"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



viernes, 25 de enero de 2013

ALLAN KARDEC, LE FONDATEUR DU SPIRITISME
por
COLOMBE JACQUIN

ALLAN KARDEC Y SU ÉPOCA
LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013
Hippolyte Rivail, espíritu cultivado, hombre universal,
profesor creyente en el progreso social definido por
Jean-Jacques Rousseau y en el advenimiento de un
siglo de justicia y felicidad para todos, no podía menos
que ser sensible al entorno político y al contexto social
de la Francia del siglo XIX. Nacido el mismo año de la
consagración de Napoleón I, va a vivir los rebotes de una
sociedad que vacila entre monarquía y república, entre
conservadurismo y conmoción social. La institución que
funda en la calle de Sèvres es a la imagen del hombre:
su enseñanza se basa en el desarrollo simultáneo de
las cualidades intelectuales, morales y físicas de los
jóvenes; aplica lo que le fue enseñado por Pestalozzi; en
este sentido redacta obras pedagógicas convirtiéndose
de alguna manera en el precursor de un Jules Ferry que
algunos años más tarde instauraría la enseñanza laica,
gratuita y obligatoria para todos.
En una sociedad donde la Iglesia católica está
vinculada al poder político, Rivail tiene afinidades con
Louis Philippe (el rey bonachón, derrocado durante
la revolución de 1848), quien, como él, es un liberal
anticlerical sensible al mundo de los trabajadores.
Inspirado por las ideas de Rousseau, también ha sido
profesor y será además un precursor de la enseñanza
primaria con las leyes votadas bajo la égida de Guizot,
su ministro de Instrucción Pública. Desgraciadamente,
no tomará en cuenta el creciente descontento
especialmente en la clase proletaria y, a pesar de las
tentativas de rectificación, será forzado a abdicar.
Después de él, el príncipe Louis Napoléon Bonaparte,
único Presidente de la efímera Segunda República, el
único en ser elegido a su solicitud por sufragio universal
hasta el advenimiento de la Quinta República, coquetea
con las ideas socialistas. Está muy atento a los problemas
de los obreros y los campesinos y además ha redactado
una obra titulada La extinción de la miseria. Hombre de
corazón, republicano convencido, francmasón, busca a
Dios fuera de la religión católica, para entonces religión
de Estado, rechazando sus errores y contradicciones.
No obstante, aquel que instaura el sufragio universal,
va a arrogarse, por el golpe de Estado de 1851, amplios
poderes y a expulsar del territorio francés a sesenta y
seis antiguos representantes del pueblo en la Asamblea,
entre ellos Victor Schoelcher, apóstol de la abolición
de la esclavitud y Victor Hugo, el literato humanista.
Hugo, implacable luchador por la libertad quien, con
sus hijos, ha hecho campaña para que Louis Napoléon
sea elegido en 1848, se revela entonces ferozmente
opositor a aquel de quien se burla bajo el nombre de
Badinguet. El 2 de diciembre de 1852, éste se convierte
en el emperador Napoleón III, casándose un mes más
tarde con Eugenia de Montijo que será una fiel lectora
del futuro Allan Kardec.
Para entonces, Hippolyte Rivail no sabe que le espera
una verdadera revolución espiritual. Invitado por el
magnetizador Fortier y luego por su amigo Carlotti,
conoce igualmente a Victorien Sardou hombre de teatro
y médium. Éste ha redactado cincuenta cuadernos
de mensajes mediúmnicos con Friedrich Tiedemann
docente y miembro del Instituto de Francia, René
Taillandier especialista en literatura germánica y suiza,
y el editor Didier. El que se convertirá en Allan Kardec,
al principio escéptico, termina por acceder a estudiar
estos mensajes que luego contribuirán a la redacción
de El Libro de los Espíritus. Él se dice entonces convertido
por la lógica verificada por la experimentación; no es la
desesperanza lo que lo lleva al espiritismo, al contrario
de Victor Hugo que, desde lo más profundo de su exilio,
fue persuadido por Delphine de Girardin a dedicarse a la
nueva moda de las mesas giratorias. Escéptico también
al principio, fue convencido cuando su hija Léopoldine,
ahogada accidentalmente en 1843 junto con su marido,
se le manifestó a él y a su familia reunidos en la isla de
Jersey. Las comunicaciones eran recibidas a través de
su propio hijo médium, Charles Hugo. Durante ese
largo exilio, fueron obtenidos numerosos mensajes,
procedentes de personajes célebres de la historia pero
también emanados de espíritus que representaban
a los elementos, a la naturaleza, tales como el viento
o el mar. A este respecto es muy lamentable que los
biógrafos de este genial escritor hayan considerado el
episodio de las mesas giratorias de Jersey como una
suerte de paréntesis surrealista, consecuencia del dolor
de un padre desesperado, cuando fue la expresión de
una convicción espírita.
En cuanto a Napoleón III, él fue sensibilizado respecto al
más allá gracias a su esposa Eugenia de Montijo, ferviente
adepta al espiritismo, que había descubierto gracias a
Victorien Sardou cuyos talentos dramáticos apreciaba.
Ella participó en varias sesiones, y recibió mensajes que
compartía con su marido emperador, lo que le valió
algunas contrariedades pues ciertos mensajes quizás no
eran auténticos o provenían de espíritus malévolos. Así,
en 1854, la guerra contra Nicolás II, emperador de Rusia,
al lado de Inglaterra, lejos de ser un conflicto corto como
prometía el mensaje, fue una verdadera guerra dura y
sangrienta. La pareja imperial asistió a impresionantes
sesiones junto al médium escocés Daniel Dunglas
Home, médium de efectos físicos, que causó sensación
durante su primera sesión en las Tuileries: “Las sillas y
las butacas eran como arrastradas por un viento furioso,
¡volaban de una esquina de la sala a la otra!” Durante
esas sesiones, se manifestaron varios difuntos de la
familia imperial, como la reina Hortense y también
Napoleón I, quien estampó su firma sobre un cuaderno,
firma que su sobrino reconoció enseguida. La pareja
conoció igualmente a Allan Kardec, de quien el espíritu
Napoleón III vino a manifestar en sesión: “Hemos vivido
la extraordinaria época del nacimiento del espiritismo
en Francia. Eugenia, y yo mismo, éramos afectos a las
sesiones espíritas y nos reunimos repetidas veces con el
maestro Allan Kardec. Es difícil imaginar, en vuestro siglo,
la importancia del personaje que tenía entonces un
millón de adeptos en el territorio francés y cuyas obras
eran reeditadas cada año. Es difícil comprender el alcance,
a la vez filosófico y social del movimiento espírita en el
siglo XIX. El druida Allan Kardec no estaba de acuerdo con
mi política y me acusaba de haber utilizado las urnas de
Friedrich Tiedemann René Taillandier Napoléon III
la República para restablecer el Imperio, y tenía razón.
Eugenia siempre pensó que yo debía abdicar, y los espíritus
me lo aconsejaban. No quise seguir sus mensajes y, un año
después de la muerte de Allan Kardec, ocurrió el drama de
1870 y el desastre de Sedan.
Mi mayor falta fue el exilio de Victor Hugo quien, desde hace
mucho tiempo, ha sabido otorgarme su perdón. Deseo
con todas mis fuerzas que la Francia de hoy encuentre el
impulso de su siglo dentro del renacimiento espírita y así,
os aliento a mi manera”.
Napoleón III no fue el único político convencido por el
espiritismo; el presidente Sadi Carnot diría algunos años
más tarde: “Soy espírita por convicción y católico por razón
de Estado”.
La influencia de Allan Kardec es grande en el siglo
XIX. Además de los intelectuales y los docentes, toca
el mundo literario: Théophile Gautier en su novela
Espírita se inspira en los recientes descubrimientos
del espiritismo; George Sand, Honorato de Balzac y
Lamartine también hacen alusión en sus novelas al
mundo invisible.
Allan Kardec no se contenta con escribir las numerosas
obras que siguen siendo, aún hoy, los fundamentos de
la doctrina espírita; también dicta conferencias y desde
el año 1860 emprende giras por Francia. Trata de juzgar
por sí mismo el estado real de la doctrina conociendo
los grupos espíritas que se han formado rápidamente
en numerosas ciudades de provincia. Recoge de ello
preciosas observaciones y las aprovecha para instruir y
alentar a los espíritas.
Su primera gira está reservada a Lyon, su ciudad natal
a la que sigue muy vinculado sentimentalmente: “Si
París es la cabeza del espiritismo, Lyon será su corazón”. Es
recibido como si fuera san Ireneo, el venerado obispo
de la ciudad. Lyon cuenta ya con algunos cientos de
adeptos; un centro espírita creado en los Brotteaux
de Lyon se dedica al estudio de las tres obras escritas
entonces por el maestro. Círculos parecidos ven la luz
en varias capitales regionales como Metz, Tours, Poitiers,
Angers, Biarritz, Burdeos y Limoges, allí donde recibe en
sesión este mensaje profético: “Tienes todavía para diez
años de trabajo, no permanecerás mucho tiempo entre
nosotros. Será necesario que regreses para terminar tu
misión que no puede ser acabada en esta existencia”. Dos
años más tarde en 1862, Allan Kardec cumple otras
giras por Francia de las cuales da testimonio en su obra
Viaje espírita en 1862. Comienza por Lyon y Burdeos y se
percata de cuánto ha crecido la idea espírita desde su
primer viaje. En Lyon, el número de espíritas se calcula
entre 25.000 y 30.000; en Burdeos ha pasado de 1.000 a
10.000.
Paradójicamente, Allan Kardec debe su notoriedad
sobre todo a sus detractores; así las violentas prédicas
contra el espiritismo calificado de “religión del siglo XIX
y culto a Satán” atizan la curiosidad de la población que,
de esa manera, se interesa por las obras de Allan Kardec.
Se dirige a numerosas otras ciudades: Toul, Orleáns,
Aviñón, Provins, Troyes, Sens, Montpellier, Tolosa, Albi,
Marmande, Royan, Angulema y otras ciudades de
Charente. En todas partes, es recibido calurosamente.
Comprueba de inmediato que el espiritismo es
abordado en serio en sus aspectos filosóficos y morales
y que las preguntas fútiles y de pura curiosidad se han
descartado. Dice en Bordeaux: “Estamos muy lejos de las
mesas giratorias y sin embargo apenas algunos años nos
separan de esa cuna del espiritismo”.
Tiene oportunidad de conocer médiums, algunos de los
cuales califica de notables: así, en Lyon varios médiums
dibujantes, en San Jean d’Angely una mujer que escribe
largas y hermosas comunicaciones mientras lee su
periódico. Celebra la seriedad con la que los nuevos
médiums asumen su misión; señalamos igualmente
que en esa época varios médiums son iletrados y
escriben sin nunca haber aprendido.
Observa la evidente diminución de médiums de efectos
físicos a medida que se multiplican los médiums de
comunicaciones inteligentes. El período de curiosidad
ha pasado y a partir de entonces se trabaja en construir
la nueva filosofía para reformar a la humanidad.
A través de las manifestaciones recibidas es perceptible
una marcha progresiva de enseñanza; eso se debe,
desde luego, a la seriedad de los médiums pero también
a la asistencia que rodea al médium, más consciente y
capaz de reflexionar sobre las revelaciones obtenidas.
Esta actitud espírita es calificada por Allan Kardec
de desinterés moral. Entiende por ello abnegación,
humildad, ausencia de todo pensamiento dominante,
ausencia de toda pretensión orgullosa y freno a la
manifestación de un más allá cuidadoso de brindar
enseñanzas de calidad.
Apoyándose en la historia de los endemoniados de
Morzine, a la que fue confrontado, pone en guardia
contra un peligro inherente a una mala práctica del
espiritismo, la obsesión, e insiste para que el trabajo se
realice dentro del respeto a los principios descritos en El
Libro de los Médiums.
Se sorprende al comprobar que muchos adeptos nunca
han asistido a una sesión y que sin embargo están
convencidos de la realidad espírita por la lectura de
los libros; ve allí las premisas de una reforma moral. No
obstante, el espiritismo es recibido de manera diferente
según las regiones. En ciertos lugares, prosperan los
grupos espíritas y en otros les cuesta trabajo formarse.
La idea espírita es en primer lugar un hecho de la clase
media ilustrada: muchos abogados, magistrados y
funcionarios están en la formación de los grupos. Pero
hace falta contar también con numerosos obreros
que organicen los banquetes (de momento, toda
agrupación política está prohibida) convirtiéndose por
eso en pretextos de intercambio sobre el espiritismo.
Entre los más letrados, se lee a Émile Zolá y Victor Hugo
cuyas tomas de posición no contradicen la filosofía
espírita, y además, la perspectiva de una vida futura
consuela muchos de los sufrimientos terrenales.
Allan Kardec saluda la valentía de todos sus adeptos
frente a los ataques y las calumnias, pues la oposición
es muy real, marcada especialmente por el auto de
fe de Barcelona. De ello concluye esto: “Además su
animosidad es grande, además prueba la importancia
que adquiere la doctrina a sus ojos, si fuera una cosa sin
importancia, una de esas utopías que no nacen viables,
no le prestarían atención ni tampoco a mí”. Esos ataques
proceden a veces de personas que adoptan las ideas
espíritas pero sólo creen en los fenómenos, sin deducir
de ellos ninguna consecuencia moral.
En el transcurso de sus viajes, Allan Kardec dictó
numerosas conferencias públicas. Dio preciosos
consejos a los espíritas para formar los grupos,
aunque fueran limitados, a partir de un núcleo de
personas serias que fueran “personas ilustradas,
sinceras, penetradas por las verdades de la doctrina y
unidas en sus intenciones”. Insiste en la participación
de los jóvenes y las mujeres: “Excluir a las mujeres de
estos grupos sería una injuria a su juicio que, dicho sea
sin halago, a veces hasta daría puntos al de los hombres
incluso el de ciertos críticos letrados”. Da consejos sobre
la manera de organizar y dirigir las sesiones, insiste en
el empleo de la oración para convocar el auxilio de
los buenos espíritus, y disponer a los participantes al
indispensable recogimiento para el buen desarrollo
de las sesiones. Preconiza igualmente que los
espíritas no marquen su pertenencia con un signo
externo indicador, como existe en las religiones; el
espiritismo no es un nuevo culto, se dirige a todos
y a todas las confesiones; no es una secta como
pretenden algunos de sus enemigos, sino que llama
a los hombres de todas las creencias “bajo la bandera
de la caridad y la fraternidad”.
Con todo el rigor y la precisión que lo caracterizan,
Allan Kardec redacta un proyecto de reglamento para
uso de los espíritas. Conoce las debilidades humanas
y sabe que en materia de espiritismo, tal vez más que
en otras disciplinas, hace falta un marco que garantice
la integridad y autenticidad de las sesiones así como
el funcionamiento interno de los grupos, pues ya
el espiritismo es mancillado por publicaciones
lamentables que emanan de supuestos adeptos
que transforman en ridiculez la comunicación con el
más allá. Reconoce entre sus contemporáneos dos
faltas mayores, el orgullo y el egoísmo, que ya ha
percibido en ciertos médiums calificados por él de
“industriales sin patente”, que explotan la credulidad
o la desesperanza de personas que vienen a buscar
consuelo después de una prueba. Propone insertar en
su reglamento la divisa que es la señal del espiritismo
auténtico: “Fuera de la caridad no hay salvación, fuera
de la caridad no hay verdadero espírita”.
El espiritismo se propaga rápidamente en Francia,
pero también en Austria, Polonia, Rusia, Italia,
España y Constantinopla, donde se crean sociedades
espíritas organizadas.

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