"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



miércoles, 23 de enero de 2013

ALLAN KARDEC, LE FONDATEUR DU SPIRITISME
por
KARINE CHATEIGNER

ALLAN KARDEC :
AL ENCUENTRO DE LOS ESPÍRITUS

LE JOURNAL SPIRITE N° 91 JANVIER 2013

A partir de 1848, con los eventos de Hydesville, nace
en América el Moderno Espiritualismo. Una pléyade de
distinguidos hombres y mujeres ya ha hecho valer los
méritos de la Revolución que se operaba, abriendo las
conciencias a su eternidad, sugiriendo por los hechos la
cuestión de los orígenes y el destino del hombre.
Este viento revelador va a emprender entonces su
revolución en otros lugares e insuflar su mensaje de
eternidad. Es así como acompañada por médiums
que cruzaron los mares, la experiencia espírita se da a
conocer en Inglaterra, en Alemania y luego en Francia.
Es en Francia y más precisamente en París hacia los años
1852-53, donde vamos a encontrar, tanto la llama como
la luz, de otro gran espíritu: Hippolyte Léon Denizard
Rivail.
En esa época, la danza de las mesitas acompañaba los
valses del Segundo Imperio. Esas experiencias de moda
se observaban en lugares muy diferentes; las conversaciones,
tanto en los elegantes bulevares como en
los más humildes arrabales, giraban invariablemente
alrededor de las mesas “parlantes”. Para la gente, era un
pasatiempo como cualquier otro y casi nadie trataba de
profundizar en el estudio de la causa de estas manifestaciones.
Comenzaron a aparecer libros hablando sobre
estas asombrosas mesas. En principio, los magnetizadores
y otros observadores suponían que estos bailes
inesperados eran resultado de la acción de un fluido
magnético o eléctrico, u otro, de propiedades desconocidas.
Antes de aquel mes de mayo de 1855, fecha en que
asistió a su primera sesión, Hippolyte Denizard Rivail
conversaba con sus amigos como el Sr. Fortier, el corso
Carlotti o el editor Maurice Lachâtre. Pronto la mesa giratoria
estuvo en el centro de la conversación. El profesor
Rivail, que se interesaba por el estudio del magnetismo
animal, aprobaba la teoría de los fluidos según Mesmer.
No obstante, su amigo, el Sr. Fortier, magnetizador él
mismo, insistía dándole testimonio del lenguaje inteligente
de la mesa que respondía a las diversas preguntas
planteadas. Hippolyte Rivail, poseedor de una austera
lógica le respondió a su amigo: “Creeré cuando lo vea y
cuando se me pruebe que una mesa tiene un cerebro para
pensar y nervios para sentir, hasta entonces permítame
no ver allí sino un cuento chino”. Como lo señala Anna
Blackwell, su futura biógrafa y que lo conoció personalmente
“ese espíritu activo y tenaz era precavido, hasta
prácticamente la frialdad, escéptico por naturaleza y por
educación”.
El Sr. Carlotti, amigo de Rivail desde hacía veinticinco
años, fue el primero en mencionar la intervención de los
espíritus en estos extraños fenómenos, lo cual, lejos de
convencer a Hippolyte Rivail, no hizo sino incrementar
sus dudas: “Cuando uno se pone a estudiar las ciencias, la
credulidad supersticiosa de los ignorantes hace reír y uno
ya no puede creer en los fantasmas. Sin embargo, yo estaba
ante un hecho inexplicado y aparentemente contrario a
las leyes naturales y que mi razón rechazaba. Pero sabía
que los experimentos eran realizados por hombres serios
y creíbles”.
Algún tiempo después, Hippolyte Rivail fue invitado a
asistir a las experiencias que se realizaban en casa de la
Sra. Plainemaison, y reconoció inmediatamente: “Allí, vi
por primera vez las mesas que giraban, saltaban y corrían.
También fui testigo de algunas pruebas muy imperfectas
de escritura mediúmnica. Sin duda alguna allí pasaba
alguna cosa que debía tener una causa. Bajo aquellas
aparentes futilidades y la suerte de juego que se hacía con
esos fenómenos, entreví algo serio y como la revelación de
una nueva ley que me prometí profundizar”.
“Por estas reuniones, emprendí el estudio serio del espiritismo,
más por las observaciones que por las revelaciones.
He aplicado a esta nueva ciencia lo que siempre
he aplicado, el método empírico. Nunca he elaborado
teorías preconcebidas. Yo observaba cuidadosamente,
comparaba y deducía. A partir de los efectos, trataba de
remontarme a las causas por deducción y por el encadenamiento
lógico de los hechos. Una de las primeras
constataciones de mis observaciones fue que los espíritus,
también llamados almas de los hombres, no tienen ni la
plena sabiduría, ni la ciencia integral. Su saber está limitado
a su nivel de desarrollo. Su opinión sólo tiene el valor
de una opinión personal. Eso ha evitado que crea en la
infalibilidad de los espíritus y me ha impedido formular
teorías prematuras que no tendrían por base más que sus
palabras. El solo hecho de la comunicación con los espíritus,
sin considerar sus palabras, probaría la existencia de
un mundo invisible, pero real. He aquí un punto esencial
que nos abre enormes posibilidades de investigación. Un
segundo punto no menos importante es que esta comunicación
hace posible el conocimiento de los estados de ese
mundo y sus costumbres”.
El año siguiente, 1856, las sesiones a las cuales asistió
Hippolyte Rivail tuvieron lugar en la casa del Sr. Roustan,
luego en la del Sr. y Sra. Baudin. En el seno de esta familia
descubrió el ambiente ideal para proceder a sus estudios.
Caroline y Julie Baudin, de 18 y 15 años, recibían los
mensajes por psicografía (escritura).
A pesar de las preguntas frívolas y materiales hechas
a los espíritus que animaban veladores y lápices,
Hippolyte Rivail observaba los nuevos fenómenos
que sólo podían encerrar una causa nueva. Por su sola
presencia, las sesiones tomaron otro giro, la ligereza de
su contenido anterior se transformó en profundidad
filosófica, pues Hippolyte Rivail tomó la costumbre de
asistir con una serie de preguntas.
“Hasta entonces las sesiones en la casa del Sr. Baudin no
habían tenido ningún objetivo determinado; me propuse
resolver los problemas que me interesaban desde el punto
de vista de la filosofía, de la psicología y de la naturaleza
del mundo invisible. Llegaba a cada sesión con una serie
de preguntas preparadas y metódicamente arregladas,
que siempre eran respondidas con precisión, profundidad
y de manera lógica. Al principio yo no tenía en la mira
sino mi propia instrucción; más tarde, cuando vi que eso
formaba un conjunto y tomaba las proporciones de una
doctrina, tuve la idea de publicarlo para instrucción de
todo el mundo. Son esas mismas preguntas las que, desarrolladas
y completadas sucesivamente, constituyeron la
base de El Libro de los Espíritus”.
Antes que nada el profesor Hippolyte Rivail comprendió
la seriedad de la exploración que iba a emprender,
entreviendo en esos fenómenos la clave del tan oscuro
y controvertido problema del pasado y el porvenir de la
humanidad, la solución de lo que él había buscado toda
su vida. Pues como el verdadero cristiano de antes del
Concilio de Nicea, Hippolyte Rivail buscaba incansablemente
a Dios.
Vinieron luego los cuadernos de varios cientos de
páginas que le fueron confiados por sus amigos de la
época que, desde hacía ya algunos años, se dedicaban
a la experimentación espírita. Eran cuatro: el filósofo
holandés Tiedeman-Marthèse, el autor dramático
Victorien Sardou, el historiador, escritor y político René
Taillandier y el editor Alfred Didier. Después de algunos
titubeos frente a esta nueva perspectiva, Hippolyte
Rivail puso manos a la obra. Ordenó los mensajes por
temas.
Aunque trabajó con alrededor de una decena de
médiums, la elaboración de El Libro de los Espíritus
fue concebida en gran parte con la participación de
los médiums Julie y Caroline Baudin, Céline Japhet y
Ermance Dufaux.
“En gran parte mi obra estaba terminada y tenía la
importancia de un libro. Pero yo quería hacerla examinar
por otros espíritus con la ayuda de diferentes médiums.
Más de diez médiums participaron en este trabajo. De la
comparación y coordinación de las respuestas organizadas,
clasificadas y a menudo retocadas en el silencio
de la meditación, he presentado la primera edición de El
Libro de los Espíritus”. De este estudio y de las respuestas
obtenidas para coordinar el todo, surgió una fuente
de verdades espíritas de las que ningún editor quería
hacerse cargo. Allan Kardec, tal sería desde entonces su
seudónimo, se encargó de la edición de El Libro de los
Espíritus. Estamos en 1857. La primera aparición tuvo
lugar el 18 de abril de ese mismo año. Al momento de
publicar, el profesor Rivail se vio en aprietos para saber
cómo firmaría su obra. Siendo su nombre muy conocido
por el mundo científico, en razón de sus trabajos
anteriores, y pudiendo llevar a una confusión que hasta
perjudicara el éxito de su empresa, decidió firmar con
el nombre de Allan Kardec que le había sido revelado
por su guía, un nombre que llevaba en tiempos de los
druidas. Y este libro, rechazado en todas partes, tuvo un
éxito extraordinario.
Sobre el escritorio de Rivail, que finalmente conservaría
el seudónimo de Allan Kardec, hubo un alud de cartas,
provenientes de todos los medios, sobre todo de los
medios obreros: se leía a Kardec en las urbanizaciones
obreras y en las chozas. Se lo leía también en los palacios.
Anna Blackwell, la traductora inglesa del afortunado
autor, nos informa que Napoleón III lo hizo ir
muchas veces a las Tuileries para conversar con él sobre
estos asuntos que apasionaban a la pareja imperial.
La obra filosófica que acababa de nacer plantea las bases
de la doctrina espírita y explica el pasado, el presente y
el futuro del ser humano. Una parte de verdad acababa
de escribirse en tinta indeleble.
“Cuando haya venido el consolador, el Espíritu de Verdad,
os conducirá en toda la verdad; pues no hablará de sí
mismo, pero dirá todo lo que haya oído, y os anunciará las
cosas por venir”. (Juan XVI-13)

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