"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

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ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



domingo, 30 de enero de 2011

LA RELACIÓN DE CAUSA Y EFECTO por J A C Q U E S P E C C AT T E E D I TO R I A L LA REVISTA ESPIRITA N° 83 ENERO 2011

Continuando con el editorial anterior (revista N°82)
relativo a la cuestión de las pruebas y expiaciones
según El Libro de los Espíritus, ampliemos la reflexión
sobre el tema de la relación de causa y efecto
cuya fórmula dejó Allan Kardec: “Todo efecto tiene
una causa. Todo efecto inteligente tiene una causa
inteligente. El poder de la causa inteligente está en razón
del tamaño del efecto”. Esta máxima vale en cuanto
a la afirmación de una fuerza divina en el origen
de todas las cosas, pero sirve igualmente de hilo
conductor al pensamiento kardecista respecto a la
ley de causalidad en la vida del ser reencarnado, aun
cuando ya no esté en el registro del tamaño de una
inteligencia divina. Estamos esta vez en el corazón del
ser humano dependiente de su progreso de vida y
heredero de sus anteriores existencias.
Si tuviéramos toda la memoria del pasado (que puede
existir más allá pero no aquí) podríamos desenrollar
la madeja de todos los eventos que han construido
nuestra personalidad desde hace muchas vidas.
Sabríamos por qué y cómo se han desarrollado las
afinidades y antipatías con aquellos que hemos
encontrado en esta vida en diversos grados de
relación. Tendríamos acceso así a diferentes causas
profundas y remotas que pueden estar en el origen
de nuestras realidades vividas hoy. Ese conocimiento
no nos es dado en estado consciente, pero sabemos
que nada se debe al azar y que con frecuencia
los encuentros son resultado de la necesidad de
encontrarse. Allí tenemos ya una relación de causa y
efecto: encontrar inconscientemente a aquellos con
quienes habíamos decidido vivir, ya sea en buenas o
malas condiciones, para cumplir la ley de evolución
tanto individual como colectiva. Dicho esto, respecto
al reencuentro con los seres queridos o por el contrario
con los enemigos de ayer, ¿llega la relación de causa
y efecto hasta la terrible ley del talión, según la cual
sería necesario sufrir a su vez lo que se ha hecho sufrir
anteriormente? En otras palabras, ¿habría que pagar
las deudas kármicas según un principio expiatorio
donde fuera preciso sufrir punto por punto todos los
sufrimientos que se ha podido hacer soportar a los
demás en una o muchas vidas anteriores? Es lo que
dirán algunos, incluidos algunos medios espíritas
conservadores. Esta concepción simplista ha sido
atacada frontalmente desde hace tiempo por los
espíritas progresistas, a partir de una reflexión más
amplia sobre las realidades de la naturaleza humana
y sobre las complejidades de la vida en sociedad que
no pueden resumirse en consecuencias directas de
vidas anteriores. Y luego, por los testimonios de los
espíritus desencarnados, se ha podido comprender
mejor la evolución reencarnacionista dentro de
una relación de causa y efecto que se aleja de estas
concepciones demasiado simplistas.
En el curso de las primeras encarnaciones terrenales,
el ser más primitivo se busca todavía en su identidad
que se construye. Pasa por fases de inferioridad que
pueden llevarlo a todos los excesos del mal dominante
o criminal. Y así, puede recaer durante muchas vidas
en los mismos extravíos antes de medir el peso de
sus errores en un primer relámpago de conciencia.
Eso ya significa que el criminal no es castigado
inmediatamente por sus faltas con un doloroso más
allá, pues al reencarnar de manera instintiva, recobra
sus impulsos que podrán expresarse de nuevo en la
siguiente vida. No sufre pues una expiación particular
sino que se vuelve a encontrar en la continuidad
de lo que es, con riesgo de renovar sus fechorías,
puesto que su personalidad no ha cambiado
fundamentalmente de una vida a otra y además, no
ha alcanzado conciencia de su más allá como para
hacer el balance de su estado espiritual. Si en cambio
tal espíritu ha podido ser liberado de su turbación,
ayudado por la oración o por la liberación espírita, la
situación es diferente, puesto que, obligado a mirarse
de frente, ese espíritu conoce entonces el dolor de
lo que él es, dentro de un terrible remordimiento
sobre el que esta vez, no temamos decir, la palabra
expiación, por lo menos en lo que se refiere a su
penosa toma de conciencia en el más allá. Pero, eso
no significa necesariamente que la siguiente vida será
de carácter expiatorio: podrá, o bien recaer en sus
hábitos anteriores, o en el mejor de los casos tener
chispazos de lucidez sobre sí mismo para comenzar
una vida diferente, que repare las anteriores. Tal es
el proceso de los comienzos de una lenta evolución
hacia una parte de conciencia más grande.
En la etapa siguiente, donde el espíritu se reconoce
mejor en su travesía del más allá entre cada vida, se
convierte progresivamente en el responsable de
su futura encarnación con la ayuda de su guía y de
otros espíritus. Más consciente de lo que es y de lo
que debe, vive lo que es capaz de vivir en su más
allá y cuando siente la necesidad, considera una
nueva encarnación y decide entonces los grandes
lineamientos y encuentros futuros que desea, para
proseguir su progreso con los que ya ha conocido y
querido en otras vidas. Si se habla entonces de relación
de causa y efecto, será para cada espíritu el hecho
de encontrarse tal y como es, con su personalidad
imperfecta, en una nueva situación de vida, con
otros que a menudo ha conocido anteriormente
para seguir el camino, para eventualmente reparar
las faltas anteriores, pero sobre todo para aprender a
amar mejor, para aprender también con el pasar del
tiempo, el perdón y la reconciliación. La antipatía de
una vida puede convertirse en simpatía en una vida
siguiente; mejor aún, el odio debe transformarse en
amor el día en que cada uno reconozca para lo que
ha regresado. En este lento proceso que se extiende
a través de muchas vidas, muchos conflictos pueden
perdurar, muchas oposiciones pueden renovarse, y
sin embargo se tratará de encontrarse al final en una
relación convertida en armoniosa.
¿Justificar el sufrimiento?
El sufrimiento no es un mal necesario, sino una
realidad inherente a la inferioridad general del planeta.
Por esa razón, un espíritu superior reencarnado
puede sufrir tanto como un espíritu inferior. El uno
sufre por su falta de amor, el otro por la dificultad de
expresar su verdad que puede convertirse en objeto
de persecución.
Si se partiera del principio de que el sufrimiento es el
estricto resultado de nuestras faltas anteriores, ¿qué
debería decirse de los espíritus superiores que, por
el don de su persona a través de su misión terrenal,
son confrontados a grandes sufrimientos? Un día me
dijeron que si Jesús había muerto en la agonía que
se sabe, es porque aún debía quedar en lo profundo
de alguna remota vida anterior como un resto de su
karma que no había sido definitivamente cancelado.
He aquí una forma dudosa de concebir la relación de
causa y efecto, cuando es mucho más simple decir:
Jesús se había impuesto por misión traer una verdad
divina para liberar la conciencia humana, perturbando
por lo mismo los poderes instituidos, y eso no podía
acabar de otra manera, es obvio que quien conduce
su lucha sin apartarse nunca de su ideal, tiene muy
poca oportunidad de terminar su vida en su cama…
y muchos otros ejemplos en la historia lo demuestran.
No hay pues que justificar ninguna deuda kármica,
sino considerar las cosas a partir del sentido común:
un espíritu que quiere aportar una forma de verdad a
una humanidad poco evolucionada, se expone a todos
los peligros para la integridad física de su persona. La
causa primera de una persecución, es entonces la
voluntad y el amor de un espíritu encarnado. Y esta
causa conduce a la consecuencia previsible para él, de
pagar su audacia con su propia vida. No hay misterio
en la circunstancia: la lucha por el amor al prójimo
nunca ha carecido de riesgo y se tiene allí la perfecta
ilustración de la relación de causa a efecto, sin ir a
buscar más lejos no conocemos ninguna justificación
de orden kármico.

Luchar contra el sufrimiento
La antigua noción de karma punitivo implicaría la
idea de una resignación total ante la adversidad, en
una relación de causa a efecto que sería ineluctable
y como escrita por adelantado. En la que no habría
ninguna perspectiva de lucha emancipadora que
fuera provechosa para la humanidad. En este sentido
(y según lo que ya he oído en nuestros medios más
conservadores), sería necesario a pesar de todo
hacer el bien para nuestra propia evolución, pero no
obstante, el que recibe nuestro amor no avanzará
más porque sus deudas kármicas se le pegarán a la
piel hasta que haya “pagado su deuda” mediante sus
propios sufrimientos contra los que no podemos
hacer nada… Entonces, según esta idea, ¡el amor es
un beneficio para el que lo da pero no sirve de nada al
que lo recibe!
¿Se puede aceptar decentemente tal caricatura de
la ley divina? No, por supuesto, porque eso sería
verdaderamente rebajar la justicia divina a nuestras
pobres concepciones de la justicia humana que, con
mucha frecuencia, está privada de todo sentido de
perdón y de amor al prójimo.
En realidad, el espíritu debe ser considerado en toda
su complejidad existencial, y cada uno de nosotros
lo sabe muy bien, por vivir en ambivalencias de toda
clase en el plano de las faltas a la moral que a todos
nos conciernen más o menos. Se trata de nuestra
condición humana que en diversos grados no está
libre de orgullo y egoísmo; se trata por ejemplo de
lo que podríamos hacer y que, sin duda, no tenemos
el coraje ni la voluntad de hacer. Y como se dice en
religión, se puede pecar por omisión, dicho de otra
manera, no actuar según nuestro deber altruista
cada vez que tenemos la ocasión. Eso significa
simplemente que en la curva de la evolución, entre
el espíritu primario y el espíritu superior, hay todo
un progreso de vidas que no debe reducirse a un
recorrido de errores por expiar. Las vidas se suman
unas a otras, entre el descubrimiento y la toma de
conciencia, en el desarrollo de un sentido moral, en la
experiencia humana bajo todos sus aspectos, y es en
la complejidad donde el espíritu avanza frente a sus
propias contradicciones, impulsado por lo que está
en el fondo de él, a saber, una chispa divina inherente
a su ontología, chispa que acaba por surgir en algún
momento de su evolución. Entonces hablamos más
bien de una trayectoria ascendente, donde el espíritu
que se reconoce a sí mismo, aprende a reconocer al
otro en su particularidad, sabiendo que ese otro
también aprende el reconocimiento mutuo.
Y de allí, se llega inexorablemente a considerar, no ya
la unidad sino el conjunto, es decir, una sociedad que
se construye a partir de individualidades reunidas en
una convergencia comunitaria, cultural o ciudadana.
Se crean así entidades sociales que con demasiada
frecuencia se oponen entre ellas, ya sean comunidades,
etnias o Estados, por razones de supremacía o de
conflicto de intereses. A ese nivel uno ya no puede
contentarse con explicaciones sobre pruebas
individuales, sino que debe considerar al colectivo a
nivel de responsabilidades diversas, midiendo siempre
la noción de poder y en el mejor de los casos la noción
de participación colectiva cuando una entidad estatal
u otra se ha vuelto democrática.
En la fase de entidad social, sería ridículo hacer
intervenir formas de pruebas colectivas, como si las
víctimas expiatorias se hubieran reunido en una misma
comarca para sufrir una suerte común e idéntica. Es
más simple referirse a la ley de causa y efecto. Y en
este punto, las causas y los efectos son fácilmente
analizables, cuando se estudian los fenómenos
sociales, culturales y de civilización, mirando el
encadenamiento de eventos que nunca tienen nada
de fortuitos.
En materia de espiritualidad, incluso de espiritismo, con
demasiada frecuencia se ha insistido en el individuo
ante su destino, y considerado aisladamente, aun
cuando el individuo es ante todo interdependiente de
su medio cultural y social, asumiendo su evolución en
un contexto que es resultado de la historia. Entonces
si uno quiere analizar correctamente la relación
de causa a efecto, no puede limitarse al recorrido
particular de cada espíritu reencarnado que asume
su propia evolución. Hace falta integrar igualmente
ese recorrido dentro de la evolución general de las
civilizaciones edificadas con el pasar del tiempo, y con
nuestra participación, cualquiera que ésta sea, en el
transcurso de nuestras vidas anteriores.

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