"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



martes, 24 de julio de 2012

                                                    ALFRED RUSEL WALLACE

EDITORIAL
GENESIS Y TEORÍAS DE LA EVOLUCIÓN
por
JACQUES PECCATTE

LE JOURNAL SPIRITE N°73 JULIO 2008
Según los principios fundamentales contenidos en el espiritismo kardecista, la historia de los orígenes está conforme a
los datos científicos generalmente admitidos. En su libro “La Génesis según el Espiritismo”, Allan Kardec había hecho
una síntesis general de la evolución de la Tierra y de la humanidad que correspondía a lo que se sabía para la época, en
particular a partir de las teorías de Lamarck y de Darwin. Estaba pues, en total adecuación con la ciencia en lo que se refiere
a la formación de la Tierra y la evolución progresiva de las especies. La única controversia que podía existir, y que es siempre
de actualidad, se basa en la forma de concebir la vida, ya sea desde un punto de vista materialista, o desde un punto de vista
espiritualista y más precisamente espírita, según un principio vital de origen divino. Así, la génesis vista a la luz del espiritismo, se
aparta totalmente de los conceptos religiosos y bíblicos, entrando de lleno en una modernidad que, en el siglo XIX, aún no estaba
en el orden del día para las religiones.
Todas las cosas deben estar ubicadas dentro de un contexto y de
una época, recordemos que Charles Darwin publicó su “Origen
de las Especies” en 1859, suscitando escandalizadas reacciones
entre los medios religiosos, aun cuando Lamarck había pasado
prácticamente desapercibido 50 años antes lanzando principios
bastante parecidos. Algunos años más tarde, en 1868, Allan
Kardec publicaba su “Génesis según el Espiritismo”, refiriéndose
a la vez a Lamarck y a Darwin, al menos en lo que concierne a la
evolución de las especies en el plano físico. Es por ello que, y ese
será el elemento más controvertido para la época, Allan Kardec
(con el apoyo de los mensajes espíritas a los cuales se refería),
no tuvo ningún problema en suscribir la idea de que el hombre
descendía del mono, según el principio de la diversificación
progresiva de las especies desde un punto de vista biológico.
Evidentemente aportó un enfoque nuevo y diferente respecto
a la fuerza vital y espiritual que regía esa evolución, pero es
importante subrayar que la concepción espírita se encontraba
en perfecta conformidad con las teorías científicas del momento,
y por lo mismo en oposición con los principios religiosos.
■ Transformismo y creacionismo
Fue en el siglo XIX cuando se desarrollaron las teorías modernas
del evolucionismo, dentro de un cuestionamiento definitivo al
creacionismo según la Biblia.
J-B Lamarck (1744-1825) dio un paso determinante dentro
de una nueva concepción de la evolución de las especies que
en general se resume así: la evolución tiene por una parte la
influencia del entorno sobre el desarrollo y las modificaciones de
los órganos, según su necesidad y su utilización, y por otra parte
la herencia de los caracteres adquiridos.
Charles Darwin (1809-1882) dentro de la estela de su predecesor,
él desarrolla más otra noción hasta entonces inédita: insiste en
la selección natural donde las modificaciones se operan a partir
de la lucha por la vida, lo que hace que los caracteres adquiridos
más resistentes y mejor adaptados formen parte de una selección
que explica la evolución progresiva de las especies.
Fue esencialmente a partir de estos dos precursores (aunque
siempre se olvide a Alfred Russel Wallace *), que se pudo
comprender cómo se han desarrollado las diferentes especies
vegetales y luego animales desde hace varios millones de años.
La ciencia había entrado por fin en una concepción teórica
que batía en brecha las ideas de generación espontánea o de
creación de las especies por un milagro divino. Esta última idea,
según la cual cada especie habría sido creada ex nihilo en un
período dado, para quedar luego en el mismo estado sin la menor
mutación, ha sido calificada de fijismo, teoría todavía defendida
por Georges Cuvier (1769-1832), quien fue uno de los primeros
precursores de un evolucionismo que aún no había considerado
el transformismo dentro de la modificación progresiva de las
especies que se diversificaban por ramas a partir de troncos
comunes.
Debemos recordar igualmente el aporte del sacerdote y paleoantropólogo
Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) quien,
aunque refiriéndose a los datos del darvinismo, daba su versión
deísta que insiste en la complicación creciente dentro de la
diversificación progresiva de las especies desde la ameba hasta
el hombre. Su obra, que es a veces una verdadera celebración
de lo divino, no fue sin embargo, admitida por la Iglesia y
permaneció largo tiempo colocada en el Índice antes de ser más
o menos tolerada por el Vaticano.
* Alfred Russel Wallace (1823-1913) estableció una teoría de
la evolución, prácticamente idéntica a la de Darwin, al mismo
tiempo que éste y sin conocerlo. Luego Wallace, convertido en
espírita, se desmarcó de Darwin, revisando en consecuencia sus
propias concepciones anteriores.
■ Los nuevos creacionismos
Con Teilhard de Chardin y otros pensadores de hoy, apareció una nueva versión del
creacionismo que, en oposición a los biblistas, es una forma de considerar la evolución del
mundo a partir de un impulso espiritual o divino, sin renegar por ello de los conocimientos
adquiridos del transformismo darviniano. Y es aquí donde hay que desconfiar de una mala
asimilación, debida a un simple problema de vocabulario: el creacionismo es un término
que sirve a la vez para designar dos teorías: la del génesis según la Biblia y la de una
complicación progresiva y transformista que integra la noción de divinidad. Este nuevo
creacionismo, pues, no tiene ya ninguna relación directa con las versiones simplistas de una
religión que hacía de Dios el origen milagroso de todas las cosas, creando de principio a fin
especies diferentes que no habrían sufrido ninguna mutación en el transcurso del tiempo (el
mito de Adán y Eva o el fijismo de Cuvier).
Hoy en día encontramos un neo-creacionismo en muchas teorías que recurren al designio
inteligente, o intelligent design, movimiento científico esencialmente norteamericano,
carente de toda dimensión religiosa, que estudia los signos de inteligencia en la evolución
del mundo y de las especies. Existen varios modelos teóricos que se refieren a este intelligent
design, modelos bastante parecidos unos a otros, que apelan más o menos a una forma de
neo-darvinismo, añadiendo diversos grados de elementos de selección natural, de azar, de
“azar canalizado”, de mutaciones bruscas y de un soporte inteligente que orienta la evolución
en cierta dirección. Entre los numerosos investigadores de hoy, se encuentra el biólogo y
parapsicólogo Rémy Chauvin (nacido en 1913), clasificado entre los creacionistas, aunque
repitámoslo, este término creacionista está mal adaptado para designar a las personas que
no consideran la creación en el sentido estricto del término, sino una evolución hecha de
mutaciones sucesivas a partir de un designio inteligente en el Universo.
■ El evolucionismo según el espiritismo
Volviendo a la obra de Allan Kardec, encontramos los principios fundamentales de fluido
universal y de impulso vital, integrando las nociones de espíritu, periespíritu y pulsión divina,
y planteando como dato esencial la preeminencia del espíritu sobre la materia. Se puede
acreditar entonces a nuestra cuenta la noción de designio inteligente, aunque dándole
una dimensión más fuerte o más espiritual que la comúnmente admitida por los teóricos
del intelligent design, al suponer una fuerza divina o espiritual indefinida que presidiría el
equilibrio del Universo. El espiritismo enseña, no sólo la existencia de esta pulsión divina
inteligente y organizadora, sino también la de espíritus individualizados, procedentes ellos
mismos de la divinidad. Dentro de la diversidad de la naturaleza tal y como se presenta
actualmente en la Tierra, puede decirse que toda forma de vida es espiritualizada, y que
aun a nivel del mineral, la estructura molecular recurre a un principio organizador sin el
cual sería el caos, lo que a veces ha hecho decir en forma abreviada que “en todo hay
espíritu”. Y sea como sea, podemos tener cierta aproximación a partir de los datos de la
física cuántica, cuando se habla de granos de energía a nivel de los elementos más ínfimos
de la materia, y que parecerían reaccionar o interactuar de manera inteligente.
Respecto a lo que llamamos la vida, y partiendo entonces de los primeros protozoarios a
partir de los cuales la vida se hizo más compleja hacia las plantas y luego más tarde hacia
las especies animales, vemos detrás de esta evolución un impulso vital de origen espiritual
que sirve de soporte a los progresivos cambios, incluso a las sucesivas mutaciones.
Percibimos aún mejor este impulso vital a nivel de los animales superiores de los que hace
parte la especie humana, refiriéndonos a la estructura doble de un espíritu acompañado
por su periespíritu, en los seres individualizados. El impulso es dado por el espíritu y la
transmisión al cuerpo físico se hace a través del periespíritu que es el vínculo energético
indispensable para esta transmisión. Así, la evolución de una especie animal superior (la
especie humana por ejemplo), si bien es esencialmente tributaria de factores genéticos, es
también en cierta medida, el resultado de una impregnación vital y espiritual de nuestros
espíritus encarnados que se transmite por el periespíritu.
Esta tesis espírita permite explicar cómo a partir de una especie animal (los grandes monos),
surgió la humanización hace alrededor de seis millones de años. ¿Cómo se pasó de una
especie animal a una especie humana que se desarrolló en tan poco tiempo (pues en la
escala de la evolución de las especies seis millones de años son un tiempo muy corto)? La
explicación espírita es esta: los primeros espíritus de tipo humanoide, procedentes de otros
mundos, encarnaron por primera vez en la Tierra utilizando los medios a su disposición, a
saber las especies animales mejor adaptadas a sus necesidades en la conformación física.
Encarnaron entonces en los antepasados del mono. Es así como bajo un impulso de seres
diferentes, reencarnando múltiples veces, la forma simiesca se transformó poco a poco para
dar nacimiento a una nueva especie, la raza humana que con el paso del tiempo se diferenció
radicalmente de sus lejanos primos, los monos (posición erguida, modificaciones fisiológicas
importantes, desarrollo de la herramienta, aprendizaje del dominio de la naturaleza y desarrollo
de la inteligencia reflexiva). Los primeros humanoides no se distinguían verdaderamente de
los grandes monos, pero fue con el pasar del tiempo que la especie humana se desarrolló,
pasando por el australopiteco, el pitecántropo, el neandertal, etc., bajo el impulso vital de
seres diferentes reencarnados en la Tierra para el desarrollo de una nueva raza cuya forma
más acabada es el homo sapiens de hoy.
Esta tesis aparecía ya en “La Génesis según el Espiritismo”, aunque persistía la alternativa
que incluye otra opción, punto sobre el cual Allan Kardec no decidió. La otra proposición
era esta: el espíritu humano se ha desarrollado en primer lugar como espíritu animal,
pasando de alguna manera por todo el escalafón antes de individualizarse y distinguirse
por una inteligencia diferente, progresando del instinto a la reflexión. Esta tesis podría hacer
suponer que toda la evolución completa de un espíritu se realizaría en un solo y único planeta,
pasando por diferentes especies animales consideradas como inferiores y cuyo resultado
superior sería el hombre. Así pues la peregrinación de las almas no franquearía las fronteras
de un planeta preciso, sabiendo por otra parte que los espíritus siempre han afirmado el
principio de pluralidad de los mundos habitados que están en diferentes grados de evolución.
No obstante, en “El Libro de los Espíritus” se encuentra la idea del paso de un mundo a
otro por necesidades evolutivas en “Pluralidad de las existencias” (capítulo IV). Esta idea de
reencarnación de un mundo al otro en los ciclos de vidas necesarios para la evolución es pues
una constante en el espiritismo de ayer y de hoy. ¿Cómo no pensar entonces, con toda lógica,
en planetas inferiores a la Tierra y que representan los primeros pasos dentro de la evolución,
planetas de cuyos seres están llamados a proseguir su ciclo evolutivo en mundos un poco
más adelantados, como la Tierra por ejemplo? Así de mundo en mundo, se establecen los
ciclos de vidas, ciclos necesarios para la evolución del espíritu para ir progresivamente hacia
su perfección. Y es igual para las categorías animales, espiritualmente diferentes a nosotros,
y que serán llamadas a una forma de convergencia en los mundos superiores.
■ ¿Qué queda del creacionismo?
A la luz del espiritismo, podemos establecer algunas grandes síntesis: fieles al transformismo
clásico heredado de Lamarck y de Darwin, apoyaremos de buena gana las tesis modernas
del designio inteligente o del designio divino. Pero les añadiremos los elementos espíritas
determinantes que son el principio vital y espiritual, el papel del espíritu y del periespíritu,
la reencarnación que participa en la evolución de las especies y la humanización que en un
tiempo dado se impuso en la Tierra bajo el impulso de seres que ya no eran de naturaleza
animal (espiritualmente hablando). Todos estos datos nos harán entrar incontestablemente
en la categoría de los “creacionistas”, aunque este término siga siendo inapropiado. Haría
falta inventar un nuevo concepto para entenderse bien sobre las palabras, como por ejemplo
transformismo espiritualista o evolucionismo espírita.
No es porque se hable de Dios o del impulso vital (caro al filósofo Bergson), que se deba
ser considerado sistemáticamente como pensadores neo-religiosos. Son una vez más los
adeptos al materialismo filosófico quienes, en nombre de la ciencia pura y dura, harán de
nuevo la amalgama entre religión y espiritualidad, para a veces poner almismo nivel a los
Teilhard de Chardin (1881-1955) que se valen de la Biblia y los que exponen la noción del designio divino.

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