"Es necesario liberarse de la fundamental incapacidad humana que constituye el egoísmo materialista."
Aldous Huxley

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EL POR QUÉ DE UN NUEVO BLOG

Después de abrir y mantener actualizados los blogs: CULTURA Y DIVULGACIÓN ESPÍRITAS y CENTRO VIRTUAL DE ESTUDIOS

ESPIRITISTAS Y AFINES, para la formación doctrinaria dentro de los postulados eminentemente racionalistas y laicos de la filosofía espírita codificada por el Maestro Allan Kardec que exhibe la Confederación Espírita Panamericana, a la cual nos adherimos, creímos conveniente abrir un nuevo Blog de un formato más ágil y que mostrase artículos de opinión de lectura rápida, sin perder por ello consistencia, así como noticias y eventos en el ámbito espírita promovidos por la CEPA, a modo de actualizar al lector.
Esa ha sido la razón que nos mueve y otra vez nos embarcamos en un nuevo viaje en el cual esperamos contar con la benevolencia de nuestros pacientes y amables lectores y vernos favorecidos con su interés por seguirnos en la lectura.
Reciban todos vosotros un fraternal abrazo.
René Dayre Abella y Norberto Prieto
Centro Virtual de Estudios Espiritistas y Afines "Manuel S. Porteiro".



domingo, 7 de junio de 2015

Entrada nueva en Grupo Espírita de La Palma

DIÓGENES DE SÍNOPE Y LA ESCLAVITUD

by idafe

Jean-Léon_Gérôme_-_Diogenes_-_Walters_37131Diógenes en un cuadro de Jean-León Gérôme (1860)

DIÓGENES DE SÍNOPE (412 - 323 a. d. C.)

Diógenes fue el más egregio de los cínicos griegos, pero jamás buscó ni encontró la concordia con la sociedad caduca que le rodeaba. En un tiempo de escarnio, esclavitud y destierro, su talante feroz, desvergonzado y austero le hicieron ganarse el sobrenombre de "perro".

De él se cuenta que fue hecho esclavo y vendido en una de las estampas más surreales de la historia filosófica. Por todo ello, el fundador -con permiso de Antístenes (446 - 366 a J.C)- de la Escuela Cínica decidió desposeerse de todo lo material y expresar un absoluto desprecio frente hacia las leyes de la civilización. La suya había de ser una libertad erguida a cuatro patas.

Como señalaba el desaparecido Josep Ferrater Mora, la cínica "fue la filosofía de la inseguridad total, de la completa ausencia de arrimadura. El mundo dentro del cual surgía el cinismo era un mundo lleno de amenazas. De amenazas concretas. Los temas de la antigua diatriba cínica -el destierro, la esclavitud, la pérdida de la libertad- no eran meros tópicos retóricos: designaban realidades tangibles e inminentes".

Existen ciertas épocas en las cuales los hombres descubren que pueden dejar de ser hombres. Todo el esfuerzo se cifra entonces en mantenerse en pie. El cínico adoptó esta línea de conducta. Pero mantenerse en pie no quiere decir aquí conservar las posiciones sociales: significa abandonarlas y concentrarse en un difícil imperativo: ser hombre. El cínico aspiró nada menos que a ser todo un hombre". Y para ser hombre, Diógenes hubo de convertirse en perro...

Advierte Carlos García Gual, que: "quienes comenzaron a apodar a Diógenes de Sinope "el Perro" tenían muy probablemente intención de insultarle con un epíteto tradicionalmente despectivo. Pero el paradójico Diógenes halló muy ajustado el calificativo y se enorgulleció de él. Había hecho de la desvergüenza uno de sus distintivos y el emblema del perro le debió de parecer pintiparado para expresión de su conducta."

Lo cierto es que los vocablos "can" y "cínico" poseen la misma raíz griega. Algunos mantienen que el sobrenombre se debe a que Antístenes, precursor de la Escuela y maestro de Diógenes, impartía sus lecciones en el Cinosargo, gimnasio situado en las afueras de Atenas.

De manera más concreta, un comentador de Aristóteles expone cuatro razones por las que se relaciona lo cínico con lo canino: la indiferencia en la manera de vivir, la impudicia a la hora de hablar o actuar en público, las cualidades de buen guardián para preservar los principios de su filosofía y, finalmente, la facultad de saber distinguir perfectamente los amigos de los enemigos .

Diógenes decía irónicamente de sí mismo que, en todo caso, era "un perro de los que reciben elogios, pero con el que ninguno de los que lo alaban quiere salir a cazar". Más de una vez, los jóvenes que se burlaban de él debieron huir para evitar sus mordiscos. En mitad de un banquete, algunos invitados comenzaron a tirarle huesos a la manera como suelen echarse a cualquier chucho. Diógenes se les plantó enfrente y comenzó a mearles encima como, ciertamente, lo hubiera hecho un perro.

También le gritaron "perro" mientras comía en el ágora y él profirió:

"¡Perros vosotros, que me rondáis mientras como!"

Con idéntica dignidad respondió al mismísimo Platón, que le había lanzado el mismo improperio:

" Sí, ciertamente soy un perro, pues regreso una y otra vez junto a los que me vendieron".

Ya en la ancianidad, Jeníades le preguntó a Diógenes como preferiría ser enterrado cuando llegase su hora.

"Boca abajo", dijo el de Sinope, "porque en breve ha de volverse todo del revés."

El cínico se refería al creciente apogeo de los macedonios, que habían pasado de ser un pueblo humilde a convertirse en conquistadores.

Pero sus palabras reflejaban también su absoluto menosprecio frente al orden político y social.

Diógenes oponía la sincera sencillez de la naturaleza a la hipocresía de la civilización, instando a cambiar los valores y voltear el signo de las convenciones. Consideraba que en la austeridad de la naturaleza se hallaba la clave de la independencia y libertad del ser humano.

Oponía "al azar el valor, a la ley la naturaleza y a la pasión el razonamiento". Y afirmaba que lo más importante lo había aprendido de los animales y de los niños: al ver un chiquillo que bebía agua con las manos, lanzó su cuenco para imitarlo y lo mismo pasó con su plato al fijarse en otro muchacho que comía usando la corteza de un pan como recipiente. En estos casos, se mostraba avergonzado y sentenciaba: "Un niño me ha aventajado en sencillez."

Fue así como acabó limitando su cobijo a una tinaja, su vestimenta a una túnica raída y su sofisticación al manejo de un bastón que le acompañara en sus prácticas peripatéticas.

Una estampa que más tarde retomarían tantos otros, desde ciertos filósofos de los albores de nuestra era, hasta algunos hippies y clochards, pasando por multitud de santones y peregrinos.

Diógenes se paseaba a plena luz del día por Atenas sosteniendo una linterna.

"¿Qué es lo que haces?", le preguntaban. Y él, sin perder tiempo en detenerse, respondía: "Busco un hombre".

Diógenes, solía vivir desnudo, porque decía: «El hombre nace desnudo, y se debilita porque se protege con ropa». Y en ninguna parte del mundo hay algún animal con ropa... excepto algunos perros en Inglaterra. Inglaterra es un país misterioso. Los perros tienen ropa porque un perro desnudo no es cristiano. Te sorprenderá saber que, en la época victoriana, en Inglaterra incluso las patas de las sillas se cubrían con ropa, porque eran «piernas» y no era de caballeros mirar piernas desnudas.

07

DIÓGENES Y LA ESCLAVITUD

Diógenes vivía desnudo. Era un hombre fuerte. Cuatro personas que se dedicaban a raptar a gente y venderla como esclavos en el mercado pensaron: «Esta es una buena presa, este hombre puede hacernos ganar mucho dinero. Hemos vendido muchos esclavos, pero ninguno de ellos era tan fuerte, tan hermoso, tan joven. Podemos conseguir un precio tan alto como queramos; y habrá una gran puja en el mercado cuando pongamos a este hombre en la plataforma de venta. Pero —pensaron—, cuatro no somos suficientes para capturarlo. Él solo podría matarnos a todos».

Diógenes oyó lo que estaban diciendo de él. Estaba sentado a orillas del río, disfrutando la brisa fresca del atardecer, bajo un árbol; y detrás del árbol esos cuatro hombres estaban planeando qué hacer. Él les interpeló.

—No os preocupéis. ¡Venid aquí! No necesitáis preocuparos de que os vaya a matar, yo nunca mato nada. Y no necesitáis preocuparos de que vaya a luchar, a resistirme; no. Nunca lucho con nadie, no me resisto a nada. ¿Queréis venderme como esclavo?
—Eso es lo que estábamos pensando. Somos pobres... si estás dispuesto... —dijeron esos cuatro hombres avergonzados, asustados.
—Por supuesto que lo estoy —afirmó Diógenes—. Si puedo ayudaros de alguna manera a superar vuestra pobreza, es hermoso.

De modo que sacaron las cadenas, pero él dijo:
—Tiradlas al río; no necesitáis encadenarme. Caminaré delante de vosotros. No creo en escapar de nada. De hecho, me está ilusionando la idea de ser vendido, de estar sobre una plataforma alta y que haya cientos de personas tratando de conseguirme. Me ilusiona esta subasta... ¡vamos ya!

Los cuatro se asustaron un poco más: este hombre no solo es fuerte, hermoso, parece que también está loco; podría ser peligroso. Pero ya no podían escaparse. Él les dijo: «Si intentáis huir, estaréis arriesgando vuestra propia vida. Seguidme, los cuatro. Ponedme en la plataforma del mercado».

A disgusto le siguieron. ¡Habían querido llevárselo, pero él iba delante de ellos!

No lo podían creer... ¿qué tipo de hombre era este? Pero ya no había manera de echarse atrás, así que le siguieron. Y cuando le pusieron sobre un alto pedestal para que pudiera verle todo el mundo, se produjo casi el silencio, se podía oír el vuelo de una mosca. La gente nunca había visto un cuerpo tan proporcionado, tan hermoso, fuerte como si estuviera hecho de acero.

Antes de que el subastador dijera nada, Diógenes proclamó:
—¡Escuchad! Aquí hay un maestro que se vende a cualquier esclavo, porque estos cuatro pobres necesitan dinero. Así que empezad la subasta; pero recordad, estáis comprando a un maestro.

Lo compró un rey. Por supuesto, él podía hacerlo: ofreció más y más dinero en la subasta. Había mucha gente interesada, pero al final se les dio a los cuatro hombres una suma mayor que cualquiera que alguien había oído nunca antes. Diógenes les dijo:
—¿Sois felices ahora? Ya podéis iros, y yo me iré con este esclavo.
—¿Estás loco o qué? ¿Piensas que eres un maestro? ¿Yo soy rey y me consideras un esclavo? —dijo el rey a Diógenes mientras iban en el carruaje de camino al palacio.
—Sí, y no estoy loco, tú estás loco —repuso Diógenes—. Te lo puedo demostrar ahora mismo. —En la parte trasera del carruaje estaba la reina. Diógenes continuó—: Tu esposa está ya interesada en mí, ha terminado contigo. Es peligroso adquirir un maestro.

El rey quedó consternado. Desde luego, no era nada comparado con Diógenes. Desenvainó la espada y le preguntó a la reina: —¿Es verdad lo que dice? Si dices la verdad, te perdonaré la vida; esa es mi promesa. Pero si dices una falsedad, y lo descubro más adelante, te decapitaré. —Es verdad —aunque temerosa, asustada, contestó la reina—. Ante él, tú no eres nada. Estoy embelesada, fascinada; este hombre tiene magia. Eres solo un pobre hombre comparado con él. Ésta es la verdad.

Naturalmente, el rey detuvo el carruaje y le dijo a Diógenes:
—Sal de la carroza. Te dejo en libertad; no quiero tomar semejantes riesgos en mi palacio.
—Gracias —dijo Diógenes—. Soy un hombre que no puede ser hecho esclavo, por la sencilla razón de que asumo toda la responsabilidad de mí mismo. No he dejado a aquellos cuatro hombres sintiéndose culpables: ellos no me trajeron, vine por voluntad propia. Seguro que se sienten agradecidos. Y este es tu carruaje, si quieres que salga de él, eso está perfectamente bien. No estoy acostumbrado en absoluto a carruajes, mis piernas son lo suficientemente fuertes. Soy un hombre desnudo, una carroza dorada no va bien conmigo.


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