"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

Después de abrir y mantener actualizados los blogs: CULTURA Y DIVULGACIÓN ESPÍRITAS y CENTRO VIRTUAL DE ESTUDIOS

ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



miércoles, 9 de abril de 2014

GRANDES FIGURAS EN EL HISTORIA DEL ESPIRITISMO ESPAÑOL: EL DR. MANUEL AUSÓ Y MONZÓ

by idafe

BREVE BIOGRAFÍA DEL DR. MANUEL AUSÓ Y MONZÓ

Manuel Ausó y Monzó 01Nació Manuel Ausó y Monzó en la ciudad de Alicante el 8 de diciembre de 1814. Desde niño mostró una gran afición al estudio y sus padres, aunque con escasos recursos, procuraron darle una educación conforme a las aspiraciones y aptitudes del joven.

Realizó sus primeros estudios en el convento de San Francisco, en Alicante, cursó Filosofía en Santo Domingo de Orihuela y comenzó en Madrid la carrera de Medicina, compartiendo también estos estudios en las Universidades de Valencia y Barcelona. Se licenció como Doctor en Medicina en Madrid en 1845, a los 29 años de edad.

Por convencimiento íntimo se declaró ferviente partidario de la medicación homeopática. Publicó, defendiéndola, muy notables trabajos, sosteniendo lúcidas polémicas en varias revistas científicas.

Mediante oposición, logró en 1844 la Cátedra de Historia Natural en el Instituto de Segunda Enseñanza de Alicante, llegando a ser Director interino del mismo. En ella se convirtió en maestro queridísimo de sus discípulos, entre los que se contaron muchos que luego llegaron a ser hombres notables. Allí enseñó los sanos y hermosos contenidos de la asignatura que le estaba encomendada, destacándose por su modo pedagógico claro, sencillo y al alcance de todas las inteligencias.

Durante las epidemias que asolaron la región en 1854, 1870 y 1885, demostró su valor y abnegación, acudiendo con sus grandes conocimientos médicos en socorro de los afectados, prodigando consuelos y auxilio.

Fue siempre demócrata ferviente en política y durante muchos años ocupó los primeros lugares entre los republicanos históricos de su región.

A él se debe la creación del Gabinete de Alicante, que fuera enriquecido sucesivamente con las colecciones de objetos geológicos y protohistóricos de la provincia, formadas a ruego suyo por el sabio geólogo Sr. Vilanova y Priera.

En 1868 creó la "Sociedad de Estudios Psicológicos", primer centro espiritista de Alicante. Siguiendo su ejemplo se fundaron otros muchos centros de estudio en la ciudad.

En 1872 se refundieron diversos centros espíritas, dando por resultado la creación de la "Sociedad Alicantina de Estudios Psicológicos", que le nombró su presidente. Esta Sociedad llegaría a tener más de 400 miembros, haciendo una gran labor de difusión en la región.

Poco después crearía la importante revista espiritista bautizada con el nombre de "La Revelación", que dirigió hasta poco antes de su muerte y en la que brilló como literato y profundo pensador. Tras su desencarnación, su sustituto en este menester sería otro destacado espiritista alicantino y colaborador suyo, Francisco Arqués Guerri.

Fue, en cuanto a las manifestaciones mediúmnicas, un hombre de convicción arraigada, pero que no se dejaba vencer sin pruebas. Allí donde aparecía el fenómeno Ausó inquiría, estudiaba, aquilataba y después admitía o rechazaba conforme a su sereno juicio y al imparcial resultado de sus investigaciones. Y aunque parezca mentira, la lealtad y rectitud científica en este terreno le valieron innumerables agravios, sufrimientos y sinsabores. Al tener conocimiento de las supuestas curas "milagrosas" que realizaba un famoso médium de apellido Baldaet, dedicó al asunto su clara inteligencia y los espiritistas fanáticos, que vieron aminorado el prestigio de su ídolo, acusaron al Dr. Ausó de interesado en el descrédito del médium, por la competencia que como sanador podía hacerle.

Pero Ausó nada había de temer en su conciencia limpia y tenía quien respondiera por él: los necesitados que encontraron siempre su mano cariñosa de padre que socorre y consuela; sus amigos y cuantos habían admirado su hermoso corazón de intachable ciudadano como hijo, esposo y padre, que supo hacerse querer de un pueblo entero. Todos ellos sabían de la imposibilidad de que un corazón tan abierto al bien y a la virtud, pudiera nunca albergar miras interesadas, nacidas del amor al dinero.

Ausó lo único que pretendía era buscar el medio de quitar la venda que cubría la inteligencia de muchos hermanos suyos, que demasiado encariñados con el curanderismo, no hallaban sitio en su cerebro para discutir con tino; Ausó ansiaba arrancar la careta a los que amparándose en ella, explotaban la buena fe de los demasiado creyentes y, estudiando el fenómeno, mostrar donde estaba el fraude y la mentira, el engaño y la superchería. Y por haber querido romper un ídolo de barro, por intentar tan sólo matar algunas ilusiones engañosas, le acusaron de envidioso, a él, que demostró tener talento de sobra para valer más que todos los curanderos juntos y alma tan noble y generosa como ruin y mezquina era la de sus detractores... Así amargaron en parte su vida, pero él, espíritu grande y sabio, supo olvidar y perdonar.

Fue socio corresponsal del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro y de la Academia Homeopática española.

Manuel Ausó y Monzó desencarnó el 25 de Enero de 1891, a la edad de 76 años, en su querida Alicante, ciudad que ha honrado su memoria bautizando una de sus calles con su nombre.

Dejó publicadas las siguientes obras:

"Baturrillo médico" ( Sainete), publicado en el folletín del periódico El Comercio; "Conferencia Agrícola celebrada el 25 de enero de 1880 en el Salón del Consulado de esta ciudad". Alicante, imprenta de José Marcili, 1880. Un folleto en 4.° de 27 páginas; "La Homeopatía. Colección de artículos publicados en el periódico El Graduador en contestación a los que D. Ricardo Fajarnés y D. Matías Domenech, insertaron en los diarios El Eco de la Provincia, y La Unión Democrática”, Alicante, imprenta de José Marcili y Oliver, 1881. Un tomo en 8.° de 414 páginas, "Instituto provincial de segunda enseñanza de Alicante. Programa de Historia natural y de Fisiología é Higiene, a los que ajustará sus explicaciones el Profesor de dichas asignaturas". Alicante, Establecimiento Tipográfico de José Marcili, 1884. Un folleto en 4.° de 24 páginas, y multitud de artículos sueltos, memorias y poesías.

Debe el Movimiento Espiritismo Español guardar como un tesoro la memoria de quien le consagró vida, inteligencia y alma; tengamos, pues, los espiritistas de la España del siglo XXI un recuerdo de gratitud y admiración para quien nos precedió en la siembra en esta tierra de los ideales del progreso humano.

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Recopilación y adaptación: Oscar M. García Rodríguez. Esta biografía está basada principalmente en un escrito homenaje publicado por la revista espírita madrileña "La Irradiación", en su nº 43, de 1º de diciembre de 1893, firmado por La Redacción.

Encabezamiento Manuel Ausó Y monzó

Manuel Ausó y Monzó 02Si yo hubiese aceptado como buena e indiscutible la educa­ción religiosa que recibí   de los autores de misdías - único alimento que se dio a mi espíritu para su adelanto - y a su vez el fanatismo de aquellos tiempos, tan feroz como intransigente, hubiera sentado sus reales en el santuario de mi con­ciencia, ahogando en sus primeros albores la noble y constante aspi­ración al progreso que sentía bullir incesantemente en el fondo de mi alma, yo hubiera sido, como tantos otros de mi época y de mis años, un católico, apostólico, romano, cortado a la usanza de los tiem­pos que corren y siempre refractario a toda idea grande y regene­radora; y sentados estos precedentes yo no hubiera sido jamás es­piritista.

Pero contra los deseos y las voluntades ajenas, nuestro es­píritu, libre como el aire y la luz, se encuentra ligado a las condi­ciones esenciales que le caracterizan, incomprensibles si se quiere, pero que le ayudan a levantarse potente por sus propios esfuerzos, para salirse fuera de la norma trazada por la voluntad y el capricho de los hombres, impulsándole a marchar impávido por el camino que su propia intuición le señala, para realizar más tarde cuanto le sea necesario a la consecución del fin providencial porque vino a la tierra. Y si así no fuese. ¿cómo se explicaría esa inclinación irresis­tible, esa fuerza superior a la voluntad, que siente latiren lo más profundo de su ser y que le obliga a ver las cuestiones más trascen­dentales y de comprensión más difícil, de un modo distinto, y con­trario a veces, de como se quieren imponer y grabar en el entendi­miento? Problema es este de solución difícil para las diferentes es­cuelas filosóficas, pero que el espiritismo aclara y resuelve fácilmente, poniéndolo al alcance de cuantos quieran examinar con recto a im­parcial criterio sus obras fundamentales y las doctrinas y las ense­ñanzas de los espíritus. Ni la educación religiosa que se recibe desde los primeros años de la vida en el seno de la familia, ni los conocimientos científicos que suelen adquirirse en las escuelas oficiales, son ni pueden ser en todos los casos, los factores que han de constituir el carácter moral é in­telectual del individuo.

O el espíritu acepta de buen grado y sin previo examen la edu­cación que recibe, o la rechaza con energía después de serio y dete­nido estudio. En el primer caso es como el ciego del Evangelio, que se deja guiar por otro ciego para precipitarse los dos en el hoyo. En el segundo, es el libre pensador que busca la verdad, y aprovechán­dose de su luz purísima admira extasiado la obra grandiosa y sublime de la Creación. El primero huye de Dios y de sus obras, que mira con desdén. El segundo le busca por todas partes, le sale al encuentro por todos los caminos, procura comprenderle en lo que le es posible y le alaba y glorifica contemplando sus encantadoras ma­ravillas.

Ansiando alcanzar mayores y más positivos progresos, viene el es­píritu a la vida material acompañado de intuiciones, más o menos claras, que han de servirle de guía en todo aquello que se propone realizar en esa nueva etapa de su eterna existencia, y en la que, si consigue curarse de los defectos e imperfecciones que entorpecieron su marcha en anteriores encarnaciones y al mismo tiempo borrar, me­diante el trabajo, la meditación y el estudio, los grandes errores que ofuscaron su entendimiento y le hicieron caminar por desconocidos y tortuosos senderos, habrá dado un gran paso en el camino de su adelanto y se habrá aproximado a Dios. En el caso contrario, que­dará estacionado, y después de perder todo el tiempo de una vida material, le pasará lo que al estudiante que perdió el curso y ha de empezarle de nuevo forzosamente. Volverá, pues, a la erraticidad, donde, por medios que nos son desconocidos, se preparará y fortale­cerá con voluntad y decisión más firmes, para encarnar de nuevo, con intuiciones más claras, en el mismo mundo o en otros acomoda­dos a las necesidades que reclame su situación, y conseguir, por medio del trabajo y la práctica del bien, su necesario e indispensable perfeccionamiento.

He aquí explicado, en breves palabras, el porqué yo he venido rechazando desde las primeras alboradas de mi inteligencia todo aque­llo que no se armonizaba con mi razón ni con el fin providencial que me trajo a este mundo, y porque también, sin grandes esfuerzos, he abandonado aquellas absurdas enseñanzas y aceptado con fe y en­tusiasmo la doctrina espiritista. Y caminando siempre en pos de la verdad en todos los órdenes de ideas, he militado sucesivamente y siguiendo siempre los impulsos de mi corazón, en las filas más avan­zadas de todo racional progreso, habiendo sido en política antiguo progresista primero, demócrata después y hoy republicano histórico. En medicina, después de conseguir los grados de licenciado y Doctor, principié mi práctica sin fe en las doctrinas que me enseñaron mis maestros, en las que no veía la luz que mi espíritu ansiaba, y cuan­do a consecuencia de un padecimiento crónico del pecho, con grandes y frecuentes hemorragias pulmonares, llegué hasta los umbrales de la muerte; desahuciado y sin esperanza alguna de recuperar mi salud, busqué en la medicina homeopática los consuelos que la alopatía me había negado, y conseguí con la suavidad y dulzura de sus racionales tratamientos restablecer completamente mi estado normal.

Esto pasaba el año 1851 y desde aquella época, y cada vez con más entusiasmo y fe, he seguido ejerciendo la medicina homeopática, consolando y aliviando a la humanidad en sus dolencias, así en tiem­pos normales como en las varias y horrorosas epidemias, tanto del cólera morbo como de la fiebre amarilla, que diezmaron varias veces esta desgraciada población, mi país natal, y que tan tristes recuerdos dejaron grabados en la memoria de sus habitantes.

En religión he sido siempre racionalista, y por esta causa acepté el Espiritismo en cuanto tuve la más ligera noción de esta doctrina, que está en perfecta armonía con las divinas enseñanzas de Jesús; que tantos consuelos dan incesantemente al peregrino de la tierra, y cuyos fulgores, si iluminaran como fuera debido la conciencia de los pueblos, mejorarían las condiciones de la humanidad y regene­rarían completamente el mundo.

El año 1871, acompañado de uno de mis hijos, medico homeó­pata también, nos trasladamos a la inmediata villa de Aspe, donde mi hermano mayor tenía su residencia, con objeto de pasar en su compañía los últimos días de la semana santa. Mi hermano, que ya no está en este mundo, era también libre pensador, conocía muy bien la Biblia y defendía; cuando la ocasión se presentaba, con muy buen criterio y abundancia de datos bíblicos, la doctrina de Jesús, contra las absurdas enseñanzas de los hombres. Le pasaba lo que a mí; nin­gún vestigio guardaba en su alma de la educación religiosa que, como yo, había recibido en el hogar doméstico, ni nada tampoco de aquellas absurdas y ridículas doctrinas que había recibido de los frailes. Él había tenido, antes que yo, la dicha de conocer el Espi­ritismo, y al vernos en su casa sin previo aviso y en días de reco­gimiento para la generalidad de las gentes, creyó que aquella visita tan inesperada tenía otro objeto, y que éste era el averiguar lo que respecto del Espiritismo había de verdad, recelando por qué extraño conducto podía haber llegado este asunto a nuestra noticia. Mas, al ver nuestro silencio y nuestra indiferencia para todo lo que se re­lacionaba con esta idea que tanto llamaba su atención, se vio en la necesidad de declararse, refiriéndonos toda la historia de su rápida y firme conversión al Espiritismo. Nos enseñó el “Libro de los Espí­ritus”, el “Libro de los Médiums”, el “Evangelio según el Espiritismo”, obras de Allan Kardec fundamentales de la nueva doctrina y a cuyo estudio se hallaba entonces dedicado. Y después de hablarnos mucho sobre este particular, que ya nos iba atrayendo y preocupando también, para que no nos quedase género alguno de duda, nos acompañó a casa de uno de sus amigos, donde había una médium y se recibían comunicaciones por medio del trípode. Nuestra sorpresa y nuestro asombro fueron tan grandes, como grande era y trascendental el asunto que lo motivaba. Yo evoqué sucesivamente a los espíritus de mi madre y mis hermanos, recibiendo de ellos saludables consejos y consoladoras frases; y desde aquel instante el hecho de la comuni­cación con los espíritus fue para mí indudable, y convencido de esta gran verdad me declaré espiritista. Mi conversión a esta nueva doc­trina debía estar preparada con mucha antelación, ya que tan fácil me fue recorrer con rápida y vertiginosa mirada sus vastos y lumi­nosos horizontes.

¿Quién había de esperar ni de creer que de un pequeño pueblo de la provincia había yo de traer a la capital, grabada ya en el fondo de mi alma, la idea espiritista para propagarla y defenderla? Así es que, en cuanto volví a Alicante encargué libros y al poco tiempo y dada publicidad a la idea, se crearon centros que funcionaron con orden y regularidad, se desarrollaron médiums y más tarde veía la luz un periódico, "La Revelación", propagador y defensor de las nuevas ideas, y de cuya publicación, aunque inmerecidamente, fui luego y continúo siendo director.

Los que aceptan y propagan ideas basadas en un error, el más funesto y trascendental de todos los errores, y en los asuntos de la más alta importancia para el bienestar presente y futuro de la humani­dad, la dirigen con los ojos vendados, adormecida y esclavizada la inteligencia, por tortuosos senderos que han de conducirla más tarde al abismo de su perdición, se hacen reos de lesa conciencia y faltan a sus más sagrados deberes, aprisionándola con su torpe conducta en las redes de la superstición y del fanatismo y saturando su alma de los errores más funestos. ¿Por qué en vez de esto no enseñan la luz radiante de la verdad que brilla inextinguible en las páginas del Evangelio, en ese libro tres veces santo, cuyas cristalinas aguas re­generarían el mundo si se ofrecieran en su nativa pureza como sa­ludable bebida al sediento peregrino de la tierra? ¡Oh! Si esa doctrina bienhechora, única que ha brotado de los divinos labios de Jesús, la hubieran enseñado en todos tiempos los que tienen el deber ine­ludible de extenderla y propagarla por el mundo, otra sería la suerte de la generación actual, que no puede verse libre de la funesta le­vadura que tiene contaminada su sangre y que ha menester siglos y esfuerzos sobrehumanos para verla completamente regenerada. Sien­do esta la causa de mayor influencia y el más grande obstáculo que se opone hoy al triunfo rápido y definitivo del Espiritismo.

¡Ley santa del progreso, yo te saludo con la más dulce emoción de mi alma y te bendigo con júbilo! Tú te reflejas en todos los ac­tos de nuestra vida, inundas de vivísima luz nuestra almay con tus claridades purísimas, estereotipas en lo más recóndito de nuestro ser tus divinos y sacrosantos preceptos. Tú, con la magia poderosa de la verdad que difundes, levantas del cieno de la superstición y del fanatismo a cuantos en ti se inspiran, destruyendo en brevísimos instantes cuanto el trabajo de una educación sin fundamento y de una enseñanza hipócrita levantaran en el transcurso del tiempo. Tú regeneras el mundo y las generaciones que pasaron, cegadas por el sol de tu justicia, huyen todavía despavoridas y avergonzadas, para ocultar en los abismos insondables del no ser, su torpe conducta, sus punibles veleidades, sus grandes vicios, sus funestos errores y su asquerosa hipocresía, para dar paso a la luz que brilla, como nuevo y esplendoroso sol, en las doradas páginas del Espiritismo.

Me manifiesta usted, señor Director, en apreciabilísima carta, que mi firma hace falta en el Álbum biográfico espiritista que viene publi­cando la ilustrada revista que usted tan dignamente dirige y en la cual reputados escritores, con galana frase, elevados conceptos y correcto estilo, siguen embelleciendo con general aplauso y gran contenta­miento sus interesantes páginas. Y como una sola palabra de usted la entiendo como si fuese un mandato y son, por otro lado, tan grandes el cariño y la amistad que le profeso, no he titubeado un sólo ins­tante en dar satisfacción a sus deseos, en la medida de mis fuerzas y en lo que ha permitido el tiempo de que actualmente puedo dis­poner, sintiendo que la escasez de mis luces, mi   insuficiencia y mi pobre palabra, no me hayan permitido decir más y mejor de cómo he venido al campo del Espiritismo. Pero si así y todo he consegui­do llevar mi grano de arena al suntuoso edificio que se levanta, para bien del mundo, en el vasto océano de la conciencia universal, y del cual es usted uno de sus más valiosos y esclarecidos obreros, yo que­daré recompensado de este pequeño e insignificante trabajo y com­pletísimamente satisfecho.

                                                                                      Manuel Ausó Monzó

                                                                                      Alicante, Enero de 1884.

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