"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



lunes, 11 de agosto de 2014




CAMILLE FLAMMARION, ESTRELLA
DEL ESPIRITISMO CIENTÍFICO

por
J E A N - LO U I S P E T I T

D O S S I E R
LA PLURALIDAD DE LOS MUNDOS

LE JOURNAL SPIRITE N° 97 juillet 2014


Ese joven que se complace con el espectáculo de
las estrellas y que nunca tendrá estudios superiores
frecuentará durante cerca de sesenta años la élite del
mundo científico. Será colmado de honores y recibido
por los soberanos. Todo le saldrá bien. Y sin embargo, es
la muerte lo que le interesará, hasta que la encuentre él
mismo después de haber predicado incansablemente
a contracorriente en favor de los mundos habitados.
¿Cómo abordar esta meteórica carrera de múltiples
facetas?
 
Comencemos por la deslumbrante carrera del astrónomo
Los eruditos no reparan sino en la vida del astrónomo.
Camille Flammarion nació el 26 de febrero de 1842, en
una gran aldea rural, Montigny le Roi, entre Langres y
Chaumont. Recibe la enseñanza del cura local, heredero
de las luces y del instructor. Descubre la naturaleza.
Las dificultades obligan a su familia a llevarlo al Yonne,
donde será tomado a cargo por el hijo de un cura de la
Revolución fiel a los valores humanistas (el padre había
sido cura constitucional durante la Revolución, se había
casado y tuvo dos hijos). La bóveda celeste provoca, en
él, profundas meditaciones. En octubre de 1847, a los
cinco años, asiste a su primer eclipse de sol. Desgraciadamente,
sus padres arruinados, partirán a París en
1853. Lo dejan en el lugar. Su madre siempre soñó con
un hijo que tomara los hábitos. Forma parte entonces
de la coral de la catedral de Langres. Se le asegura algo
de cultura general, sobre todo religiosa. Debe cantar en
todos los oficios. Primero será sensible a la pompa y a
la liturgia, pero las amenazas infernales lo desalientan
y cortan con el humanismo de sus primeros maestros.
Las disciplinas vinculadas a la naturaleza le atraen cada
vez más. Le hacen falta sus padres y sufre por carencia
de dinero. Antes de los quince años, conoce el mapa de
las estrellas.
En 1856 se reúne con sus padres en París, pero debe
ganarse la vida, como aprendiz con un grabador-cincelador.
Estudia solo por la noche y se gana el apodo
de “pequeño sabio”, gracias a las clases nocturnas.
Descubre también el Jardín botánico y la astronomía; se
apasiona por las ciencias. No sabe cómo dejar su situación
de obrero y se consuela escribiendo para sí mismo
una Cosmogonía Universal de quinientas páginas y
ciento cincuenta dibujos. Cae enfermo por sus excesos
de vigilia y recibe la visita de un joven médico. Éste se fija
en la Cosmogonía Universal
que lo alucina y se la envía al
astrónomo Le Verrier, director
del Observatorio de París,
que lo contrata enseguida.
Es el comienzo, en 1858, de
una carrera de aprendiz de
astrónomo en la “Dirección de
Cálculos del Observatorio” de
París. No tiene entonces sino dieciséis años. Esta bella
denominación esconde un trabajo oscuro e ingrato:
ordenar cálculos todo el día. Urbain Le Verrier no es
un astrónomo observador, sino un matemático que se
entrega a cálculos de la trayectoria de los astros, a partir
de las observaciones hechas por otros.
Camille lee los tratados de Arago, fallecido en 1853,
tales como La Astronomía Popular, que sabía expresar
en forma simple y cautivadora los descubrimientos
de su tiempo. Es la astronomía lo que seduce al joven.
Discretamente consigue el derecho de llegar al gran
telescopio del Observatorio. Su imaginación se decuplica.
Llega justo en el momento en que esta ciencia
hace enormes progresos. Estudia todo lo que se
publica sobre el Universo. Muy pronto se convence de
que la Tierra no puede ser el único mundo habitado
en el Universo y lo escribe. Será La pluralidad de los
Mundos habitados, publicado en 1862. Aún no tiene
veinte años. Rápidamente se agotarán varias ediciones.
Un extracto ubica bien el tema: “La vida es una ley de
la naturaleza, se desborda en la Tierra por todas partes,
como en una copa demasiado estrecha para contenerla,
y los demás mundos nos darán el mismo testimonio
cuando sepamos descubrirlo”.
Allí se resume toda su filosofía.
En cambio, Urbain Le
Verrier no lo aprecia; y lo
echa a la calle. El clero oficial
lo coloca en la picota pero, en
conjunto, el mundo intelectual
y científico reaccionan
favorablemente.
Pero ya goza de relaciones. Delaunay, enemigo jurado
de Le Verrier, lo contrata inmediatamente para la
“Dirección de Longitudes” donde se inicia esta vez en el
verdadero cálculo astronómico. Siempre lee todo sobre
la ciencia, husmea en todas las bibliotecas y sabe hablar
de lo que le apasiona. Es contactado por los directores
de publicaciones científicas que por entonces se
multiplican, dentro de un objetivo de vulgarización.
Comienza una larga colaboración en la revista Cosmos,
donde recupera la rúbrica astronomía. Sobresale allí.
Se le piden otras. Completa La pluralidad de los Mundos
Habitados, y escribe los siguientes: Los Mundos imaginarios
y Los Mundos reales, reeditados sin cesar desde 1865
hasta 1911.
Retomará la observación con un pequeño telescopio
personal, y luego con el del Observatorio, con el que
reanudará los contactos. Es reconocido por el mundo
científico como un vulgarizador científico de inmensos
conocimientos y con extraordinarias capacidades de
clarificación, pero es atraído sobre todo por la astronomía.
Según él es la reina de las ciencias, puesto que
abarca el Universo y los misterios de la Creación. Ingresa
al gran periódico Le Siècle, en 1865, a los veinticinco años,
se convierte en orador en la Escuela Politécnica y luego
en otros círculos más mundanos. Cada vez disfruta de
sala llena. Desde entonces es rico y célebre; se dirige
también al extranjero. Su gloria culmina en 1879 con
un libro editado por su hermano Ernest Flammarion La
Astronomía popular, éxito mundial en varias versiones
con más de ciento treinta mil ejemplares.
Difunde en forma novelada y poética todos los conocimientos
de la época sobre el Universo. Se ha convertido
en la referencia científica nacional e internacional. Pero
no olvida su pasado. Será entonces uno de los pioneros
del movimiento de educación popular junto con Jean
Macé y Léon Denis. Es uno de los fundadores de la Liga
de la Enseñanza, que milita a favor de la escuela gratuita
y obligatoria. Saca de la miseria a sus padres y ayuda a
lanzar los movimientos de educación popular. No sólo
encuentra la gloria, sino también el amor y la fortuna.
Tendrá dos esposas sucesivas: Sylvie Petiot que también
será su secretaria hasta su muerte, y luego su nueva
secretaria, Gabrielle Renaudot, que tiene treinta y cinco
años menos que él, pero que igualmente se consagrará
a él en cuerpo y alma. Un admirador de su obra, el Sr.
Meret, le ofrecerá más en 1883, una propiedad completa
y una fortuna destinada a crear, en Juvisy, sobre
doscientas hectáreas, el observatorio de sus sueños.
Allí instala un telescopio moderno y contrata a otro
astrónomo para realizar un programa de observaciones
científicas reconocidas por todos. Juntos, trabajarán
sobre la Luna y Marte, al que aprecia particularmente
y que cree habitado. Demostrará la importancia de las
erupciones solares, especialmente sobre la vegetación,
se interesará también por las estrellas dobles sobre las
que redactará estudios muy apreciados. Su inmensa
curiosidad le lleva también a cultivar la meteorología.
Estudia también el efecto de la luz y los colores sobre las
plantas. Publica mucho y crea dos periódicos, entre ellos
L’Astronomie, y una sociedad científica, la Sociedad Astronómica
de Francia, creada en 1897 y que todavía existe.
Es también un asombroso aprovechador de su imagen.
Organizará espectáculos, como la repetición, en 1902,
del experimento del péndulo de Foucault bajo las
bóvedas del Panteón así como una suntuosa fiesta del
solsticio de verano en la cumbre de la Torre Eiffel. Fue él
quien, en mayo de 1910, estuvo encargado de disipar
el miedo pánico provocado por el paso del cometa
Halley: “¡No, el fin del mundo no llegará el próximo 19
de mayo!”
A veces será menos afortunado, y aceptará asociar
su imagen a vulgares publicidades. Cada año, o casi,
su público lo vuelve a encontrar. Citemos: Les Etoiles
et les curiosités du ciel, Lumen, y luego, hacia el final
de sus días, Uranie y Stella. El astrónomo, colmado
de honores, evoca sus convicciones de pureza vinculadas
al amor y su esperanza de una vida aún mejor
en el más allá y luego de otras vidas en otros mundos.
Con él, numerosas personas descubrirán una vocación
de astrónomos aficionados. Es el representante
reconocido de una creencia muy compartida en su
siglo, de un progreso casi indefinido de la ciencia
y de las técnicas, que acabará por explicarlo todo.
Se apasionará por la aeronáutica y hará numerosas
ascensiones en globo, especialmente en su viaje de
bodas. Siempre será un decidido pacifista, participará
en la guerra de 1870, y conocerá la Comuna sin
participar en ella. El retorno de la barbarie en 1914 lo
dejará abatido y dolido. Morirá en 1925, a los ochenta
y tres años, en los brazos de su segunda esposa,
Gabrielle, siempre en plena gloria.
 
La carrera del espírita
También se interesó mucho por el espiritismo, entonces
en pleno apogeo. Dos períodos se suceden en su vida
de espírita.
 
El neófito entusiasta, amigo personal de Allan Kardec
Curioso por todo, Camille Flammarion adquiere
El Libro de los Espíritus. En 1861 es invitado a sus
primeras experiencias de mesas giratorias, y se
inscribe en la Sociedad parisiense de estudios espíritas.
Se convierte en secretario de sesiones y conoce
a Allan Kardec. El espiritismo está entonces en plena
expansión. Los dos hombres simpatizan. Camille va
de descubrimiento en descubrimiento y muestra un
gran entusiasmo. Dialoga con múltiples Espíritus entre
ellos el de Galileo y cree cada vez con más firmeza
que sí es el más allá el que se manifiesta; la muerte no
existe. Escribe: “Las comunicaciones han sido dictadas
por los propios Espíritus a los médiums designados y
destinados a probarte que los seres queridos que has
amado en la Tierra y que se han despojado de su envoltura
corporal, aún pueden conversar contigo”. En 1862
publica Les Habitants de l’autre monde. Révélation
d’outre-tombe (Los Habitantes del otro mundo. Revelación
de ultratumba). También escribe en la Revue
Spirite y defiende el espiritismo en la Revue Française.
Ya no vacila en tomar distancia del clero católico,
para el que la comunicación con los Espíritus no es
sino trato con el demonio. En 1865 escribirá un libro
muy completo, pero bajo un seudónimo, sobre la
práctica de los hermanos Davenport, espíritas cuya
gira por Francia desata pasiones y redacta, a pedido
de Allan Kardec, un capítulo completo del libro La
Génesis, los milagros y las predicciones según el espiritismo,
que no firma. Cuando muere Allan Kardec,
él es percibido siempre por el mundo espírita como
uno de los mejores integrantes del movimiento. Será
uno de los cuatro oradores autorizados a honrar su
memoria durante el sepelio; allí defiende una concepción
científica del espiritismo. Sin embargo, durante
más de veinte años abandonará sus convicciones.
 
El silencio del científico parece ser una negación de su
entusiasmo

Entre 1869 y 1890, Flammarion desaparece del espiritismo.
Ha sufrido numerosos fraudes que su vigilancia
ha permitido descubrir. Presume de científico riguroso
y ha formado parte de las personas que imponen a
los médiums draconianos protocolos de sesión. Sin
duda ha temido que esas trampas comprometieran su
propia reputación. Sabe que el medio que lo hace vivir
es más racionalista y tradicional. Teme a su intolerancia.
Con Dieu dans la nature (Dios en la naturaleza) defiende
las ideas de Darwin sobre la evolución y retoma sus
ideas sobre los otros mundos habitados. En cambio,
estas audacias científicas ya no le parecen compatibles
con las sesiones espíritas oficiales. Camille Flammarion
no desea romper con sus lectores. Sylvie, su primera
esposa, está acostumbrada a un fastuoso tren de vida.
Todos los miércoles, hay tertulias en su casa. Él sabe
que el espiritismo es mal visto por la élite mundana
cuya comidilla son los diversos procesos entablados
contra los espíritas. Igualmente será muy influenciado
por las ideas metapsíquicas, antecesoras de nuestro
“paranormal” y frecuenta asiduamente al profesor
Richet. Como él, no niega la realidad de ciertos hechos
inexplicables, pero muy a menudo le parecen exteriorizaciones
de los poderes del médium. Conserva sin
embargo un discreto pie en el movimiento espírita. A
partir de 1890 volverá a organizar sesiones de comunicación
en su casa, y convocará, con una gran cantidad
de precauciones, a todos los grandes médiums de su
época: Eusapia Palladino, Franek Kluski, Eva Carrière,
etc. Curioso de todo, se interesa también por la
hipnosis y la fuerza del pensamiento así como por la
telepatía. Regresa pues a sus ideas. A la larga, es obligado
a alejarse del puntilloso pesimismo de Richet. Se
vuelve a aferrar a su terreno preferido, la observación.
La muerte lo acosa más que nunca; el 19 de marzo de
1899, gracias a un gran periódico, inicia una encuesta a
todos los niveles sobre los testimonios que se puedan
recoger sobre ella. Seleccionará setecientos ochenta
y seis casos entre la abundante documentación recibida,
y con ellos sacará dos series de libros sobre la
muerte, las casas encantadas y los fantasmas. Desde
entonces se confirma en su íntima convicción: “Desde
ahora sabemos, dice, que el hombre espiritual existe. Éste
muere; el primero no muere”. El erudito cierra el círculo
en su última obra, inconclusa, publicada recientemente:
“He adquirido la convicción de que el alma,
independiente del cuerpo que ella engendra, le sobrevive
y puede manifestarse después de la destrucción de la
materia que le servía de soporte”. Retoma allí el mensaje
espírita. Esta posición pretende ser rigurosamente
científica y seduce: en 1923, es nombrado Presidente
de la Society for Psychical Research, sociedad anglosajona
célebre por sus investigaciones sobre lo paranormal.
Fallece en 1925.

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