed son sensaciones casi agradables, cuando empiezan, y cuando vemos a nuestro lado un repasto copioso y sabroso que nos aguarda. Pero esas dos sensaciones tutelares se convierten en verdaderas torturas cuando se prolongan sin esperanza alguna de alivio.
El hambre y la sed son las grandes protectoras de la vida.
En China, los fumadores de opio acaban muriéndose. Porque pierden la sensación del hambre. Entonces, por muy difícil que parezca, dejan de comer. Pero los fumadores de opio son excepcionales.
Todo animal para vivir tiene necesidad de agua, de carbono y nitrógeno nutritivos. Si el agua, el carbono y el nitrógeno le faltan, olvida todo y se enfrenta a los más espantosos peligros. Por el hambre se doman los más salvajes animales.
El hombre no es una excepción. En todas las sociedades, ya sean modernas o antiguas, el cuidado del pan cotidiano, como el de la oración dominical, es la preocupación universal. No hay política ni retórica que nos quite la obligación de comer, porque es preciso vivir.

F.- EL TEMOR A LA MUERTE.

Yo debería quizá insistir en esos magníficos instintos protectores: el miedo, la repulsa, el dolor y el hambre. Para estudiarlos detalladamente, cada uno de esos instintos merecería un libro, un gran libro; pero puedo demostrar aquí que todos tienen una misma causa, una causa profunda, tanto para el animal como para el hombre.
Todas esas poderosas sensaciones que nada tienen que ver con la inteligencia y dependen únicamente de nuestra constitución psicológica, se limitan a este deber inexorable: es menester vivir, es preciso escapar a la muerte.
Todos los seres, consciente o inconscientemente, se lanzan a la vida, todos los seres quieren vivir, todos los seres sienten horror a la muerte.
Entre los animales no existe el suicidio. Entre los hombres, a veces, la inteligencia es asaz vigorosa, para combatir e incluso dominar los sentimientos instintivos que preservan la vida.
Se dice que el suicidio es una cobardía. En mi opinión ese concepto es erróneo. Bien entendido, dejaremos de lado a los epilépticos, alienados, alcohólicos, que en un acceso furioso se ahorcan o se arrojan al agua. Es el delirio. No lo comentemos.
Pero hay individuos cuya razón parece sana, que, fríamente, deliberadamente, tras una prolongada premeditación, deciden abandonar el mundo de los vivos.
¡Pues bien! Tendré la temeridad de decir que debemos asombrarnos con ese coraje y casi admirarlo.
He aquí, por ejemplo, a un desventurado hombre atacado de cáncer de laringe o de lengua. A pesar del opio, padece dolores insoportables. Ya no puede hablar. Casi no puede alimentarse. Exhala un olor infecto. Se ha convertido en objeto de repulsa para aquellos que se le acercan y para sí mismo. El terrible mal progresa cada día, no le concede reposo. No hay esperanza alguna de curación. Además sabe que dentro de pocos días la muerte fatalmente terminará la siniestra e inútil agonía. Entonces ¿por qué prolongarla?
Otro individuo es condenado a muerte. Otrora la hoguera y el descuartizamiento, hoy la guillotina, pero el verdugo lo horroriza y algunas gotas de veneno lo libran de la espera angustiosa del momento fatal.

      En cambio, que un banquero que ha hecho malos negocios, que un enamorado abandonado, que un marido traicionado, que un jugador desafortunado, terminen sus desdichas con un suicidio, es realmente una necedad.
No obstante, lo repito, es necesaria una fuerza poco común, para pasar de la vida a la muerte y violentar el amor profundo, que ha animado a los miles de ancestros que nos han precedido.
En todo caso, el suicidio es una tremenda derogación de la ley de la vida, ley que la Naturaleza ha impuesto a todos sus hijos, con tanto imperio, que es casi imposible que pueda ser desobedecida por alguno de los seres vivos.
Pero no estás solo en el mundo, tienes hermanos humanos, semejantes tuyos, en los cuales es preciso pensar, pues también tienen el deber de vivir. Por tanto, si no te dejas absorber por un egoísmo siniestro, debes pensar en ellos, en su existencia, en su felicidad, curarles las heridas, secarles las lágrimas, aliviarles las tristezas, matarles el hambre, retardarles la muerte.
El deber de todo hombre no es solamente vivir, sino además proteger la vida y la felicidad de los hombres. Prolongar la vida de tus hermanos y hacérsela menos cruel, he aquí lo que se nos ha impuesto.
El mal es el dolor ajeno. Esa es la moral que otrora, en la bella y lejana época de mi juventud, fue mi propósito. Moral, a que, en el declinar de mi larga existencia, me he agarrado obstinadamente.
El horror a la muerte, común en todos los animales, es de tal intensidad en el hombre, que no se resigna casi nunca, a aceptar la muerte como fin último de su viaje.
Hasta los más degradados salvajes han imaginado aventuras prodigiosas después de la muerte, paraísos, Valhala, infiernos. Con más motivo los civilizados. La supervivencia es la base de todas las religiones.
Sería inexplicable si la ley natural no fuese más fuerte, que todas las creencias y todos los razonamientos.
En síntesis, la esencia de la civilización, es hacer más fácil y más sonriente, la existencia que la naturaleza nos impuso. Porque nosotros nada hemos innovado. No hay instintos nuevos. No hacemos más que marchar dócilmente.
En síntesis, la esencia de la civilización es hacer más fácil y más sonriente la existencia que la naturaleza nos impuso. Porque nosotros nada hemos innovado. No hay instintos nuevos. No hacemos más que marchar dócilmente por la senda de la vida universal.

Tomado del libro “La Gran Esperanza”

Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta
Desde Venezuela