"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



sábado, 27 de abril de 2013

EL IMPULSO DIVINO Y EL UNIVERSO
por
F A B I E N N E T O U Z E T

EL CIELO Y LA TIERRA
DE AYER A HOY


DE ARISTÓTELES (-384, -322) A COPÉRNICO (1473 -
1543)

La imagen que prevalece entonces desde hace dos mil
años, es la del filósofo Aristóteles para quien la Tierra era
el centro inmutable del Universo. Los hombres pensaban
que vivían sobre una plataforma estable y que las estrellas
y el cielo giraban por encima de ellos.
Ningún cambio puede producirse en el cielo. La Tierra
es el mundo sublunar, mundo del cambio, de la vida, de
la muerte, el reino de la evolución. El cielo (o cosmos)
es la eternidad. Es un mundo perfecto e inmutable
cuyos constituyentes (Luna, Sol, Planetas, Estrellas)
están cada uno sobre esferas concéntricas, centradas
sobre la Tierra y que giran alrededor de ésta. El círculo
representa un movimiento fundamental y perfecto. Los
objetos más cercanos a la Tierra (la Luna y el Sol) giran
rápidamente. Los más alejados (las estrellas fijas) son
las más ideales, las más perfectas. Están en el origen de
todos los movimientos y no se desplazan. La Tierra está
en el centro, luego vienen la Luna, Mercurio, Venus, el Sol,
Marte, Júpiter y Saturno.
En su obra De la Física (350 a.C.), Aristóteles da esta
descripción del mundo, que ya había sido sugerida por
la escuela más antigua de los Pitagóricos y, al contrario
de la ciencia moderna, es fundamentalmente “intuitiva”.
Lo que le dará en parte su fuerza y su perennidad por
un período tan largo, es que se beneficia también de la
descripción precisa y cuantificada del movimiento de los
astros hecha por Ptolomeo, en su Almagesto conocido
bajo el nombre de La gran síntesis. Se trata de una teoría
matemática del movimiento de los cuerpos celestes,
basada en una combinación de movimientos circulares.
Así, utilizando combinaciones de círculos, Ptolomeo
consigue reproducir con una precisión bastante buena
para la época, los movimientos de los planetas en el cielo.
Este sistema permitía asimismo prever los eclipses de
Luna y de Sol, las conjunciones, etc., era pues globalmente
satisfactorio y muy útil para los astrólogos. Ello explica
por qué hasta Copérnico, el sistema de Ptolomeo fue
intensamente utilizado y estudiado.
La Iglesia adoptó la visión de Aristóteles pues establece
una clara separación entre el creador y la creación. El
cielo es el mundo donde reside la divinidad, y la Tierra
es el mundo de los hombres sometidos a la tentación.
Pero he aquí que un científico viene a declarar que eso
es falso y que en realidad, se vive sobre un pequeño
peñasco que gira alrededor de una estrella de fuego. En
su libro, Copérnico postula que el Sol está en el centro del
Universo y que los otros planetas giran alrededor de él
en este orden: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y
Saturno. Pero, él no va a ser el único perturbador en este
campo.
Estamos en 1543 y Nicolás Copérnico, canónigo y astrónomo polaco, muere. En los siglos que siguen, su libro De las
revoluciones cambiará la concepción de la visión del Universo. La ciencia moderna está en marcha y la feroz batalla
que la Iglesia le dedicará apenas comienza.

TYCHO BRAHE (1546 - 1601)
En Dinamarca, Tycho Brahe, un joven de la alta nobleza,
apasionado por la obra de Copérnico, decide consagrar su
vida a la astronomía.
En 1572, observa en un cielo que se considera que no
cambia, un evento que contradice la cosmología de
Aristóteles: una estrella desconocida brilla intensamente
en la base de la bóveda celeste. Pide pues a un artesano
que le construya un nuevo instrumento que le permita
observar este fenómeno. Es para él un verdadero milagro
y cree asistir entonces al nacimiento de una estrella
en la constelación de Casiopea. En Europa del Norte,
mayoritariamente protestante, más abierta al saber y
a la ciencia, el rey de Dinamarca Federico II se interesa
vivamente por el descubrimiento de su Stella Nova (o
estrella nueva) y le regala a Tycho Brahe la pequeña isla de
Ven, situada en el estrecho que separa Dinamarca de Suecia.
Éste hace construir un observatorio, el palacio de los cielos
(Uraniborg), donde invitará a colegas experimentados
para establecer la nueva cartografía del cielo. Aunque el
telescopio y el lente astronómico no se han inventado,
logra obtener resultados de una precisión inigualada
para la época y puede crear un catálogo de estrellas que
será referencia por mucho tiempo. El palacio de los cielos
se convertirá en la primera facultad de investigación en
Europa.
Las tablas de posiciones de las estrellas y de los planetas
tenían dos mil años y nadie había soñado aún con hacer
otras observaciones. Él va a consignar meticulosamente
por escrito sus trabajos y ubicará sobre un globo gigante
la posición de mil estrellas. Inspirándose en las ideas
de Platón, que en la Edad Media competían con las de
Aristóteles, formula una nueva hipótesis, según la cual el
cielo y la Tierra no son dos mundos separados, sino que
forman un todo donde la divinidad es omnipresente, y los
científicos pueden descubrirla allí gracias a sus estudios
sobre la creación.
En 1577, asiste a otro evento: el cometa más grande
aparecido en el cielo cuya cola se extiende sobre un tercio
del firmamento. Pasa más allá de la Luna en el campo de
cristal. Pero, según Aristóteles, las estrellas y los planetas
se mantienen en su lugar por las esferas cristalinas cuya
materia transparente e impenetrable aprisiona a los astros.
Tycho Brahe llega a la conclusión de que Aristóteles,
Ptolomeo y los antiguos no tienen razón y que Copérnico
ha visto correctamente; añade que el espacio no es
entonces más que el espacio.
Hace construir otro palacio de las estrellas para efectuar
observaciones aún más precisas. Por años, sus asistentes
y él van a observar la posición de Marte y de las estrellas,
pero van a fracasar en demostrar que la Tierra está en
movimiento pues simplemente ignoran que la escala
planetaria es veinte veces superior a lo que se pensaba
entonces. Concluye finalmente que la Tierra no está en
movimiento (así está de acuerdo con la Biblia) y su teoría es
un compromiso entre la de los antiguos y la de Copérnico:
la Tierra es el centro del Universo alrededor de la cual giran
la Luna y el Sol, pero los otros planetas giran alrededor del
Sol como lo ha postulado Copérnico.

GIORDANO BRUNO (1548 - 1600)
El Renacimiento ve a la Iglesia católica dividirse en dos,
por un lado los protestantes y por el otro los católicos
romanos. Pero las dos corrientes están preocupadas al ver
que la palabra de Dios es vuelta a cuestionar por la nueva
ciencia. Roma se inquieta por otro perturbador, Giordano
Bruno. Ferviente admirador de Copérnico, recorre Europa
para dar a conocer la nueva visión del Universo. En su libro
El infinito, el universo y los mundos, que envía a Tycho Brahe
con una dedicatoria, postula que el Universo es infinito y
que comprende una multitud de Tierras y de Soles. Presenta
la hipótesis de que las estrellas no están todas atadas a la
envoltura extrema del Universo, que están esparcidas y
que evolucionan libremente en un mundo que parece
infinito. En 1592, es acusado de herejía y encarcelado en
el Castillo de Sant’Angelo en Roma. Allí permanecerá ocho
años y el 17 de febrero de 1600, después de una sesión de
torturas atroces, será quemado vivo en la hoguera.
Por su parte, después de la muerte de Federico II, Tycho
Brahe fue desterrado por su sucesor luterano Christian IV
que había suprimido los financiamientos necesarios para
sus investigaciones.
Llegado a Praga en 1599, bajo el reinado de Rodolfo II,
abierto y tolerante, conoce a Johannes Kepler, matemático
que ha huido de Austria a causa de las guerras de religión.
El joven está fascinado por Platón y por la idea de que
existiría un vínculo entre lo terrenal y la divinidad. Tycho le
propone que sea su asistente pero cae enfermo y muere el

JOHANNES KEPLER (1571 - 1630)

Kepler hereda entonces todos sus archivos y todos sus
análisis hechos a lo largo de veinte años. Gracias a ellos,
va a hacer un descubrimiento asombroso: las órbitas del
planeta Marte están en contradicción con la teoría de
los círculos perfectos. Para que sus cálculos funcionen,
necesita que las órbitas sean un poco achatadas. Descubre
que la única figura geométrica que permite conseguir eso
es la elipse. En 1609, publica en Astronomia Nova (Nueva
astronomía) su concepción del mundo, basada en tres
leyes matemáticas:
- 1 Los planetas orbitan alrededor del Sol en forma elíptica
- 2 Los planetas aceleran el movimiento al acercarse al sol
y lo reducen al alejarse
- 3 Los planetas exteriores orbitan más lentamente que los
planetas interiores.

GALILEO (1564 - 1642)
Por la época en la cual Kepler hace este descubrimiento
capital en Praga; en Italia, el astrónomo Galileo trabaja
en un nuevo invento. Es el primero a comprender la
importancia de lo que ve a través del telescopio y construye
su propio lente de observación. Ve lo que Tycho Brahe
nunca pudo ver: que la Vía Láctea no está constituida de
polvos centelleantes sino de una infinidad de estrellas;
que la esfera de la Luna no es perfecta; en su superficie
hay montañas y valles. En enero de 1610, descubre cuatro
lunas en órbita alrededor de Júpiter y comprende que en
el Universo hay otros centros además de la Tierra. Publica
sus descubrimientos en su obra El mensajero de las estrellas
que irrita al Papa. Es convocado por el cardenal Bellarmin, el
mismo que envió a la hoguera a Giordano Bruno, y su libro
es prohibido pues contradice a Aristóteles y las Escrituras.
A pesar de la advertencia, en 1632 publica Diálogo sobre los
dos grandes sistemas del mundo, que termina por provocar
hacia él las iras de la Inquisición. Acusado de herejía, es
confinado en su residencia en Florencia y obligado a
abjurar. Nos queda en la memoria su célebre frase “E pur si
muove!” (Y sin embargo, se mueve).
La guerra de los treinta años, que ha devastado a Europa,
oponiendo a católicos y protestantes, termina en 1648 y
parece que un viento de tolerancia se expande a través
del continente. Galileo, siempre confinado en Florencia,
continúa sus investigaciones y para comprender por qué
los planetas se mueven, estudia el comportamiento de
las balas de cañón. Muere en 1642, sin haber resuelto el
enigma de la fuerza que provoca el movimiento hacia
abajo
.
ISAAC NEWTON (1642 - 1727) y EDMOND HALLEY
(1656 - 1742)

En ese mismo año, viene al mundo en Inglaterra Isaac
Newton. Llegará a ser profesor de matemáticas en
Cambridge, y como Galileo, deseará encontrar la explicación
del movimiento de los planetas. Para él, Dios está
permanentemente en los mínimos aspectos del Universo
y la cuestión es saber si una fuerza oculta puede actuar en
el cielo y sobre la Tierra. Como todos lo hemos aprendido,
¡Newton descubrió la gravedad debajo de un manzano!
En 1655, de regreso a su casa para escapar de la peste, le
ocurrió esto: “Estaba sentado en mi jardín, cuenta él, vi caer
una manzana y una idea repentina surgió en mi cabeza, ¡la
fuerza que ha hecho caer la manzana al suelo es la misma que
hace girar la Tierra alrededor del Sol!” Newton comprendió
entonces el secreto del movimiento de los planetas. Dos
fuerzas están en juego, y pudo combinar su descubrimiento
de la gravedad con la fuerza de inercia de Galileo: todo
cuerpo no sometido a una fuerza externa está animado por
un movimiento rectilíneo uniforme. Es la combinación de
los dos movimientos lo que genera la órbita.
Es por la insistencia de Edmond Halley que pone por
escrito las leyes del movimiento de los planetas: la fuerza
que explica ese movimiento es inversamente proporcional
al cuadrado de la distancia entre los planetas y el Sol.
En 1687, publica finalmente su Principio matemático de
filosofía natural. Después de años de guerra en Inglaterra,
el país es mayoritariamente protestante y los teólogos,
que son más tolerantes, adoptan poco a poco las nuevas
teorías de Newton diciendo de él: “Ha sido enviado por
Dios para iluminar a la humanidad”. Newton y Halley han
seguido estudiando juntos las viejas tablas astronómicas y
es así como en 1681, Halley predijo que el cometa, que en
adelante llevará su nombre, reaparecería setenta y cinco
años más tarde, lo cual se confirmó. Más recientemente,
reapareció en 1986 y regresará en 2061.
Mucho tiempo después de Newton, su ley de la inversa
del cuadrado continúa demostrando su capacidad de
producir previsiones exactas. En 1781, los astrónomos
descubren un nuevo planeta: Urano. Pero su trayectoria
es irregular. La ley de la inversa del cuadrado muestra que
la desviación es debida al movimiento de otro planeta:
será Neptuno. La clave del éxito de Newton reside en el
hecho de que demuestra que hay una misma fuerza entre
todas las partículas del Universo. Termina así los trabajos
comenzados por Tycho Brahe, Johannes Kepler y Galileo.
“Si he podido ver más lejos, dirá, es porque he podido mirar
por encima de los hombros de estos gigantes”.
Pero, si la teoría de Copérnico es también autoridad, nadie
ha podido demostrar todavía en la práctica que la Tierra
gira perfectamente alrededor del Sol. Habrá que esperar
hasta el siglo XIX para obtener las medidas de su órbita
anual y de su rotación sobre sí misma y poder apreciar
verdaderamente las distancias que separan las estrellas
y los planetas. El Vaticano terminará por retirar la obra
de Copérnico del Índice pero habrá que esperar hasta
1982 para que el Papa Juan Pablo II presente a Galileo las
excusas en su nombre.

DE CAMILLE FLAMMARION (1842 - 1925) A NUESTROS
DÍAS

Al hablar del siglo XIX, no se puede no recordar al célebre
astrónomo Camille Flammarion quien es reconocido, aún
hoy, como el mayor promotor francés en este campo
(por eso es condecorado con la Legión de Honor en
1912). Su observatorio de Juvisy se ha convertido en un
lugar privilegiado de la investigación científica. Recibe
esta propiedad en 1882 de un generoso admirador,
e instala allí una cúpula de cinco metros de diámetro
para alojar la segunda lente de aficionado de la época.
Camille Flammarion crea una biblioteca de más de diez
mil volúmenes, rica en libros de historia de las ciencias
y escritos por sus predecesores de quienes ya hablamos
antes, Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo, Newton,
pero también de Leibniz, Laplace o hasta Delambre.
Contribuye a la difusión de la astronomía en todos los
estratos de la sociedad y desarrolla la astrofotografía. “He
tenido la gran fortuna de ver nacer el análisis espectral de los
cuerpos celestes, la fotografía del Sol, de los planetas, de los
cometas, de las estrellas, de las nebulosas y todos los métodos
que, desde hace medio siglo, han sustituido a la antigua y
letárgica astronomía matemática por la viviente astronomía
física”. (Las Memorias de un astrónomo, p.204)
Se ha dicho, en ciertos artículos, que su conexión con la
causa espírita le valió el rechazo de la comunidad científica.
Entonces, aquí no podemos menos que rendirle homenaje,
por cuanto su espíritu se ha manifestado en el seno de
nuestro Círculo, aportándonos todo su conocimiento en
un campo que él se tomaba tan a pecho, y especialmente
la idea de la pluralidad de los mundos habitados. También
había comprendido la presencia de Dios en la naturaleza.
Como hemos podido ver, en el espacio de dos siglos, un
puñado de científicos ha trastornado nuestra concepción
del Universo. Hoy, los astrónomos utilizan poderosos
telescopios y es así como han podido rectificar los escritos
de sus antecesores.
- Tycho Brahe no había asistido al nacimiento de una
estrella sino a una supernova, explosión muy luminosa
que marca el fin de la vida de una estrella.
- Galileo había podido ver cuatro lunas alrededor de
Júpiter con un telescopio primitivo; hoy son sesenta lunas
las que se observan en órbita alrededor de este planeta.
- Giordano Bruno fue quemado vivo, ¡y sin embargo
tenía razón! A años luz de la Tierra existe una multitud de
Tierras y de Soles que se pueden observar. Igualmente
se han señalado planetas semejantes al nuestro que
giran alrededor de esos otros Soles, llamados por ello,
exoplanetas.
He aquí el extracto de un artículo encontrado en Internet:
“Desde 1995, han sido descubiertos cerca de ochocientos
cuarenta y seis exoplanetas. Hasta ahora, todos tenían una
masa superior a la de la Tierra. Un exoplaneta descubierto
por el telescopio Kepler en noviembre de 2012 y bautizado
HD40307G muy bien podría ser habitable, pues se halla
en una zona propicia, (a la misma distancia de su Sol, que
nosotros del nuestro y gira alrededor de él en doscientos
días). Entonces el agua puede permanecer en su superficie
en estado líquido. Varias condiciones, como la insolación y
las temperaturas serían compatibles con la existencia de la
vida. Los astrónomos están pues optimistas: perfectamente
podría albergar un entorno semejante al de la Tierra”. Este
exoplaneta formaría parte del número limitado de ellos,
descubiertos hasta hoy, que sería habitable, es decir cinco
o seis.
En 2007, Gliese 581c era identificado como el primer
planeta casi semejante a la Tierra, que hace su revolución
en trece días alrededor de una estrella situada a sólo
veinte años-luz de nosotros (aun a bordo de los artefactos
espaciales más rápidos, nos llevaría trescientos cincuenta
mil años llegar a él). ¡HD40307G está situado a cuarenta y
dos años-luz!
Sería una lástima que se necesitaran dos mil años más
para descubrir que no es necesario que las condiciones
sean las mismas que sobre la Tierra para que la vida exista
en otra parte…

En los últimos decenios, el mundo científico ha
hecho considerables descubrimientos que permiten
identificar la materia, ya se trate de los elementos
o de los organismos vivientes. Desde las partículas
fundamentales, del átomo al quark, la física moderna
ha puesto en evidencia la existencia de lo infinitamente
pequeño. Sin embargo, respecto al origen de esta
materia desde un punto de vista filosófico, no estamos
muy alejados de los “granos indivisibles de materia”
evocados por los antiguos griegos.
¿De dónde proviene la materia? ¿Cómo se mueven sus
células? ¿No somos más que un aglomerado de células?
¿Hay una fuerza suprema que anima nuestros cuerpos
físicos y todos los elementos de la creación, como ya
parecen entrever ciertos investigadores y físicos? Este
asunto ha preocupado a numerosos pensadores y
filósofos, a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Más allá de las corrientes religiosas que han basado
sus creencias en dogmas y han admitido sin discusión
la existencia de un Dios organizador y rector de los
destinos humanos, dos grandes corrientes filosóficas
se han enfrentado respecto a la cuestión del espíritu y
la materia: los monistas y los dualistas.
Para los primeros, el mundo no está constituido
sino por una sola sustancia, llamada materia por
los materialistas o espíritu por los espiritualistas. En
cambio, para los dualistas los fenómenos mentales o
psíquicos poseen características que escapan al campo
de la ciencia física. Estas ideas aparecen en los escritos
de Platón y Aristóteles, que afirman que la inteligencia
del hombre y sus facultades mentales no pueden ser
asimiladas ni explicadas por su cuerpo material. Esta
corriente de pensamiento fue formalizada por René
Descartes quien sostuvo la idea de un espíritu de
naturaleza inmaterial, asimilado a la conciencia, lo cual
lo distingue claramente del cerebro que, según él, no
es sino el soporte de la inteligencia.
REPRODUCIDO DE:
LE JOURNAL SPIRITE N° 89 JUILLET 2012

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